Dimisión

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Lo reconozco, mi vaso de la paciencia se desbordó pero no puedo reprocharle nada; hacía días que venía amenazándome con hacerlo pero yo le ignoraba y seguía aguantando el tipo, hasta que tuvimos esa fatídica reunión de accionistas. Cuando regresé a mi despacho, resquebrajé mi lápiz de la suerte nada más sentarme en la silla, fue ahí cuando comencé a sentir la humedad del rebose y cuando vislumbré claramente que esa mañana, era la última que mi culo dejaba de prestar servicio a esa pandilla de maleantes. No aguantaría más patadas, ni órdenes contraproducentes a mi salud mental. Tenía que poner un punto y a parte en mi vida y dejar de respirar ese aire viciado por la incontinencia verbal de peces que juegan a ser gordos con la ingenuidad de los más flacos.

Mis escasas pertenencias, clavaban sus ojos imaginarios en mi demacrada trayectoria y me alentaban a abandonar ese barco infestado de ratas sin mirar atrás. Cuanto más lo meditaba, más me convencía de que estaba haciendo lo correcto, todavía estaba en edad de encauzar mi camino hacia otros campos sin explorar y para los que me consideraba sobradamente cualificado. Encendí mi portátil y redacté sin pausa mi carta de dimisión. Unas escuetas referencias a los motivos de mi decisión, ilustraron el formalismo requerido para decir adiós.

Una de las razones que contribuyeron a mi marcha, fue la pérdida de mi apetito profesional en un lugar al que ya no podía llamar oficina, no por sus instalaciones en sí, que modernizaron al más puro estilo de central de negocios neoyorquina, sino por su semejanza cada vez mayor a un nido de víboras, donde fauna de la más voraz convive con plantas de interior sin flor. Ya no estaba a gusto en ese ambiente hostil, rodeado de gente sin escrúpulos a la que le resulta indiferente pisotear cabezas. Mi departamento mostró fingida conmoción cuando les comuniqué mi decisión de abandonar el proyecto. Recuerdo especialmente la cara de Daniel, mi superior inmediato, tan falta de emociones como de arrugas. Su cutis ni se inmutó cuando le agradecí la confianza que había depositado en mí. Sordo a los comentarios que precedieron mi despedida, me abalancé por última vez sobre las puertas giratorias que seguirían rodando como una peonza sin rumbo a pesar de mi ausencia. Dejaba atrás, once años de sumisión incondicional, de desplantes telefónicos y malas pulgas matutinas. En mi pequeño despacho dejé olvidado un buen cargamento de estrés, varios documentos importantes que le tocaría asumir a otro y una batería viciada de móvil.

Las últimas semanas en Frederic´s company & Cia, me habían resultado tan poco digestivas que cada mañana al despertarme, tenía que tomarme sal de frutas con mi té para afrontar una jornada más. Mi experiencia me indicaba que desde el cambio de dirección, la compañía estaba asumiendo retos innecesarios y adoptaba decisiones totalmente arbitrarias sin madurar las consecuencias; anhelaban pretensiones carentes de fundamento y a cualquier precio; trazaban rutas de negocio que rozaban la ilegalidad algunas veces, otras, en cambio y por mayoría, traspasaban esa delicada frontera sin ningún tipo de reparo; malversaban caudales de procedencia pública; blanqueaban fondos de dudosa procedencia que apestaban a extorsión; firmaban pactos inmorales y acuerdos con cláusulas anómalas, animados por el abundante maridaje de sus codornices al Oporto en los restaurantes en los que cerraban amigablemente sus negociaciones; callaban bocas con fajos de billetes; abrían y cancelaban cuentas con la asiduidad con la que mi conciencia me recordaba el apremio de mi dimisión, que era casi a diario; podría seguir enumerando sus variopintas rutinas laborales hasta quedarme exhausto, pero no quiero hacerme mala sangre sabiendo que ya no formo parte de esa familia de profesionales de la corrupción.

Desde que dejé la Promotora, vivo en una balsa de calma sobre una tranquilidad transparente sin ánimo de lucro. A veces, me asusta la idea de no volver a saber cómo adaptarme al ritmo de la vida. Desde que me bajé de este mundo frenético, que circula saltándose los límites establecidos por una sociedad demasiado permisiva, siento vértigos esporádicos, sobre todo cuando me planteo volver a circular por esas calzadas atiborradas de vidas sin sentido, de coches hambrientos de colisión y perros que mean en cualquier rincón mientras sus dueños se fuman un cigarro pensando en codornices al Oporto. Recurro a las enseñanzas de mi madre muerta, y recupero enseguida mi punto de partida. Tendré que aprender a gestionar mi efímera existencia, a controlar mis desbocados impulsos, a desinfectar mi conciencia perturbada por ciertos actos del pasado de los que no me siento orgulloso. Mientras paladeo un compromiso con mi nuevo yo, voy a sacar al perro.

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