Arquitectura de una farsa

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Laura, había tenido una jornada de esas difíciles de soportar. Esta situación de estrés laboral, no era exclusiva de ese lunes infernal, sino que venía siendo la tónica habitual de cada día en las últimas semanas. Estaba empezando ya a inmunizarse, contra los madrugones programados cuando el alba todavía era un proyecto sin replantear, contra las horas extra de dudosa remuneración, contra los almuerzos exprés de sandwiches de pavo, huevo duro y mahonesa remojados con café aguado de la máquina del pasillo, contra el desorden ordenado de su mesa, un escenario de burocracia atropellada por varios DinA4 llenos de cálculos y tachones, papel vegetal y montones de clips, que se disponían sin concierto sobre la gran superficie de cristal y acero que conformaba su área de trabajo en el estudio.

Caminaba taciturna por la desvencijada avenida Grewstone, pensando en cómo hacer un hueco en su apretada agenda para tomarse una copa con Tom, cuando sin querer su pie aterriza en un gran charco y entonces, se da cuenta de que había estado lloviendo con intensidad por el estado del pavimento. La salpicadura le roba una tímida sonrisa y la hace meditar sobre su gran capacidad de abstracción cuando se encuentra enfrascada en sus creaciones. Su proyecto de arquitectura efímera, cómo solía denominar al complejo residencial que diseñaba, monopolizaba toda su atención.

Llegó al portal y se apresuró a extraer del bolso las llaves de su loft. Como de costumbre, se acercó primero al buzón y recogió el abundante correo que asomaba por la ranura a punto de suicidarse por agobio. Estaba aterida de frío y la humedad se le incrustaba poco a poco en las articulaciones, provocándole un fuerte dolor, sobre todo en una rodilla, así que pensó en revisar toda esa maraña de papeles con calma, una vez hubiese tomado una ducha bien caliente y se encontrase agazapada bajo su manta de sofá.

“Chico” la esperaba impaciente al otro lado de la puerta. Cuando la vio entrar, su rabo se activó como un parabrisas fuera de control y su hocico intentaba detectar los distintos aromas que impregnaban su ropa, mientras que su lengua recorría ansiosa los recodos de la mano que le acariciaba en señal de saludo. Este viejuno aunque hiperactivo fox terrier, era su única compañía desde que su hermana Hanna se mudara a la capital.

Una vez acicalada, reparada y atrincherada en su chaise-long de piel, se acercó el vaso de leche caliente con miel que se había preparado y comenzó a clasificar su correo. Entre un catálogo de muebles de cocina y unos cupones de descuento para pizzas de cuatro o más ingredientes, sus pupilas se dieron de bruces contra un pequeño sobre de color canela; achinó los ojos intentando enfocar la cuidada aunque diminuta caligrafía, mientras su curiosidad se acrecentaba por segundos. Aquella carta sin remitente llevaba su nombre. Rasgó sin miramientos el sobre y de él extrajo una raída hoja de libreta, escrita por ambas caras, presidida en su margen superior derecho por una fecha que se remontaba treinta años atrás. Posó su mirada inquisidora sobre la redacción y comenzó a devorarla lentamente, tratando de saborear cada frase, cada palabra… no quería perderse ni una coma.

Cuando llegó al final, se la acercó al pecho y la estrujó contra ella fuertemente, mientras sus pupilas se perdían en el infinito; había vivido bajo una mentira, odiando sin razones.

Intentó recomponerse y releyó de nuevo: “ Querída Helena, no puedo más. He intentado por todos los medios asumir que me has engañado con Richard y perdonarte, pero no hallo absolución posible para tus pecados. Tanto tu confesión bañada en llanto como tu arrepentimiento, han llegado muy tarde. No puedo seguir bajo tu mismo techo, ni siquiera me atrevo a mirarte a los ojos por miedo a que me escupan de nuevo tu desprecio. Todos los engaños con los que has malvivido, serán tu condena a partir de ahora. Cuida de Laura y Hanna, que no les falte nunca de nada; a pesar de saber que no son hijas mías, siempre las querré y las recordaré como si lo fuesen. Te dejaré una buena suma de dinero para ayudarte con su sustento. Espero que comprendas mi necesidad de poner tierra de por medio entre nosotros. A pesar de todo… te perdono. Hasta siempre. Frank”

¿Quién le habría hecho llegar esa nota?- se preguntaba a la vez que tomaba la firme determinación de localizar con urgencia el paradero de su padre.

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