PRIMER ENTRENAMIENTO

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(Texto revisado, modificado y enviado para el libro de recopilación de ejercicios)

 

El reloj marcaba las cinco de la tarde. Mientras apuraba el último cigarro del paquete, María terminaba de darse los retoques finales. Aplicaba con precisión felina el colorete sobre sus pómulos blanquecinos, confiriéndoles una vitalidad ficticia que contrastaba con su estado de ánimo alicaído. Su prolongada situación de desempleo la iba transformando poco a poco en un ser desganado y falto de energía. Tenía que dar carpetazo a la depresión que la estaba asolando, pues la prestación que percibía del Gobierno estaba llegando a su fin y pronto tendría que vérselas con doña miseria.

Estaba nerviosa e inquieta a partes iguales por la inesperada propuesta. El miedo la absorbía, pero entonces se acordaba del saldo de su cuenta corriente que, años atrás, rebosaba por las comisiones que le propinaban las ventas de pisos. Luego llegó la crisis inmobiliaria y con ello, el punto y final a veinte años de experiencia.

Se perfiló los labios en tono frambuesa, enmarcando una sonrisa fingida que asomaba en su boca seca. Necesitaba beber. Corrió hacia la despensa y localizó una botella de Bombay Saphire, regalo de su hermano Fer por su cuarenta cumpleaños. Enseguida notó un cosquilleo en la sien, mientras la ginebra dibujaba un reguero de fuego en su garganta. Bebió un último trago directamente de la botella y se dispuso para salir. Bajó a la calle decidida, ignorando una creciente cobardía que trataba de hacerla desistir de sus propósitos. Sus tacones le iban haciendo promesas sobre el asfalto hasta que se topó con la boca del metro. Cinco paradas y un transbordo la separaban de su destino.

Se encontraba perdida entre las estanterías. Con disimulo, hacía que leía los títulos en los lomos de todos los libros que la asediaban; sus números de localización se clavaban en ella como si la interrogasen por su atuendo demasiado descarado. Recorrió con rapidez la zona de enciclopedias y diccionarios. Fisgoneó entre los volúmenes que se agolpaban en la sección de ciencias sociales. Keynes la señalaba con el dedo, haciéndola sentir culpable por no haber terminado la carrera de economía. Paseó tímidamente entre las publicaciones de Filosofía hasta dar con el lugar donde exhibían las novedades. Su mirada ahumada se fijó en un libro: «El boligrafo de gel verde» de Eloy Moreno; tenía buena pinta y como su cita no estaba en el punto acordado de la biblioteca del Global Center, se decidió a tomar asiento y leer su hallazgo resignada mientras esperaba la llegada de su furtivo encuentro.

—Buena elección —le susurró de pronto una voz ronca en su oreja, terminando la frase con un mordisco en el lóbulo.

María pegó un brinco en la silla a la vez que ahogaba medio grito. El otro medio, había resonado en la sala de lectura haciendo que varios estudiantes clavasen sus irritados ojos en la pareja. No habían pasado ni cinco minutos desde que se había sentado, pero la historia que leía la había atrapado desde la primera línea.

—Martín, llevo mucho rato esperándote —mintió.

—Lo he leído hace cosa de dos meses… es una buena historia. Hace que te replantees ciertos aspectos de la vida… —comentó él ignorando su ataque y tratando de calmarla. La notaba bastante nerviosa y apestaba a ginebra.

—¿Qué le has dicho a Sonia?, ¿sospecha algo?, ¿vas a contárselo? —preguntó impaciente.

—Tranquila mujer —dijo Martín tratando de serenarla —mi mujer sabe que soy un profesor muy competente. Le he dicho que tenía exámenes que revisar en la facultad. Somos amigos, ¿no?. Confía en mí. En cuanto a lo de contarle lo nuestro… El año que viene, tal vez.. —bromeó con una amplia sonrisa.

—Mira, no estoy para bromitas, esto solamente lo hago porque necesito el dinero ¿vale?. Cuando me lo propusiste, pensé que no tendría ovarios de venir, pero aquí estoy… —Un escalofrío la invadió —Así que… ¡Acabemos cuanto antes!.

—Jajaja… —Martín no pudo evitar la carcajada. Analizándolo fríamente, era una situación un tanto cómica; estaba a punto de engañar a su mujer con la mejor amiga de ésta y en un escenario familiar, ese que tantas noches le había dado cobijo durante sus años como estudiante universitario.

Al fondo, un señor de pelo canoso y gafas de media luna con pinta de bibliotecario, les instaba a guardar silencio.

—¡¡Mmm … la noto muy impaciente señorita!! —prosiguió Martín, en tono jocoso, mientras su mano se deslizaba por debajo de la mesa hasta toparse con su muslo.

—Este es el trato: Un polvo rápido en el lavabo, me das la pasta que acordamos y cada uno a su casa, ¿estamos? —remarcó María empezando a notarse acalorada. A pesar de todo su amigo le resultaba atractivo y, aunque le pareciese aberrante que su fantasía fuese montárselo con ella en ese templo del saber, necesitaba el dinero. No quiso saber sus motivaciones, ni se planteó si quiera si era la primera vez que engañaba a Sonia. Sus tripas se hicieron corazón y desactivó la voz de su conciencia para los próximos minutos. Quizá esto le sirviese como entrenamiento para lo que tenía en mente. Su cuerpo todavía era objeto de deseo y había visto en la tele casos de gente que subsistía dignamente dedicándose al negocio de la carne. ¿Por qué no iba ella a poder cambiar su vida?

Refugio de cobardes

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Andrés miraba a ambos lados de la calle cauteloso, mientras entonaba para sus adentros salmos bíblicos de motivación. Odiaba los pasos de cebra sin semáforo; le sugerían una falsa inmunidad de la que mucha gente fue y será víctima, y todo por confiar a ciegas en esas rayas blancas, esperando un traje de inmortalidad a medida con solo pisarlas. Estaba nervioso, agitado y un poco aturdido.

La policía pronto daría con él, por lo que necesitaba dejar de vagar por la ciudad y trazar un plan con urgencia. A pocos pasos de su actual posición, se alzaba imponente la National Gallery con su edificio anexo de oficinas para jóvenes emprendedores. Sería un discreto refugio que le daría cobijo e intimidad mientras diseñaba una eficaz ruta de escape. Se sentía sucio, empapado en sudor y a punto de echarse a llorar, pero refrenó este signo de debilidad acordándose de uno de los chistes malos que su amigo Pit le contaba las noches de partido. Se lanzó calle arriba hasta su guarida provisional. Notaba las miradas de los peatones clavándose en su nuca, como si sus semejantes en especie quisiesen extraerle todo el jugo con las pupilas a base de concentración y recelo. La gente con la que se cruzaba, le dirigía miradas indiscretas que le hacían tomar conciencia de su mal aspecto. Llevaba toda la noche sin dormir, no se había cambiado de ropa y su cara mostraba el reflejo de un homicida novato e imprudente.

La mañana avanza al mismo ritmo que sus remordimientos. Se planta frente al museo y echa un último vistazo a su alrededor. La vida sigue su agenda de primer lunes de septiembre. Los camareros montan veladores y terrazas aprovechando los últimos rayos de sol del verano; una tienda de moda de baño se empeña en aplicar más descuentos sobre las rebajas para no perder dinero en mercancía obsoleta; bancos y cajas abren sus puertas a un público predominantemente senil; un autobús escupe un riachuelo amarillo de niños chinos con cara de turista despistado y cuando parece detenerse el cauce, termina vomitando a una señora de pelo canoso y gafas de montura al aire que parece servirles de guía.

Andrés se encamina hacia la puerta de acceso y penetra en el edificio como si fuese la primera vez que cruza ese umbral. En la taquilla, un señor de frente despejada y nariz aguileña le recita el precio de la visita con voz robotizada, mientras teclea un código que hace parir una entrada a la impresora láser. Se la entrega, acompañada de un recibo y su tarjeta Visa, agradeciendo su visita y vuelve a sumirse en la lectura de una especie de fascículo coleccionable sobre plantas de jardín.

Harto de esa manía persecutoria que le viene agobiando desde que dejó su casa bien temprano, Andrés se apresura al lavabo de caballeros, un refugio apto para cobardes. Se lava la cara con abundante agua y se observa en el espejo. Reconoce unos ojos tristes que le observan resignados, pero el resto de facciones le resultan ajenas a su propio ser. No puede evitar reprocharse su brusquedad, sus reacciones desproporcionadas y recuerda, por un instante, la mirada de Paula acusándole de robarle la vida desde el suelo. Nunca quiso hacerle daño, pero cuando ella le dijo que había estado con Manuel tomando una copa, los celos le cegaron y sus manos apretaron el cuello de su mujer mientras ella intentaba zafarse de su verdugo con uñas y dientes.

Se seca con un trozo de papel higiénico desechando cualquier síntoma de rendición y decide centrarse en su plan. Pasea nervioso los metros cuadrados del servicio hasta que decide encerrarse en una de las cabinas y sentarse a pensar. Sopesa la idea de viajar hasta Sicilia; allí vivía una hermana suya soltera que podría acogerle una temporada. Era su única familia en ese momento y si le contaba la verdad, estaba seguro de que estaría de su lado y le ayudaría a confeccionarse una nueva identidad. No esperaba que se alegrase de lo que había hecho, pero era probable que se sintiese aliviada en cierto sentido. A pesar del atractivo del lugar y de las ganas de ver a su hermana, no tenía muy claro cómo llegar hasta allí.

Otros destinos revolotearon por su cabeza pero no les dio pista para que tomasen tierra, por lo que se esfumaron con la misma rapidez con la que se engendraron. La idea de entregarse, no la había considerado una opción desde el primer momento, por lo que se había prohibido de forma tajante volver a plantear una salida que implicase su puesta a disposición judicial de forma voluntaria.

Retoma la idea de Sicilia y medita sobre las distintas vías de viajar hasta la isla y cual le parece más segura, rápida y asequible. No es consciente del tiempo que lleva encerrado en el lavabo. Está concentrado en tejer su plan con el mejor hilo posible para que no se rompa al menor contratiempo.

De pronto, alguien golpea la puerta de la cabina contigua al cerrarla advirtiéndole de que no está sólo. El fuerte estruendo hace que se despierte de un sobresalto, empapado, con la respiración descompasada y el corazón fuera de órbita. Mira hacia un lado y observa como Paula duerme plácidamente panza arriba. Se frota los ojos con sus manos temblorosas y luego las inspecciona en busca de algún rasguño. Son las siete y veinte de la mañana. El despertador está a punto de darle los buenos días en inglés, lo que le recuerda que tiene una entrevista con Mrs. Clarins en la sala de juntas del museo. Incrédulo vuelve a mirar a Paula. Viva y respirando relajada ajena a sus pesadillas. Se acerca a ella sigiloso, inhala su aroma con parsimonia y le da un beso fugaz en el hombro. Sonríe y se da cuenta de que todavía la quiere como el primer día. Su hermana Rosa va a tener que seguir esperando su visita.

De fobias y hurones

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De niño siempre fui un poco simplón, quizá más de lo normal. Mi mente infantil, nunca se preocupó de todas esas cosas que los proyectos de persona tienden a plantearse cuando están en plena etapa de crecimiento. Mi mayor paranoia era descubrir donde había dejado tirado el chupete el día anterior; me pasaba horas y horas buscándolo a la desesperada, hasta que por fin daba con el en cualquier rincón de la casa, agazapado estratégicamente para despistarme. El vicio del chupeteo lo dejé bastante tarde. Recuerdo vagamente escenas de colegio una vez superado el preescolar, con lo que deduzco que la vergüenza superó con creces mis ganas de mamar a una edad que prefiero enterrar a tres metros bajo el suelo. El síndrome de abstinencia era demasiado poderoso como para que todos los intentos de apartarme de ese consuela-llantos diabólico se quedasen en fracaso, por lo que me dejé arrastrar, sin resistencia alguna, por la necesidad del latex en mi boca hasta que mi mente adoptase la decisión adecuada.

A medida que me iba desarrollando, iba adquiriendo mayor complejidad mental; la parte física, sin embargo, seguía estando dentro de la media. Mi cerebro empezó a hacer acopio de extraños pensamientos que me harían víctima de manías persecutorias y ensoñaciones recurrentes donde el protagonista al que encarnaba siempre terminaba mal parado; de teorías sin pies ni cabeza que ni me molestaba en fundamentar y de ridículos miedos de lo más variopinto que refrenaban todos mis intentos por combatirlos y tratar de llevar una vida normal. Más que aplacar su constante evolución, parecía alimentarlos cada día con el fruto de mi ansiedad.

Mi mente era un gran campo de cultivo donde las fobias crecían veloces a sus anchas y esto me convertía en una persona hermética, introvertida, solitaria y desmotivada para interactuar con el resto de seres. Sin embargo, a pesar de mi rico y complicado mundo interior que obstaculizaba cualquier intento de socializar, conseguí enamorarme. Fue un sábado 16 de junio a las 15:30 p.m. Salí de casa, después de comer unos mejorables macarrones con carne cocinados por la santa de mi madre, para dar un paseo con mi hurón. El parque de las avenidas estaba plagado de palomas y a Bonner, le inspiraban tan poca confianza como a mí, así que decidimos por unanimidad recortar la ruta prevista unos cuantos metros. Tomamos el sendero principal y torcimos a la izquierda, por un camino de piedras y setos que desembocaba en el estanque de las ranas. Con esta especie animal teníamos mayor afinidad. Al llegar al borde de la charca, nos detuvimos a observar la cantidad de mierda que acumulaba el líquido elemento. Las ranas, si las había, porque dudábamos de que en ese ecosistema se diese alguna forma de vida, no daban señales de presencia. Absortos en la superpoblación bacteriana que debía darse cita en ese espacio, no nos percatamos de que alguien pasaba a nuestro lado, hasta que nos saludó amigablemente. Cuando me giré, mis principios de anacoreta se tambalearon como los pilares de un templo. Era hermosa y su mirada hipnótica impedía que mi boca se mantuviese cerrada, ni un sólo segundo, para responder a todas sus dudas y curiosidades sobre la vida de mi hurón. Estaba tan fascinada por mi mascota, que me propuso tomar un refresco en alguna terraza del barrio para que le siguiese contando la vida y obras de Bonner, que lejos de ser interesante, a mí me resultaba tediosa y sin objetivos.

Nuria, vivía al otro lado del parque y estudiaba cuarto de veterinaria. Tenía tres años más que ella, pero mucha menos experiencia en todo. Pasamos una tarde agradable. A ella parecían impresionarla todas mis aportaciones a la conversación y la verdad, es que estaba resultando un diálogo de lo más fluido y espontáneo. Nunca imaginé poder hacer algo así con alguien al que no conozco de nada, pero Nuria hacía, de lo imposible, una realidad.

Después de esa tarde, quedamos para ir al cine, un par de cafés, una exposición de arte contemporáneo, una visita al zoo y varios paseos con Bonner de testigo presencial. Llevábamos viéndonos cerca de un mes, cuando sin programarlo, me dijo que le gustaba. Esa tarde, me desarmó totalmente y no supe qué responder. Bajé la cabeza y observé incómodo el suelo de piedra del parque, fijándome en cada adoquín por separado, analizando su estructura. Nuria se aproximó divertida y tomando mi cara entre sus manos, me obligó a mirarla. Sentía como mi piel ardía al contacto de sus ojos y presentía una fuerte inquietud por el contacto, no podía soportarlo, pero decidí sepultar mi mayor fobia con montañas de curiosidad morbosa por lo que intuía que iba a suceder. Mi corazón estaba desatado y parecía que quería salirse por la boca de un momento a otro, retumbaban sus latidos acelerados en todo mi pecho, lo notaba subiendo por la tráquea con la sangre presionando sus paredes, sentí muchísima sed, un zumbido en la cabeza que me aturdía y no me dejaba reaccionar, mi lengua estaba paralizada ante la inminente visita de otra de su especie, lo veía venir… y vino. Pronto se hicieron amigas. Jugaron tímidas a tientas, rozándose, acariciándose todos los rincones que descubrían, sintiendo como las glándulas salivales segregaban abundante líquido y convertía nuestras bocas en charcos de placer en los que meterse descalzo. A partir de aquel beso, comenzamos a salir como novios. Nos veíamos con frecuencia ya que sus estudios y mi trabajo de informático, se adaptaban de forma excelente.

Habían pasado tres años desde aquel primer encuentro cuando decidimos ir a vivir juntos. Ella trabajaba de veterinaria en una clínica del centro comercial, a mí me habían ascendido a jefe de equipo en la nueva empresa de sistemas en red que mi vieja filial había adquirido para salvarla de una suspensión de pagos por mala gestión. Las cosas entre nosotros funcionaban de maravilla pero para ello, Nuria había tenido que hacer ciertas concesiones en cuanto a mis manías y aceptar los miedos de los que no pude deshacerme como propios. Mi afenfosfobia fue una de esas cosas innegociables e intratables: tenía un injustificado y anormal miedo a ser tocado y me negaba a sucumbir ante un profesional de trastornos mentales por más que Nuria me insistiese. Aprendió a convivir con ello, y se limitaba a tocarme lo imprescindible en nuestras escenas de cama y en general, en nuestra vida cotidiana. No recuerdo cuando adquirí este temor, pero su potencia alcanzó dimensiones dramáticas incluso para mí que estaba acostumbrado, porque me impedía disfrutar plenamente de la persona a la que más quería; sin embargo, acepté esa fobia como una característica más de mi persona y dejé que la vida pasase sin más.

Nunca imaginé tener que enfrentarme a esto, pero al cabo de unos años de convivencia, sucedió algo terrible para ambos. Nuria volvía del trabajo cuando un mercedes clase A, no frenó a tiempo en el paso para peatones de la avenida de Europa. Fuertes traumatismos a lo largo del cuerpo, contusiones y una ceguera en principio total, fueron las secuelas del trágico accidente de tráfico para mi chica. Vivimos momentos de mucha tensión y ella, que deseaba haberse muerto aquella tarde, no podía concebir una vida que no pudiese entrarle por los ojos. Era triste, pero tenía que superarlo y yo tenía que ayudarla. Pasó mucho tiempo hasta que aprendimos a enfocar el futuro con otro objetivo. Fue por esto, por lo que tuve que enfrentarme con uno de mis mayores temores. Nuria había sustituido el sentido de la vista por el del tacto. Necesitaba tocarlo todo para visualizarlo en su interior y así, hacerse una idea de lo que la rodeaba. Conmigo no pudo hacer excepciones y yo, no podía negarle su nueva forma de ver la vida, así que tuve que superar mi fobia poco a poco y permitirle a sus manos largos paseos por mi piel. Al principio, me sentía raro, vulnerable, expuesto a unos roces inocentes que solo pretendían construir mis emociones, mis cambios de humor o simplemente, responder a mis preguntas en forma de caricia, pero pronto dejé de sentirme así porque ella necesitaba tocarme como algo vital y mirando apenado sus ojos vacíos, no pude negarme a dejarme ver.

Cuando Sophie fue Giselle

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Nunca había visto a la abuela tan nerviosa; ni siquiera la vez en que nos despedimos en la habitación del hospital justo antes de operarse, estaba tan aterrada y eso que iban a extirparle un tumor en el hígado y era una intervención bastante delicada, según el doctor Irureta.

Le temblaban las manos como a un anciano víctima del parkinson y su voz, se había vuelto tan fina como un hilo de seda de araña. Me besó repetidas veces mientras su abrazo me resguardaba de ese ambiente frío y húmedo del camerino. Olía a moho y el mobiliario del lugar recordaba con pereza un pasado colmado de sofisticación y elegancia donde se estrenaban producciones brillantes y se daban cita mareas de espectadores ansiosos, colapsando las taquillas. Le deseé «mucha mierda» creyendo que había escogido la expresión adecuada para aplacar un poco su ataque de histeria, pero mis palabras parecieron agrandar su manojo de nervios, por lo que me limité a observarla con ojos bañados en admiración y darle un último beso en sus sonrosadas y arrugadas mejillas. Ella se dejó querer y luego, me echó para darse los últimos retoques.

Había cumplido ya los 68 años, pero su aspecto le daba opción a reducir la cantidad de primaveras en una decena al menos, por coquetería o por evitar la depresión que la ancianidad lleva pareja y en la que no quería caer bajo ningún concepto. Para mí, seguía siendo un bonito cisne con ganas de volar al que adoraba. La veía estupenda, todavía conservaba una figura esbelta y de porte atlético fruto de todas esas horas de trabajo, sudor y lágrimas que vertió a lo largo de su vida profesional. Mantenía una vida saludable practicando ejercicio de forma regular, equilibrando su dieta y durmiendo mucho. Tanto su estilo de vida como su filosofía eran el mejor ejemplo que pude seguir y a los que me agarraba como un clavo ardiendo cuando fracasaba en mis metas. Siempre me recordaba que una retirada a tiempo es siempre una victoria y así lo había hecho ella justo cuando estaba en la cumbre de su éxito. Una lesión a los 42 años la había apartado de los escenarios durante más de seis meses y consideró que había llegado el momento de colgar sus zapatillas de puntas y dedicarse a otra cosa. Una dura decisión para alguien que vivía por y para el ballet. Su casa estaba llena de objetos que mostraban su afición.

Desde la puerta entreabierta del camerino, era testigo de las últimas pinceladas de carmín sobre una boca que había dicho demasiadas verdades. El maquillaje le confería un aire más juvenil y realzaba su belleza natural sobre el resto de compañeras de actuación. Ella se da cuenta de que todavía sigo entre bambalinas y me lanza una mirada reprobatoria, que hace que tome conciencia de sus deseos de soledad interior los últimos minutos, antes de que el telón la exhiba a la multitud. Alcé una mano, la arrastré a los labios y me arranqué un beso que le soplé cargado de energía positiva. Me dirigí a mi asiento reservado. Bob esperaba impaciente mi regreso leyendo el programa de próximos eventos en el Rialto que, a pesar de estar de capa caída, parece que todavía la rentabilidad alcanzaba para cubrir gastos y seguir pagando sueldos a un personal que había envejecido a la par que la decoración. Esperábamos expectantes que el pesado telón de terciopelo granate levitase en señal de comienzo. El resto de la familia, se apiñaba una fila más atrás. Mi hermano Rober con su nueva novia Patricia, que se había vestido como si fuese la madrina de una gran boda rusa. Mis padres con cara de descontento por el calor que hacía en la sala, no paraban de criticarlo todo aliándose con mis dos tías solteras. Les informo de que la abuela está deslumbrante y que a pesar del ataque de ansiedad que la estaba dejando sin aire, sentí que en el fondo, era muy feliz enfrentándose a esta actuación.

Un grupo de excompañeros que trabajaron en la compañía de la que formó parte durante su juventud, decidieron volver a reunirse después de cuarenta años para volver a sentir ese cosquilleo que les llevó por todos los escenarios de este y otros países. Era como reencontrarse consigo mismos de nuevo, con su pasión, con una vida enterrada en sus recuerdos de forma superficial, con el gusanillo nervioso que les pellizca el estómago antes de que el telón les exponga a un ávido público, en definitiva, era como volver a ser esos jóvenes de antaño llenos de ilusiones y sueños. Se habían preparado durante los últimos meses “Giselle”, un ballet en dos actos, con música de Adolphe Adam y coreografía de Coralli y Perrot, si bien, lo habían adaptado para que durase una hora aproximadamente. El Rialto, les permitió celebrar esa especie de aniversario en un pase el jueves por la noche para familiares y amigos, que finalmente se decidió también aperturar para el resto de público que desease volver a deleitarse con las viejas glorias de la danza clásica. Una opción acertada, porque el teatro estaba al cien por cien de su capacidad.

Sophie Coleman, esperaba impaciente su turno dentro del decorado una vez iniciado el primer acto. Estaba muy nerviosa pero trataba de acompasar su agitada respiración al ritmo de los tímidos violines, sabía que una vez saliese de la casa de cartón piedra que la ocultaba del gran escenario para reunirse con su amado en forma de poesía corporal, toda la tensión se disiparía en el aire como una bruma matinal y … así fue.

Flores secas

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Nada que decir, nada para recordar, nada de lo que tener que avergonzarse. Luis repasa mentalmente su infructuosa semana de vacaciones y el resultado de tan metódico análisis, no puede ser menos alentador. A pesar de que exprime todo el jugo de su viaje, sólo extrae dos gotas; una, con alta concentración de autocompasión y otra, cargada de partículas negativas en forma de arrepentimiento. Mentalmente se flagela en repetidas ocasiones y se promete decidido, que es la última vez que sucumbe a la tentación de esa mujer.

A su regreso, Luis vuelve a recaer en el submundo del que había logrado escapar, mientras el resto de la vida de la que había huido permanecía igual; un puñado de facturas apiñadas en el buzón le recordaban que seguía teniendo obligaciones, un par de plantas muertas por falta de riego le reprochaban su abandono, la fruta estropeada en la nevera le proponía una tarde de limpieza general y algún mensaje de su jefe en el contestador le acusaba de que tenía informes urgentes pendientes por hacer.

Julia le había invitado a su pequeño apartamento de Marsella. A pesar de su desconocimiento del francés y de otras miles de razones que le invitaban a tener que rehusar el plan, Luis no pudo más que aceptar la proposición a regañadientes; sabía que no tenía más opción, la palabra «No» desaparecía de su vocabulario cuando se trataba de ella. Nunca había tenido las agallas suficientemente desarrolladas como para contradecirla porque a pesar de todo, la seguía queriendo.

Los dos últimos años, desde que decidieron poner fin a su desconfiado noviazgo, le habían hecho tomar perspectiva de la situación o eso pensaba hasta ese maldito viaje. Ya no se sentía un despojo humano del que nadie quiere saber por el aroma que desprende, si bien al contrario, quería comerse el mundo sin masticar, saborear cada minuto y hacer piruetas en el aire, de esas acrobáticas que realizan las avionetas del ejército del aire en una exhibición sobre el mar. A pesar de su nuevo planteamiento existencial y de sus cicatrices aparentemente secas, cuando Julia decía «ven», él postergaba cualquier ocupación, por urgente que ésta fuese, para ir a su encuentro. Ella manipulaba los hilos de su nueva relación de forma entrenada y metódica y a su antojo. Hasta la fecha, sus encuentros habían parido alguna discusión superflua, varias fotos para el recuerdo y cientos de favores profesionales y personales que Luis coleccionaba en una larga lista; pero habían sido breves, furtivos y un tanto cordiales, por lo que no habían dado lugar a tontas recaídas.

Marsella se vistió de verano para recibirle. Sus estrechas calles, escupían riadas de humanidad a las epicéntricas plazas. El olor a mar penetraba por cada rincón impregnando con su fuerte huella el ambiente festivo de esos días. Luis se notaba nerviosopero caminaba decidido buscando la rue de Breteuil, donde se encontraba el nuevo hogar de su ex novia. Ella, ni siquiera se había molestado en ir a buscarle al aeropuerto alegando una repentina jaqueca. Cuando por fin localiza el portal, llama al 2º piso. Espera impaciente la voz de Julia al otro lado del interfono, mientras las gotas de sudor que perlan su frente comienzan a surcar su cansado rostro. Se mantiene alerta, pero nadie contesta a su llamada. Decide volver a pulsar el botón con más energía, al tiempo que observa cómo el ramo de rosas que le había comprado minutos antes a Julia en un quiosco del aeropuerto, va perdiendo su buena presencia por las altas temperaturas. Tampoco tiene suerte esta vez y se rinde elucubrando posibles excusas mientras se deja caer en los escalones del portal, que expuestos a ese sol abrasador hacen que vuelva a ponerse en pie rápidamente. Mira el reloj. Pasan tres minutos de la 1. Le había dicho a Julia que llegaría al medio día y ella, le prometió recibirle con una tradicional bouillabaisse recién hecha y un vinito de la Provenza que le quitaría todas las penas. A Luis, le encantaba el pescado y se le hacía la boca agua con las promesas telefónicas de esa chica con la que años atrás diseñaba un proyecto de vida en común. Harto de la espera y del calor a partes iguales, se mete una mano en el bolsillo de su pantalón para coger su móvil y llamar a Julia. En ese momento, comienza a vibrar levemente. Ella se había anticipado.

—Si, ¿dígame? —contesta aturdido.

—Luis, soy Julia. ¿has llegado ya a casa? —inquiere con cierta intranquilidad.

—Si, justamente acabo de llegar —miente Luis, meneando la cabeza en señal de incredulidad hacía sus propias palabras.

—Ah, bueno, pues… no estoy en casa, te va a tocar esperarme un rato. Si quieres puedes ir a algún bar y tomarte algún aperitivo o algo —le sugiere Julia esperando una reacción positiva.

—¿Donde estás? ¿Tardarás mucho? ¿No habíamos quedado para comer esa bouillabaisse tan rica que me habías prometido? —Luis que había activado su instinto policíaco, traga saliva por la imagen del plato en su cabeza — Ya es la 1 y estoy hambriento — añade impaciente.

—… Luis, me ha surgido algo, ya te explicaré… Vas a tener que comer algo en el bar esta vez, te prometo que te haré ese plato para la cena. En un par de horas como mucho estaré ahí ¿de acuerdo?

—Está bien —acepta decepcionado.

Al otro lado de la linea se oye un clic y el vacío comienza a ocupar el espacio que les separa. Luis, se arrastra hasta una terraza y apoya en una silla su vieja maleta, junto con unas flores deshidratadas que luchan por mantener su talante. Se siente triste y pisoteado. Perdido en un mar de incógnitas que le hacen verse ridículo. Alguien le hace volver de golpe a la realidad.

—¡¡ Bonjour monsieur!! — le saluda cordialmente un camarero mostrando una amplia sonrisa.

—Ehhh, si, esto… ¿hola? — se apresura a responder atropelladamente Luis, recordando de pronto que su nivel de Francés es menos uno. Hasta ahora había tenido suerte, el taxista que le había traído desde el aeropuerto, era un joven de Segovia que había dejado España para vivir el sueño francés con su novio.

—¡Bonjour! Je suis désolé, Je ne parle pas espagnol. Vous parlez franÇais? — repite en su idioma natal el camarero apenado.

Luis se acuerda de todos los parientes de Julia a la vez y jurando en arameo, trata de calmarse para hacer frente a la situación. Está cansado, necesita una ducha urgente y el hambre amenaza con hacerle perder el sentido. Como puede, toma la carta de la mesa y señala algo que le parece comestible y otra cosa con pinta de bebible. Al ver retirarse al camarero, piensa que no es tan difícil entenderse con gestos y que a pesar de que sólo domina el español, podría viajar a cualquier lugar. Sonríe satisfecho hasta que la imagen de Julia le nubla la mente de nuevo. El viaje no había hecho más que empezar y ya la estaba odiando.

El calcetín rojo

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Caía la tarde y Lucía se disponía a cerrar su tienda de ropa. Hacía un calor asfixiante y los aires acondicionados, trabajando a jornada completa, aumentaban en varios grados la temperatura de la ciudad. Para ser lunes, había tenido una recaudación más que decente y eso provocó una ligera sonrisa en un rostro perfectamente maquillado, que se negaba a revelar su verdadera edad. Como cada tarde, desde que tenía el horario reducido de verano, pensaba en su lista de cosas por hacer para aprovechar el resto del día. Sentía la necesidad de que tenía que mantenerse ocupada hasta la hora de acostarse, de lo contrario, daba el día por perdido y según la concepción que tenía de su propia existencia, no podía permitirse ese lujo.

Una vez efectuado el recuento de caja, elaborada la lista de pedidos para el día siguiente y guardado en su caja fuerte parte del dinero de las ventas, se dirigió a la puerta para iniciar la rutina del cierre. Conectar la alarma, cerrar la puerta de cristal de seguridad, bajar la verja metálica y sujetarla con un viejo candado en la parte inferior.

Caminaba decidida, según indicaciones de su estricta agenda electrónica, hacia el boulevard de Crawn. Iba a recoger un paquete en correos, cuando alguien la asalta agarrándola bruscamente del brazo derecho. Antes de que pudiese girarse para protestar, el desconocido acerca la boca a su oreja y le susurra tajante:

—Señorita Rojo, procure no llamar la atención, siga mirando al frente y acompáñeme hasta ese megane que está estacionado frente al quiosco. Voy armado —se apresuró a decir, ante los movimientos de Lucía para desprenderse de las zarpas de su cazador, que le estaban dejando el brazo sin circulación.

—¿Quién demonios es usted? ¿qué es lo que quiere de mí?—quiso saber Lucía, amedrentada por las últimas palabras del desconocido mientras, por el rabillo del ojo, alcanzaba a ver los pelos de una barba negra espesa que le rozaban la sien como si fuese su enamorado. Era un tipo alto, de complexión fuerte por la firmeza con la que la retenía, vestido con traje oscuro y que olía ligeramente a Jean Paul Gaultier. Realmente estaba asustada, la idea de morir esa tarde de agosto, no estaba entre las cosas por hacer de su lista, ni lo estaría en muchos años. Era algo para lo que no estaba ni física ni mentalmente preparada.

—Guarde silencio y siga caminando, por favor, no haga usted que me enfade, tengo muy malas pulgas … — le advirtió mientras su mano incrementaba la presión sobre su antebrazo.

La vida a su alrededor, seguía su curso con lenta indiferencia. Nadie se percataba de la situación. El tráfico fluido, los viandantes absortos en sus propios problemas, los niños correteando en dirección al parque con expresión de júbilo, los perros disfrutando de su segundo desahogo y un sin fin de rutinas que se sucedían ajenas a su rapto.

El extraño al que, por fin, Lucía puede ver de frente cuando se paran ante el coche, le sugiere que entre en la parte trasera. Dentro, huele a tapicería recién estrenada y los cristales ahumados, preservan la intimidad de sus ocupantes. Se sienta obediente y se da cuenta de que hay alguien más en la parte de delante del automóvil al lado del conductor, otro tipo robusto y fornido que sujeta el volante con excesiva firmeza. Una señora de aspecto arisco, con un vestido burdeos de pedrería, gafas de sol y una pamela que le cubre parte del rostro, pierde su mirada en el infinito como queriendo ocultar sus intenciones. Lucía busca el cinturón de seguridad. Está colocándoselo mientras piensa en lo ridículo de la situación. Secuestrada por unos extraños probablemente armados hasta los dientes y ella, preocupándose por no morir si tenían un accidente de circulación. El desconocido que la apresó, se sienta a su lado sin perder detalle de todos sus movimientos. La mujer del sombrero se quita las gafas y se vuelve hacia ella lentamente.

Lucía siente una mezcla de vergüenza, alivio y confusión al mismo tiempo.

—¡ ¿Mamaaa?!! —exclama aturdida.

—Shhhh… no grites querida, sabes que no me gusta que eleven la voz — repone la señora atusándose el pelo.

—Pero… ¿qué clase de broma de mal gusto es esta? Estaba realmente asustada, joder.¡¡No me puedo creer que todo esto sea cosa tuya!! Estás chiflada ¿lo sabes no? —sigue pregonando Lucía para liberar el estrés acumulado en el breve trayecto.

—No es ninguna broma, Lucía. Vas a venir con nosotros y harás lo que yo te diga ¿de acuerdo?

—Ni hablar, éstas no son formas, yo me voy de aquí ahora mismo —protesta Lucía mientras se desabrocha el cinturón y trata de abrir la puerta del coche que previamente había sido bloqueada.

El hombre de la barba, saca una pistola de debajo de su americana y apunta hacia Lucía que aparta su berrinche al instante y se vuelve a colocar el cinto mientras maldice su suerte una y otra vez.

—¿Vas a matarme? Yo alucino contigo mamá, desapareces un día sin despedirte de nadie y ahora regresas de este modo con estos tipejos para ¿secuestrarme? ¿has perdido el juicio? —interrogaba una Lucía fuera de sí.

A una señal de la mujer, con la otra mano, el hombre extrae de su bolsillo izquierdo un calcetín de un color rojo intenso largo como una media. Se lo alcanza a Lucía, que lo mira incrédula y le ordena que se tape la boca con él, atándolo en la nuca. Así lo hace sumisa, decidiendo seguir ese juego de locos para el que no encontraba sentido. Todo era ridículo, los dos extraños con pinta de mafiosos, su madre vestida como para una boda, el secuestro express sin venir a cuento, la chistosa mordaza de calcetín rojo… nada parecía real.

Llegan a un camino empedrado y se paran delante de un portalón de aluminio pintado de verde botella. Una especie de nave industrial. Se bajan todos del coche y acceden al local. Dentro estaba un poco oscuro y olía a moho. A ambos lados se agolpa maquinaria pesada, que algún día había estado a pleno rendimiento. Lucía observa el entorno con cautela, caminando todo lo despacio que le permiten. Al fondo de la nave hay un sillón de polipiel marrón. Ese sería su trono. La sientan y la atan de pies y manos, sin dejar de apuntarla con la pistola. Su madre la mira con los ojos vidriosos, como si verla así, le doliese por dentro. Lucía está atónita y expectante. El corazón comienza a desbocársele y el juego ya no tiene nada de gracia.

—Lucía, querida, ahora vas a llamar a tu padre y vas a pedirle que haga una transferencia a una cuenta que yo te daré. Quiero que ingrese 2 millones de euros antes de este viernes. No le dirás que estoy contigo, tu y yo no nos hemos visto. Dile que estás secuestrada por unos encapuchados y que tu vida corre peligro si no deposita el dinero cuanto antes. Sé breve y colabora, o de lo contrario… nunca saldrás de aquí viva.

No podía creerse que su madre tuviese las agallas para hacer algo así. Tenía que estar en serios problemas para necesitar esa cantidad de dinero y actuar de ese modo así que, decide colaborar con ellos, más por pena que por temor a que la maten.