El abordaje de Chester

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Me desperezo lentamente, intentando que mis pocas partes móviles recuperen su compostura. Fuera, unos tímidos rayos de sol anuncian los primeros compases de un día, que se despierta con pocas ganas de arrancar. A mi alrededor, se congregan un sinfín de ruidos que empiezo a querer ya como si fuesen de mi familia, porque significan que en breve iniciaremos la travesía y con ella, un mundo lleno de aventuras por descubrir.

Noto, de pronto, un ligero vaivén que me indica que estamos a punto de zarpar. Una mano se aproxima y me arrastra de mi ordenado camarote de capitán, a una posición estratégica en popa. No siempre me toca llevar el timón; hay veces que se empeñan en designarme un sitio cualquiera en cubierta y desde allí me tengo que buscar la vida para dirigir el navío con muy poco campo de visión. Así es difícil enfrentarse a los peligros que acechan para proteger a mi familia bucanera.

Antes de levar anclas, me doy un paseo por proa; Intento arrugar mi plastificado ceño para poder escudriñar mejor el horizonte, pero la vista no me alcanza para hacerme una idea del rumbo que tomaremos; Suele ser una ruta imprevisible casi siempre. Me aproximo al palo mayor, del que pende nuestra alicaída bandera pirata y echo un vistazo al primer extremo del mástil. Alguien juguetea con los cabos enredados.

—¡¡Buenos días Craig!!¿Preparado para partir? – indago.

—Buenos días capitán Harker… todos estamos listos. ¡Esperamos sus órdenes!- me espeta impaciente uno de mis grumetes mejor entrenados. Todo lo que tiene de joven lo tiene de tenaz, pero es un poco arrogante.

Voy caminando hacia el puente de mando, donde me espera Sophie. Tiene el rostro encendido por la tensión y da pequeños paseos nerviosos en respuesta a su emoción contenida. Le había prometido enseñarla a manejar el timón y estaba deseando que cumpliese mi promesa. La miro orgulloso mientras me acerco. Se parece mucho a su madre, sobre todo por la impaciencia.—¿donde estabas Gordon?- su ceño se frunce a medida que va expulsando cada palabra.

—Deja de llamarme Gordon o te quedarás sin clase… – desde que perdimos a su madre, en las aguas del Lago Praf, dejó de llamarme papá, para dirigirse a mí por mi nombre de pila y en el mismo tono que solía emplear Grace. Quizá esto la ayude a tenerla siempre presente en su recuerdo, pero a mí, me pone enfermo.

—¡Eso ni lo sueñes! Me lo has prometido…- y apuntándome con su minúsculo dedo índice me espeta- ¡Cumple tu palabra de PIRATA!

—Jajaja – me resulta realmente gracioso que apele a esa condición como sinónimo de honradez.- No desesperes, ahora mismo zarpamos…

Su irritada mueca se convierte en una leve sonrisa y aguarda mi señal, para enfrentarse a los mandos con el convencimiento que le requiero.

Levamos anclas y el barco comienza a surcar las aguas, muy despacio. Primero trazando una delgada línea recta y luego, haciendo virajes un tanto bruscos sobre este mar transparente y plano. Sophie maneja el timón atenta a mis indicaciones, concentrándose tanto que por momentos se olvida de respirar. Estamos en plena explicación, cuando alguien nos sobresalta…

—¡¡Capitán!! ¡¡los cofres del tesoro han desaparecido!!! ¡¡ han desaparecido!!- repetía Jake, el artillero, para hacernos partícipes de la gravedad de la situación.

—¿Cómo? ¿Estás seguro de eso Jake? ¿Cómo es posible?- notaba como me faltaba el aire.

—He bajado a la bodega a por una lima para afilar unos cuantos cuchillos y… todo estaba arrasado… no había rastro de los cofres con las joyas y el dinero y también faltan varios barriles y la colección de arcabuces que nos regalaron estas navidades…- enumera Jake, al borde de un ataque de cólera.

—Mantengamos la calma…- recomiendo.

La puerta del baño se abre y asoma la cabeza de mamá. Su rostro ya no refleja la preocupación con la que salió corriendo esta mañana.

—Cariño, ¿otra vez jugando con los playmobil en la bañera?- sonríe.

—Si, me gusta ver flotar mi barco pirata mamá… ¿Qué ha pasado con Chester?- indago sobre el estado de mi perro.

—Pues… tenía un empacho de cofres del tesoro y objetos varios. El veterinario le ha hecho un lavado de estómago. Está algo cansado pero mucho mejor… – respira aliviada.

Compruebo el interior de mi barco. Una risa floja emerge de mi garganta… el loco de Chester, se había dado un banquete con las piezas de mi juego…

Primer entrenamiento

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El reloj marcaba las cinco de la tarde. Mientras apuraba el último cigarro del paquete, María terminaba de darse los últimos retoques. Aplicaba, con precisión felina, el colorete sobre sus pómulos blanquecinos confiriéndoles una vitalidad ficticia que contrastaba con su estado de ánimo alicaído. Su prolongada situación de desempleo, la iba transformando poco a poco en un ser desganado y falto de energía. Tenía que dar carpetazo a la depresión que la estaba asolando, pues la prestación que percibía del Gobierno estaba llegando a su fin y pronto tendría que vérselas con doña miseria.

Estaba nerviosa e inquieta a partes iguales por la inesperada propuesta. El miedo la absorbía, pero entonces se acordaba del saldo de su cuenta corriente que años atrás rebosaba por las comisiones que le propinaban las ventas de pisos. Luego llegó la crisis inmobiliaria y con ello, el punto y final a veinte años de experiencia.

Se perfiló los labios en tono frambuesa, enmarcando una sonrisa fingida que asomaba en su boca seca. Necesitaba beber. Corrió hacia la despensa y localizó una botella de Bombay Saphire, regalo de su hermano Fer por su cuarenta cumpleaños. Enseguida notó un cosquilleo en la sien, mientras la ginebra dibujaba un reguero de fuego en su garganta. Bebió un último trago directamente de la botella y se dispuso para salir.

Se encontraba perdida entre las estanterías; con disimulo, hacía que leía los títulos en los lomos de todos los libros que la asediaban con sus números de localización clavándose en ella, como si la interrogasen por su atuendo demasiado descarado. Recorrió rápido la zona de enciclopedias y diccionarios. Fisgoneó entre los volúmenes que se agolpaban en la sección de ciencias sociales. Keynes la señalaba con el dedo, haciéndola sentir culpable por no haber terminado la carrera de economía. Paseó tímidamente entre las publicaciones de Filosofía, hasta dar con el lugar donde exhibían las novedades. Su mirada ahumada se fijó en un libro: «El boligrafo de gel verde» de Eloy Moreno. Tenía buena pinta y como su cita no estaba en el punto acordado de la biblioteca del Global Center, donde habían fijado su furtivo encuentro, se decidió a tomar asiento y leer su hallazgo.

Buena elección — susurró una voz ronca en su oreja terminando la frase con un mordisco en el lóbulo.

María pegó un brinco en la silla a la vez que ahogaba medio grito. El otro medio, había resonado irremediablemente en la sala, haciendo que varios estudiantes clavasen sus irritados ojos en la pareja. No habían pasado ni cinco minutos desde que se había sentado, pero la historia que leía la había atrapado desde la primera línea.

Martín, llevo mucho rato esperándote — mintió.

Lo he leído hace cosa de dos meses… es una buena historia. Hace que te replantees ciertos aspectos de la vida… — comentaba él ignorando su ataque y tratando de calmarla. La notaba bastante nerviosa y apestaba a ginebra.

¿Qué le has dicho a Sonia? ¿sospecha algo? ¿vas a contárselo? — preguntó impaciente.

Tranquila mujer — dijo Martín tratando de serenarla — mi mujer sabe que soy un profesor muy competente. Le he dicho que tenía exámenes que revisar en la facultad. Somos amigos ¿no? Confía en mí. En cuanto a lo de contarle lo nuestro… El año que viene, tal vez.. — bromeó con una amplia sonrisa.

Mira, no estoy para bromitas, esto solamente lo hago porque necesito el dinero ¿vale? Cuando me lo propusiste, pensé que no tendría ovarios de venir, pero aquí estoy… — Un escalofrío la invade — Así que… ¡acabemos cuanto antes!.

Jajaja…

Shhhh — se oye al fondo.

¡¡Mmm … la noto muy impaciente señorita!! — le susurra mientras su mano se desliza por debajo de la mesa hasta toparse con su muslo.

Este es el trato: Un polvo rápido en el lavabo, me das la pasta que acordamos y cada uno a su casa, ¿estamos? — remarcó empezando a notarse acalorada. A pesar de todo, su amigo le resultaba atractivo y aunque le pareciese aberrante que su fantasía fuese montárselo con ella en ese templo del saber, necesitaba el dinero. Quizá esto le sirviese como entrenamiento para lo que tenía en mente. Su cuerpo todavía era objeto de deseo y había visto en la tele casos de gente que subsistía dignamente dedicándose al negocio de la carne. ¿por qué no iba a poder cambiar su vida?

La estrella

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Sujetaba su mirada con pinzas de colgar esos trapos que ya nadie aprovecha. Tras la cortina, se escondía una noche recién pintada. Eric la perseguía con sus pupilas dilatadas por la oscuridad de su habitación. Una estrella brillaba más que el resto, o eso le parecía desde el ángulo en el que observaba el firmamento. Se sentía un poco decepcionado consigo mismo. No había tenido un buen día y la carrera de relevos en la que participó, le había hecho quedar como un principiante ante los ojos de Lucía, la hermana mayor de su amigo Tomy.

Cerró los parpados apretando fuerte y sin perder de vista la estrella que había memorizado en su atormentado cerebro, deseó que ese día no hubiese pasado. Empezar de nuevo tratando de esquivar los errores cometidos, era un pensamiento recurrente en su recién estrenada pubertad. No se le daba nada bien esto de salir del cascarón y enfrentarse a un mundo nuevo, lleno de acné, instinto sexual incipiente, transformaciones corporales varias y competiciones de popularidad en un instituto que le había acogido con pocas ganas, o eso solía pensar, debido a las reacciones de algunos alumnos que decían llamarse compañeros de clase.

Tenía ganas de llorar, pero su orgullo cerraba con decisión las compuertas a ese río de lágrimas que amenazaba con desbordarse. Con resignación, dejó caer la cortina para que su propio peso la devolviese a su posición de origen y se tiró en la cama. Miraba el techo pensando en todo y en nada a la vez. Una mancha de humedad se reflejaba en el cristal de sus gafas. Tenía la extraña forma de un una chuleta de sajonia, pensaba Eric, recordando el almuerzo del lunes. Pensó entonces en todo lo que había ingerido ese día, retando a su memoria remolona a no dejar ni las migas más insignificantes. Una porción de pizza de peperoni, un par de vasos de zumo de pomelo…. Mientras lo hacía, se evadía de sus preocupaciones. Estaba dudando en la cantidad precisa de uvas blancas que tenía el racimo que había escogido como postre, cuando empieza a sentir cierto grado de humedad en su mano derecha. Chester, que se había despertado de su quinta siesta del día, relamía con fruición sus dedos como tratando de transmitirle su punto de vista canino y proferirle el grado de tranquilidad que necesitaba para conciliar el sueño. Sonrió al sentir que le importaba a alguien, aunque formase parte del reino animal y como compensación, se levantó a ponerle un poco de comida seca en su plato de porcelana y rellenar su otro recipiente con agua fresca de una botella que se había subido de la nevera. Chester enseguida centró toda su atención en su cena. Había necesidades básicas que era imposible ignorar.

Eric volvió a la cama y optó por leer un rato. Retomó “El guardián entre el centeno” por donde le indicaba su marcapáginas de Spiderman. La lectura lo abstrajo por un momento de su presente, pero al cabo de dos páginas, el sueño hizo mella en su agotado estado de ánimo.

La noche avanzó deprisa, de puntillas, con un sigilo descarado.

Julia besó su rostro perlado por el sudor. Eric estaba totalmente empapado y con la ropa puesta. Su madre se preguntó por qué no se había desnudado para dormir. Estaban en pleno julio y esa semana, habían pronosticado una ola de calor. Mientras su único hijo se desperezaba, ella descorrió las cortinas para dar paso a los primeros rayos de sol. Tenía que ir a clases de refuerzo y como siempre, llegaría tarde.

Eric, vamos, ¡¡¡Levántate!!! — le ordenaba empezando a perder la paciencia.

Ya voooy mamá…

—Hoy te dejaré un poco de pizza de peperoni para comer. He comprado uvas también, tienes que comer algo de fruta hijo ¿me lo prometes?

—Siii —asintió Eric mientras extraía distraído una legaña de su ojo izquierdo.

Al cabo de unos segundos, un resorte se activa en su adormilado cerebro y le hace tomar conciencia de la casualidad, entre otras cosas, porque su madre si en algo destacaba, era en una estricta organización y jamás repetía un menú.

—Mamá… ¿qué día es hoy? —preguntó incrédulo.

—14 de julio hijo, el día en que como no te levantes para ir a clases te patearé el culo ¿me oyes? — le levantó la voz apremiándole — Tienes tus cosas de natación en el salón para cuando vuelvas a comer. Intentaré salir pronto del trabajo para verte competir ¿de acuerdo?

Eric se quedó blanco al tiempo que se levantaba de un impulso. Tendría otra oportunidad para deslumbrar a Lucía y esta vez no podía fallar.

El otro lado de la acera

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Una vez más, me noto cierta preocupación por decisiones tontas que asaltan mi adolescente mundo, haciendo de mi propia existencia un mar de dudas y peces muertos que flotan panza arriba.

En las fiestas de Carnaval que organiza la A.P.A., agrupación de payasos anormales, es cuando puedo liberarme de mis miedos y actuar libremente, haciendo lo que me apetece sin tener que rendir cuentas y sin convertirme en el blanco de la indiferencia de esos hijos de puta con patas que comparten aula conmigo. Todavía noto el dolor de los clavos ardiendo en mis manos, cuando el año pasado me crucificaron por besar a Zaira en el patio de atrás. Nadie pudo comprender que malinterpreté sus provocadoras palabras con síntomas de atracción hacia mí y mi cuerpo, presa del instinto y del deseo, se abalanzó sobre ella atrapando su rostro con mis ansiosas pezuñas, mientras mis labios aterrizaron torpemente en su boca sorprendida; sus ojos aterrados me suplicaban que reculase, pero no lo hice. Recuerdo con amargura, ese primer beso, pero lo que realmente me hizo hervir la sangre, fue la reacción de la gente que comenzó enseguida a bautizarme con apelativos que rozaban los límites de la crueldad y por algo, que no me parecía tan malo; Sofía, la calientapollas de la clase y del centro en general, fue una de las más hijas de puta a la hora de estigmatizarme por lo ocurrido. A partir de eso, me empecé a sentir como una mierda de perro que nadie quiere pisar. Hacía mi vida ignorando a esos imbéciles con granos, asistía con desgana a clase pero sin relacionarme con los demás y la verdad, es que mi resentido expediente académico despegó; comencé a obtener calificaciones dignas de enmarcar por una madre, pero la mía, estaba demasiado ocupada para eso entre sus exigencias laborales y su recién estrenada promiscuidad.

Prosigo con mis deliberaciones; este año, la fiesta de Carnaval será recordada. Barajo las distintas opciones entre mis dedos, sopesando; al instante, sonrío desafiante a mi subconsciente, creo que lo tengo…

Todos llevan bailando horas, despreocupados en esta especie de guateque extraescolar amenizado por un Dj que va de zombie mata ratas. Reviso mentalmente si tengo todo lo que necesito y si mi nivel de alcohol en sangre está lo suficientemente alto para evitar que me raje.

Observo de lejos a la zorra que ha mecido mis pesadillas durante este último año. Me ha sido fácil reconocerla, pues su vanidad la hace creerse la reina de la fiesta y va a cara descubierta, enfundada en un corsé de ramera de la época de Luís XVII, con abundante encaje de chantilly bordeando sus agobiadas tetas que pugnan por liberarse.

Con paciencia infinita aguardo entre la multitud, hasta que la gente comienza a irse a sus casas víctimas del cansancio. Está anocheciendo ya y la zorra insaciable, continúa bailando hasta que el Dj decide poner fin a su insoportable repertorio. Me apresuro hasta la puerta y me enfrento a una noche tibia que amenaza lluvia. Dejo caer mi cuerpo detrás de una estatua en honor a las víctimas del 20-M y espero.

La zorra por fin sale del instituto acompañada de dos chicas, pero enseguida se separan. Ella, como vive cerca, camina distraída los metros que la separan de su casa. Salgo rápido de mi escondite y la sigo. Ella mira hacia atrás y parece que mi disfraz la intimida, por lo que se cambia de acera. Hago lo mismo y aumento la velocidad de mis pasos. Se da cuenta de mi cambio de ritmo y empieza a correr. Enseguida me pongo a su altura y antes de que pueda gritar, le tapo la boca con la mano enfundada en rafia y cuero. Observo el terror en sus ojos, superior al que sintió Zaira cuando la besé. La arrastro hasta un soportal poco iluminado y ella, forcejea presa del pánico para liberarse sin conseguirlo; lo único que logra, es retirar hacia atrás la capucha de mi disfraz de verdugo y entonces, veo como sus temores, por un momento, dejan paso a su asombro al observar mi melena rubia.

—¡Alicia!- consigue articular.

—Sofía —la saludo bajando la cabeza al sentirme descubierta —Quiero presentarte a alguien… —le sugiero mientras exhibo la hoja de mi cuchillo filetero por delante de su rostro.

El corazón le late muy deprisa, puedo sentirlo, al igual que puedo oler el miedo en su cuello, donde ese líquido vital que fluye por sus venas pronto dejará de hacerlo…

El sueño de Sibory

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Caía la tarde en Central Prim y cómo de costumbre, Mateo se disponía a recoger las últimas migajas de su bocadillo de panceta y queso. Limpió la mesa con tanto empeño, que ésta le devolvíó el reflejo brillante de su rostro ajado por una vida a caballo entre el pontebien y estatequieto.

Estaba muy nervioso, más incluso que en el interrogatorio al que le sometieron para darle ese puesto de mantenimiento en el teatro Coliseum. Recuerda que había sudado la gota gorda para salir airoso de una entrevista en la que competía con seis candidatos; al final del proceso, él había sido uno de los afortunados exconvictos que consiguieron el puesto. Reinsertarse después de una condena de varios años de prisión, le había resultado complicado, pero éste, era su segundo empleo desde que estaba fuera y probablemente, el último, pues en un par de años cumpliría la edad legal de jubilación. Con ayuda de su hijo Esteban, podría vivir esperando su retiro sin necesidad de trabajar, pero algo grande, le había empujado a pelear por ese empleo con uñas y dientes como si le fuese la vida en ello.

Siguiendo un extraño ritual, se enfundó en su traje de faena, apuró las últimas caladas a su cigarrillo mientras remataba su cerveza y echó mano de una de las escobas que se disponían en línea en el armario de la limpieza. Los pasillos del teatro, eran estrechos y estaban fríos como un témpano de hielo; con los últimos ajustes presupuestarios, el dinero para la calefacción se había destinado a vestuario, una partida prioritaria para el contable del centro. Como cada tarde en los últimos meses, Mateo se dirigió al patio de butacas. Siempre empezaba su labor por la misma esquina del teatro. Trazaba un ángulo recto con la escoba y comenzaba a barrer sigiloso y metódico. Lo hacía con tanto cariño, que los enseres que le rodeaban parecían darle las gracias a su paso encantados de recibir sus higiénicas caricias.

Los actores de reparto estaban empezando a entrar en la sala, con sus elaborados atuendos y ataviados con grandes libretos repletos de anotaciones en distintos colores. Alguno le saludaba al entrar, otros más altivos, simplemente le ignoraban con cierto desprecio. En fila india entraban por un lateral del escenario, para tomar sus posiciones por orden de aparición.

Mateo respiraba hondo, marcando el ritmo con la escoba. El corazón le latía desbocado. Siempre supo que llegado este momento, después de tantos años de espera, tendría esa sensación de vértigo abrazándose a su cuerpo. De pronto, nota a sus espaldas, cómo se eleva el telón. Disimuladamente se gira y hace que frota una mancha en el suelo. El joven director en el centro del escenario da instrucciones a un par de actores y a continuación grita:

—“El Sueño de Sibory. Escena 1ª. ¡¡ Acción!!

El decorado cobra vida y comienza el primer ensayo general de esta obra inédita a una semana de su estreno. Claus, su creador, había encontrado el guión en una vieja librería de segunda mano al sur del país, cuando estaba de vacaciones con su familia escapando del bullicio de la capital. Nadie sabía quién era su autor, ni siquiera el librero supo explicarle cómo llegó a sus manos; simplemente se limitó a venderle la obra por un precio más que decente y Claus, con su capacidad innata para adaptar guiones, la llevó a los escenarios con intención de seguir recolectando éxitos.

Los personajes interactuaban entre sí con fluidez, mientras la música acompañaba la recreación dándole un toque sofisticado y elegante. Salvo algún despiste sin importancia, el ensayo estaba quedando perfecto. Mateo no pudo evitar emocionarse con cada frase. Se atusó el bigote con impaciencia tratando de esquivar las ganas de llorar y continuó barriendo entre las butacas vacías, mientras se dejaba atrapar por esos diálogos que tan bien conocía. Cerró los ojos y rememoró todas esas noches en vela cuando todavía vivía en casa de sus padres, donde la inspiración y una botella de whisky eran su única compañía, y no pudo evitar una gran sonrisa al darse cuenta de que después de cuarenta años, su creación llenaría el aforo del Coliseum. Dió un último respingo y continuó sus labores de barrendero, deseando con todas sus fuerzas que Esteban aceptase acompañarle al estreno. Pensaba que quizá ya había llegado el momento de desvelarle alguno de sus secretos, o se los llevaría de cabeza a la tumba y entonces… ya no tendría ningún sentido esconderlos.

Misión impresión

dos-monjitas-L-1Sor Teresa se dejaba hipnotizar por el discurrir de la cinta transportadora de maletas. Observaba el desfile de equipajes cabizbaja, presa de una mezcla entre cansancio, morriña navideña y ansia de contarle a su familia todos los detalles de su primera experiencia como misionera en Perú. Había viajado con Sor Milagros, una de las monjas más veteranas y disciplinadas del convento, que accedió a que la acompañase en su periplo sudamericano para predicar la palabra de Dios entre los huérfanos del poblado de Acapampa. En este viaje terminó de aflorar su verdadera vocación.

Una vez atrapadas sus pertenencias, se dispusieron a localizar su próxima puerta de embarque recorriendo los laberínticos pasillos de la terminal. El aeropuerto estaba atiborrado de gente yendo y viniendo, las puertas giratorias bailaban como una peonza sin descanso, los mostradores de información recibían constantes visitas de clientes insatisfechos, las pantallas trataban de poner un poco de orden en ese caótico escenario de viajeros sin concierto y las tiendas libres de impuestos, vestidas de felices fiestas, atropellaban sus escaparates de ideas para regalo. Bajo ese ambiente de aglomeración humana y murmullos molestos, sonaban tímidos villancicos que intentaban apaciguar los ánimos. Sor Teresa se apartó a un lado para organizar su documentación, mientras una distraída Sor Milagros se perdía entre los titulares que inundaban un quiosco de prensa rosa.

—No encuentro mi billete de avión Sor Milagros! Juraría que lo metí en el bolsillo trasero de mi maleta, pero está vacío!! Qué desastre hermana… el dinero del sobre para gastos tampoco está…- enumeraba al borde del llanto.

—¿Ha buscado bien hermana? Mire de nuevo, no se ponga nerviosa…

Andrés las observaba satisfecho desde una esquina, oculto tras un cartel publicitario de rent a car. Habían sido un objetivo fácil, pues no prestaban demasiada atención a su equipaje mientras pululaban entre la muchedumbre. Además, él tenía mucha destreza a la hora de saquear en lugares tan transitados como este. Necesitaba conseguir dinero en efectivo para poder adquirir un billete de avión. Todavía no había elegido su destino, pero tendría que ser un lugar bien alejado donde nadie pudiese encontrarle y donde empezar una nueva vida apartado de su ciudad natal. Siempre supo que su afición por el juego, tarde o temprano le pasaría factura, pero nunca se imaginó que sería tan elevada. Atrás dejaba una mujer entregada y un bebé recién nacido que llevaba su nombre.

Las discípulas de Cristo, conscientes del delito, se adentraron entre la maraña de clientes de Easyair, que se disponían en una doble fila de trazado irregular y preguntaron en el mostrador si podían imprimir de nuevo su billete de embarque. Las informaron de que eso suponía un coste de 70 euros, lo que las hizo invocar una plegaria en el nombre de Dios al unísono. Sor Teresa, víctima de un incipiente cuadro de ansiedad, intentaba pensar en soluciones más asequibles para su bolsillo. Una idea repentina asaltó su mente, podía imprimir su billete de nuevo desde la web de la aerolínea. Necesitaba un ordenador así que, recorrieron las instalaciones aeroportuarias hasta dar con un par de equipos informáticos a disposición de los usuarios, pero ambos estaban ocupados. Se dirigió azorada a uno de los chicos que consultaba interesado su correo en busca de novedades y le pidió que por favor le dejase hacer una gestión. Él joven, aburrido por el excesivo retraso de su vuelo, no opuso resistencia ante el respeto que le provocó el hábito. En ocasiones, cierta indumentaria, vale más que mil explicaciones- pensó para sí.

Tras varios intentos, Sor Teresa logró imprimir de nuevo su billete de avión. De pronto, la megafonía les propinó un puntapié inesperado en su recién estrenada alegría. Debido a condiciones meteorológicas adversas su avión no podría despegar.

—Hermana- repitió Sor Milagros para captar la atención de su pupila- Lo ha oído? Ave María purísima! Vamos a tener que regresar al convento y pasar la noche allí hasta mañana…

La congregación se alegraría de verlas, pues ya no contaban con ellas hasta pasadas las navidades. El muchacho, apartó la vista de su móvil al sentir que alguien le hablaba:

—Joven, muchas gracias por dejarme usar el ordenador, que Dios le guarde… y Felíz Navidad

—A..a..amén!! – contestó nervioso, nunca supo como dirigirse a una monja- No ha sido nada Madre…

—Teresa! Pero llámeme hermana, ante Nuestro Señor, todos somos hermanos!

—Yo me llamo Diego, mucho gusto- añadió ávido de compañía, mientras les tendía su mano de universitario novato.

Arquitectura de una farsa

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Laura, había tenido una jornada de esas difíciles de soportar. Esta situación de estrés laboral, no era exclusiva de ese lunes infernal, sino que venía siendo la tónica habitual de cada día en las últimas semanas. Estaba empezando ya a inmunizarse, contra los madrugones programados cuando el alba todavía era un proyecto sin replantear, contra las horas extra de dudosa remuneración, contra los almuerzos exprés de sandwiches de pavo, huevo duro y mahonesa remojados con café aguado de la máquina del pasillo, contra el desorden ordenado de su mesa, un escenario de burocracia atropellada por varios DinA4 llenos de cálculos y tachones, papel vegetal y montones de clips, que se disponían sin concierto sobre la gran superficie de cristal y acero que conformaba su área de trabajo en el estudio.

Caminaba taciturna por la desvencijada avenida Grewstone, pensando en cómo hacer un hueco en su apretada agenda para tomarse una copa con Tom, cuando sin querer su pie aterriza en un gran charco y entonces, se da cuenta de que había estado lloviendo con intensidad por el estado del pavimento. La salpicadura le roba una tímida sonrisa y la hace meditar sobre su gran capacidad de abstracción cuando se encuentra enfrascada en sus creaciones. Su proyecto de arquitectura efímera, cómo solía denominar al complejo residencial que diseñaba, monopolizaba toda su atención.

Llegó al portal y se apresuró a extraer del bolso las llaves de su loft. Como de costumbre, se acercó primero al buzón y recogió el abundante correo que asomaba por la ranura a punto de suicidarse por agobio. Estaba aterida de frío y la humedad se le incrustaba poco a poco en las articulaciones, provocándole un fuerte dolor, sobre todo en una rodilla, así que pensó en revisar toda esa maraña de papeles con calma, una vez hubiese tomado una ducha bien caliente y se encontrase agazapada bajo su manta de sofá.

“Chico” la esperaba impaciente al otro lado de la puerta. Cuando la vio entrar, su rabo se activó como un parabrisas fuera de control y su hocico intentaba detectar los distintos aromas que impregnaban su ropa, mientras que su lengua recorría ansiosa los recodos de la mano que le acariciaba en señal de saludo. Este viejuno aunque hiperactivo fox terrier, era su única compañía desde que su hermana Hanna se mudara a la capital.

Una vez acicalada, reparada y atrincherada en su chaise-long de piel, se acercó el vaso de leche caliente con miel que se había preparado y comenzó a clasificar su correo. Entre un catálogo de muebles de cocina y unos cupones de descuento para pizzas de cuatro o más ingredientes, sus pupilas se dieron de bruces contra un pequeño sobre de color canela; achinó los ojos intentando enfocar la cuidada aunque diminuta caligrafía, mientras su curiosidad se acrecentaba por segundos. Aquella carta sin remitente llevaba su nombre. Rasgó sin miramientos el sobre y de él extrajo una raída hoja de libreta, escrita por ambas caras, presidida en su margen superior derecho por una fecha que se remontaba treinta años atrás. Posó su mirada inquisidora sobre la redacción y comenzó a devorarla lentamente, tratando de saborear cada frase, cada palabra… no quería perderse ni una coma.

Cuando llegó al final, se la acercó al pecho y la estrujó contra ella fuertemente, mientras sus pupilas se perdían en el infinito; había vivido bajo una mentira, odiando sin razones.

Intentó recomponerse y releyó de nuevo: “ Querída Helena, no puedo más. He intentado por todos los medios asumir que me has engañado con Richard y perdonarte, pero no hallo absolución posible para tus pecados. Tanto tu confesión bañada en llanto como tu arrepentimiento, han llegado muy tarde. No puedo seguir bajo tu mismo techo, ni siquiera me atrevo a mirarte a los ojos por miedo a que me escupan de nuevo tu desprecio. Todos los engaños con los que has malvivido, serán tu condena a partir de ahora. Cuida de Laura y Hanna, que no les falte nunca de nada; a pesar de saber que no son hijas mías, siempre las querré y las recordaré como si lo fuesen. Te dejaré una buena suma de dinero para ayudarte con su sustento. Espero que comprendas mi necesidad de poner tierra de por medio entre nosotros. A pesar de todo… te perdono. Hasta siempre. Frank”

¿Quién le habría hecho llegar esa nota?- se preguntaba a la vez que tomaba la firme determinación de localizar con urgencia el paradero de su padre.