El otro lado de la acera

cuchillo

Una vez más, me noto cierta preocupación por decisiones tontas que asaltan mi adolescente mundo, haciendo de mi propia existencia un mar de dudas y peces muertos que flotan panza arriba.

En las fiestas de Carnaval que organiza la A.P.A., agrupación de payasos anormales, es cuando puedo liberarme de mis miedos y actuar libremente, haciendo lo que me apetece sin tener que rendir cuentas y sin convertirme en el blanco de la indiferencia de esos hijos de puta con patas que comparten aula conmigo. Todavía noto el dolor de los clavos ardiendo en mis manos, cuando el año pasado me crucificaron por besar a Zaira en el patio de atrás. Nadie pudo comprender que malinterpreté sus provocadoras palabras con síntomas de atracción hacia mí y mi cuerpo, presa del instinto y del deseo, se abalanzó sobre ella atrapando su rostro con mis ansiosas pezuñas, mientras mis labios aterrizaron torpemente en su boca sorprendida; sus ojos aterrados me suplicaban que reculase, pero no lo hice. Recuerdo con amargura, ese primer beso, pero lo que realmente me hizo hervir la sangre, fue la reacción de la gente que comenzó enseguida a bautizarme con apelativos que rozaban los límites de la crueldad y por algo, que no me parecía tan malo; Sofía, la calientapollas de la clase y del centro en general, fue una de las más hijas de puta a la hora de estigmatizarme por lo ocurrido. A partir de eso, me empecé a sentir como una mierda de perro que nadie quiere pisar. Hacía mi vida ignorando a esos imbéciles con granos, asistía con desgana a clase pero sin relacionarme con los demás y la verdad, es que mi resentido expediente académico despegó; comencé a obtener calificaciones dignas de enmarcar por una madre, pero la mía, estaba demasiado ocupada para eso entre sus exigencias laborales y su recién estrenada promiscuidad.

Prosigo con mis deliberaciones; este año, la fiesta de Carnaval será recordada. Barajo las distintas opciones entre mis dedos, sopesando; al instante, sonrío desafiante a mi subconsciente, creo que lo tengo…

Todos llevan bailando horas, despreocupados en esta especie de guateque extraescolar amenizado por un Dj que va de zombie mata ratas. Reviso mentalmente si tengo todo lo que necesito y si mi nivel de alcohol en sangre está lo suficientemente alto para evitar que me raje.

Observo de lejos a la zorra que ha mecido mis pesadillas durante este último año. Me ha sido fácil reconocerla, pues su vanidad la hace creerse la reina de la fiesta y va a cara descubierta, enfundada en un corsé de ramera de la época de Luís XVII, con abundante encaje de chantilly bordeando sus agobiadas tetas que pugnan por liberarse.

Con paciencia infinita aguardo entre la multitud, hasta que la gente comienza a irse a sus casas víctimas del cansancio. Está anocheciendo ya y la zorra insaciable, continúa bailando hasta que el Dj decide poner fin a su insoportable repertorio. Me apresuro hasta la puerta y me enfrento a una noche tibia que amenaza lluvia. Dejo caer mi cuerpo detrás de una estatua en honor a las víctimas del 20-M y espero.

La zorra por fin sale del instituto acompañada de dos chicas, pero enseguida se separan. Ella, como vive cerca, camina distraída los metros que la separan de su casa. Salgo rápido de mi escondite y la sigo. Ella mira hacia atrás y parece que mi disfraz la intimida, por lo que se cambia de acera. Hago lo mismo y aumento la velocidad de mis pasos. Se da cuenta de mi cambio de ritmo y empieza a correr. Enseguida me pongo a su altura y antes de que pueda gritar, le tapo la boca con la mano enfundada en rafia y cuero. Observo el terror en sus ojos, superior al que sintió Zaira cuando la besé. La arrastro hasta un soportal poco iluminado y ella, forcejea presa del pánico para liberarse sin conseguirlo; lo único que logra, es retirar hacia atrás la capucha de mi disfraz de verdugo y entonces, veo como sus temores, por un momento, dejan paso a su asombro al observar mi melena rubia.

—¡Alicia!- consigue articular.

—Sofía —la saludo bajando la cabeza al sentirme descubierta —Quiero presentarte a alguien… —le sugiero mientras exhibo la hoja de mi cuchillo filetero por delante de su rostro.

El corazón le late muy deprisa, puedo sentirlo, al igual que puedo oler el miedo en su cuello, donde ese líquido vital que fluye por sus venas pronto dejará de hacerlo…

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