Montañas de chocolate

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Son las tres y todavía faltan horas para que la luz del día invada la jornada. Miro de reojo a un despertador que me recuerda constantemente que soy imsomne y decido ignorarle, tras maldecir su automática existencia y arrepentirme de haberlo comprado por tanto dinero.

Parpadeo una vez tras otra, como si con ello pudiese barrer de mi mente todas esas ideas trasnochadoras que revolotean a un ritmo frenético sobre mi conciencia. Se desplazan en órbitas concéntricas, como si fuesen moscas hambrientas sobre una montaña de basura. Bostezo. Mi cuerpo se declara en huelga de brazos caídos y no responde a las pretensiones de mi cerebro todavía adolescente, al que le faltan unos cuantos hervores para madurar. No tengo prisa en hacerlo. «¿Para qué?» —suelo recordarme. No anhelo ningún aspecto de la vida adulta que me inste a desear convertirme en una especie de persona responsable con los pies en la tierra y la cabeza sobre unos hombros esculpidos por series de quince repeticiones de mancuerna de cuatro quilos.

La oscuridad posee la habitación con la misma saña con que me poseen los malos presagios. Esos que hacen que me atragante y que no pueda evitar un ataque de tos que intento reprimir tapando mi boca con la sábana. María se remueve a mi lado, pero enseguida se deja arrullar nuevamente por ese sueño profundo que ha conseguido alcanzar. Parece estar disfrutando de la mano de Morfeo. Sonrío al intuir sus curvas bajo esa tela de cuadros escoceses que hace las veces de cubrepesadillas. Hace tanto tiempo que la conozco, que ya casi he olvidado nuestra primera conversación. «Prométeme que siempre recordarás este momento» —me gritó al oído, justo antes de bajarse del coche. Yo le respondí con una sonrisa perdida entre remordimientos, mientras bajaba el volumen de la música. Para mí, había sido una más en mi lista de infidelidades, para ella, sin embargo, el inicio de un cuento de princesas y ranas, sin ser muy consciente de que esta rana ya tenía una charca a la que regresar en cuanto se fuese. Traté de arrepentirme de haberle dicho que la llevaba a casa. Estaba en la calle esperando un taxi que nunca llegó, porque mi instinto depredador se adelantó a los del gremio y no falló en su intuición. La chica era un objetivo tan fácil como encantador y terminó por atraparme con su improvisada inocencia, mientras sus manos hacían el resto sobre una parte de mí. Me miró con esos ojos de cervatillo en apuros y no pude por más que luché, caer en la tentación de sus deseos. Desde ese mismo instante supe que Paloma, se daría cuenta de que había estado con otra. Nunca antes me habían atrapado de este modo, por eso, jamás repetía aventura y eso hacía que Paloma, no percibiese nada extraño. Esta vez, notaría el engaño en mis ojos, en mis sonrisas contenidas, en la vitalidad con que afrontaría cada mañana; los poros de mi piel desbordarían ilusiones renovadas y ella, observaría su jugo desde la prudencia haciéndose preguntas que ella misma se sabría responder. No tardaría en hacerse a un lado y dejarme estrenar mi nuevo presente, sin preocuparme por el rastro que dejó mi pasado. Paloma era así, un amor de mujer, a la que no supe hacer feliz por más que me lo propusiese. Su transigencia fue mi perdición. Su constante inapetencia, mi talón de Aquiles.

Me incorporo sobre mi media almohada y enciendo el punto de lectura, apuntándo su haz de luz led hacia la mesita de noche. Abro el primer cajón procurando no hacer mucho ruido. Allí reposa un ejemplar del código penal, que utilizo para conciliar el sueño cuando éste se hace de rogar. Una bolsita de celofán azulado se esconde tras su lomo, tratando de pasar desapercibida. La tomo entre mis dedos, la abro cauteloso y pellizco su contenido suavemente. Esparzo, sobre la tapa de esa biblia de lo punible, la solución a todos mis males. Me queda algo torcida, pero al fin y al cabo es una linea que desaparecerá en cuestión de segundos. La observo detenidamente y … antes de que las promesas traten de disuadirme, me inclino hacia ella y esnifo profundo…

Algodón de azúcar sobre el arcén, piruletas de fresa estableciendo límites. Conduzco a toda velocidad por una autovía asfaltada con cuadros escoceses. A lo lejos, diviso cientos de montañas rocosas. Montañas de chocolate. Cada vez hay más curvas, las intuyo y no me gustan; me encantan. Mi vehículo las dibuja mientras saborea cada peralte. Tengo que llegar a la cima de esas montañas, pero pierdo velocidad y equilibrio, poco a poco, hasta que me doy cuenta de que no voy en mi coche, sino a lomo de una paloma que me odia a muerte.

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