Primer entrenamiento

secreto

El reloj marcaba las cinco de la tarde. Mientras apuraba el último cigarro del paquete, María terminaba de darse los últimos retoques. Aplicaba, con precisión felina, el colorete sobre sus pómulos blanquecinos confiriéndoles una vitalidad ficticia que contrastaba con su estado de ánimo alicaído. Su prolongada situación de desempleo, la iba transformando poco a poco en un ser desganado y falto de energía. Tenía que dar carpetazo a la depresión que la estaba asolando, pues la prestación que percibía del Gobierno estaba llegando a su fin y pronto tendría que vérselas con doña miseria.

Estaba nerviosa e inquieta a partes iguales por la inesperada propuesta. El miedo la absorbía, pero entonces se acordaba del saldo de su cuenta corriente que años atrás rebosaba por las comisiones que le propinaban las ventas de pisos. Luego llegó la crisis inmobiliaria y con ello, el punto y final a veinte años de experiencia.

Se perfiló los labios en tono frambuesa, enmarcando una sonrisa fingida que asomaba en su boca seca. Necesitaba beber. Corrió hacia la despensa y localizó una botella de Bombay Saphire, regalo de su hermano Fer por su cuarenta cumpleaños. Enseguida notó un cosquilleo en la sien, mientras la ginebra dibujaba un reguero de fuego en su garganta. Bebió un último trago directamente de la botella y se dispuso para salir.

Se encontraba perdida entre las estanterías; con disimulo, hacía que leía los títulos en los lomos de todos los libros que la asediaban con sus números de localización clavándose en ella, como si la interrogasen por su atuendo demasiado descarado. Recorrió rápido la zona de enciclopedias y diccionarios. Fisgoneó entre los volúmenes que se agolpaban en la sección de ciencias sociales. Keynes la señalaba con el dedo, haciéndola sentir culpable por no haber terminado la carrera de economía. Paseó tímidamente entre las publicaciones de Filosofía, hasta dar con el lugar donde exhibían las novedades. Su mirada ahumada se fijó en un libro: «El boligrafo de gel verde» de Eloy Moreno. Tenía buena pinta y como su cita no estaba en el punto acordado de la biblioteca del Global Center, donde habían fijado su furtivo encuentro, se decidió a tomar asiento y leer su hallazgo.

Buena elección — susurró una voz ronca en su oreja terminando la frase con un mordisco en el lóbulo.

María pegó un brinco en la silla a la vez que ahogaba medio grito. El otro medio, había resonado irremediablemente en la sala, haciendo que varios estudiantes clavasen sus irritados ojos en la pareja. No habían pasado ni cinco minutos desde que se había sentado, pero la historia que leía la había atrapado desde la primera línea.

Martín, llevo mucho rato esperándote — mintió.

Lo he leído hace cosa de dos meses… es una buena historia. Hace que te replantees ciertos aspectos de la vida… — comentaba él ignorando su ataque y tratando de calmarla. La notaba bastante nerviosa y apestaba a ginebra.

¿Qué le has dicho a Sonia? ¿sospecha algo? ¿vas a contárselo? — preguntó impaciente.

Tranquila mujer — dijo Martín tratando de serenarla — mi mujer sabe que soy un profesor muy competente. Le he dicho que tenía exámenes que revisar en la facultad. Somos amigos ¿no? Confía en mí. En cuanto a lo de contarle lo nuestro… El año que viene, tal vez.. — bromeó con una amplia sonrisa.

Mira, no estoy para bromitas, esto solamente lo hago porque necesito el dinero ¿vale? Cuando me lo propusiste, pensé que no tendría ovarios de venir, pero aquí estoy… — Un escalofrío la invade — Así que… ¡acabemos cuanto antes!.

Jajaja…

Shhhh — se oye al fondo.

¡¡Mmm … la noto muy impaciente señorita!! — le susurra mientras su mano se desliza por debajo de la mesa hasta toparse con su muslo.

Este es el trato: Un polvo rápido en el lavabo, me das la pasta que acordamos y cada uno a su casa, ¿estamos? — remarcó empezando a notarse acalorada. A pesar de todo, su amigo le resultaba atractivo y aunque le pareciese aberrante que su fantasía fuese montárselo con ella en ese templo del saber, necesitaba el dinero. Quizá esto le sirviese como entrenamiento para lo que tenía en mente. Su cuerpo todavía era objeto de deseo y había visto en la tele casos de gente que subsistía dignamente dedicándose al negocio de la carne. ¿por qué no iba a poder cambiar su vida?

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La estrella

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Sujetaba su mirada con pinzas de colgar esos trapos que ya nadie aprovecha. Tras la cortina, se escondía una noche recién pintada. Eric la perseguía con sus pupilas dilatadas por la oscuridad de su habitación. Una estrella brillaba más que el resto, o eso le parecía desde el ángulo en el que observaba el firmamento. Se sentía un poco decepcionado consigo mismo. No había tenido un buen día y la carrera de relevos en la que participó, le había hecho quedar como un principiante ante los ojos de Lucía, la hermana mayor de su amigo Tomy.

Cerró los parpados apretando fuerte y sin perder de vista la estrella que había memorizado en su atormentado cerebro, deseó que ese día no hubiese pasado. Empezar de nuevo tratando de esquivar los errores cometidos, era un pensamiento recurrente en su recién estrenada pubertad. No se le daba nada bien esto de salir del cascarón y enfrentarse a un mundo nuevo, lleno de acné, instinto sexual incipiente, transformaciones corporales varias y competiciones de popularidad en un instituto que le había acogido con pocas ganas, o eso solía pensar, debido a las reacciones de algunos alumnos que decían llamarse compañeros de clase.

Tenía ganas de llorar, pero su orgullo cerraba con decisión las compuertas a ese río de lágrimas que amenazaba con desbordarse. Con resignación, dejó caer la cortina para que su propio peso la devolviese a su posición de origen y se tiró en la cama. Miraba el techo pensando en todo y en nada a la vez. Una mancha de humedad se reflejaba en el cristal de sus gafas. Tenía la extraña forma de un una chuleta de sajonia, pensaba Eric, recordando el almuerzo del lunes. Pensó entonces en todo lo que había ingerido ese día, retando a su memoria remolona a no dejar ni las migas más insignificantes. Una porción de pizza de peperoni, un par de vasos de zumo de pomelo…. Mientras lo hacía, se evadía de sus preocupaciones. Estaba dudando en la cantidad precisa de uvas blancas que tenía el racimo que había escogido como postre, cuando empieza a sentir cierto grado de humedad en su mano derecha. Chester, que se había despertado de su quinta siesta del día, relamía con fruición sus dedos como tratando de transmitirle su punto de vista canino y proferirle el grado de tranquilidad que necesitaba para conciliar el sueño. Sonrió al sentir que le importaba a alguien, aunque formase parte del reino animal y como compensación, se levantó a ponerle un poco de comida seca en su plato de porcelana y rellenar su otro recipiente con agua fresca de una botella que se había subido de la nevera. Chester enseguida centró toda su atención en su cena. Había necesidades básicas que era imposible ignorar.

Eric volvió a la cama y optó por leer un rato. Retomó “El guardián entre el centeno” por donde le indicaba su marcapáginas de Spiderman. La lectura lo abstrajo por un momento de su presente, pero al cabo de dos páginas, el sueño hizo mella en su agotado estado de ánimo.

La noche avanzó deprisa, de puntillas, con un sigilo descarado.

Julia besó su rostro perlado por el sudor. Eric estaba totalmente empapado y con la ropa puesta. Su madre se preguntó por qué no se había desnudado para dormir. Estaban en pleno julio y esa semana, habían pronosticado una ola de calor. Mientras su único hijo se desperezaba, ella descorrió las cortinas para dar paso a los primeros rayos de sol. Tenía que ir a clases de refuerzo y como siempre, llegaría tarde.

Eric, vamos, ¡¡¡Levántate!!! — le ordenaba empezando a perder la paciencia.

Ya voooy mamá…

—Hoy te dejaré un poco de pizza de peperoni para comer. He comprado uvas también, tienes que comer algo de fruta hijo ¿me lo prometes?

—Siii —asintió Eric mientras extraía distraído una legaña de su ojo izquierdo.

Al cabo de unos segundos, un resorte se activa en su adormilado cerebro y le hace tomar conciencia de la casualidad, entre otras cosas, porque su madre si en algo destacaba, era en una estricta organización y jamás repetía un menú.

—Mamá… ¿qué día es hoy? —preguntó incrédulo.

—14 de julio hijo, el día en que como no te levantes para ir a clases te patearé el culo ¿me oyes? — le levantó la voz apremiándole — Tienes tus cosas de natación en el salón para cuando vuelvas a comer. Intentaré salir pronto del trabajo para verte competir ¿de acuerdo?

Eric se quedó blanco al tiempo que se levantaba de un impulso. Tendría otra oportunidad para deslumbrar a Lucía y esta vez no podía fallar.