El sueño de Sibory

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Caía la tarde en Central Prim y cómo de costumbre, Mateo se disponía a recoger las últimas migajas de su bocadillo de panceta y queso. Limpió la mesa con tanto empeño, que ésta le devolvíó el reflejo brillante de su rostro ajado por una vida a caballo entre el pontebien y estatequieto.

Estaba muy nervioso, más incluso que en el interrogatorio al que le sometieron para darle ese puesto de mantenimiento en el teatro Coliseum. Recuerda que había sudado la gota gorda para salir airoso de una entrevista en la que competía con seis candidatos; al final del proceso, él había sido uno de los afortunados exconvictos que consiguieron el puesto. Reinsertarse después de una condena de varios años de prisión, le había resultado complicado, pero éste, era su segundo empleo desde que estaba fuera y probablemente, el último, pues en un par de años cumpliría la edad legal de jubilación. Con ayuda de su hijo Esteban, podría vivir esperando su retiro sin necesidad de trabajar, pero algo grande, le había empujado a pelear por ese empleo con uñas y dientes como si le fuese la vida en ello.

Siguiendo un extraño ritual, se enfundó en su traje de faena, apuró las últimas caladas a su cigarrillo mientras remataba su cerveza y echó mano de una de las escobas que se disponían en línea en el armario de la limpieza. Los pasillos del teatro, eran estrechos y estaban fríos como un témpano de hielo; con los últimos ajustes presupuestarios, el dinero para la calefacción se había destinado a vestuario, una partida prioritaria para el contable del centro. Como cada tarde en los últimos meses, Mateo se dirigió al patio de butacas. Siempre empezaba su labor por la misma esquina del teatro. Trazaba un ángulo recto con la escoba y comenzaba a barrer sigiloso y metódico. Lo hacía con tanto cariño, que los enseres que le rodeaban parecían darle las gracias a su paso encantados de recibir sus higiénicas caricias.

Los actores de reparto estaban empezando a entrar en la sala, con sus elaborados atuendos y ataviados con grandes libretos repletos de anotaciones en distintos colores. Alguno le saludaba al entrar, otros más altivos, simplemente le ignoraban con cierto desprecio. En fila india entraban por un lateral del escenario, para tomar sus posiciones por orden de aparición.

Mateo respiraba hondo, marcando el ritmo con la escoba. El corazón le latía desbocado. Siempre supo que llegado este momento, después de tantos años de espera, tendría esa sensación de vértigo abrazándose a su cuerpo. De pronto, nota a sus espaldas, cómo se eleva el telón. Disimuladamente se gira y hace que frota una mancha en el suelo. El joven director en el centro del escenario da instrucciones a un par de actores y a continuación grita:

—“El Sueño de Sibory. Escena 1ª. ¡¡ Acción!!

El decorado cobra vida y comienza el primer ensayo general de esta obra inédita a una semana de su estreno. Claus, su creador, había encontrado el guión en una vieja librería de segunda mano al sur del país, cuando estaba de vacaciones con su familia escapando del bullicio de la capital. Nadie sabía quién era su autor, ni siquiera el librero supo explicarle cómo llegó a sus manos; simplemente se limitó a venderle la obra por un precio más que decente y Claus, con su capacidad innata para adaptar guiones, la llevó a los escenarios con intención de seguir recolectando éxitos.

Los personajes interactuaban entre sí con fluidez, mientras la música acompañaba la recreación dándole un toque sofisticado y elegante. Salvo algún despiste sin importancia, el ensayo estaba quedando perfecto. Mateo no pudo evitar emocionarse con cada frase. Se atusó el bigote con impaciencia tratando de esquivar las ganas de llorar y continuó barriendo entre las butacas vacías, mientras se dejaba atrapar por esos diálogos que tan bien conocía. Cerró los ojos y rememoró todas esas noches en vela cuando todavía vivía en casa de sus padres, donde la inspiración y una botella de whisky eran su única compañía, y no pudo evitar una gran sonrisa al darse cuenta de que después de cuarenta años, su creación llenaría el aforo del Coliseum. Dió un último respingo y continuó sus labores de barrendero, deseando con todas sus fuerzas que Esteban aceptase acompañarle al estreno. Pensaba que quizá ya había llegado el momento de desvelarle alguno de sus secretos, o se los llevaría de cabeza a la tumba y entonces… ya no tendría ningún sentido esconderlos.

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