El calcetín rojo

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Caía la tarde y Lucía se disponía a cerrar su tienda de ropa. Hacía un calor asfixiante y los aires acondicionados, trabajando a jornada completa, aumentaban en varios grados la temperatura de la ciudad. Para ser lunes, había tenido una recaudación más que decente y eso provocó una ligera sonrisa en un rostro perfectamente maquillado, que se negaba a revelar su verdadera edad. Como cada tarde, desde que tenía el horario reducido de verano, pensaba en su lista de cosas por hacer para aprovechar el resto del día. Sentía la necesidad de que tenía que mantenerse ocupada hasta la hora de acostarse, de lo contrario, daba el día por perdido y según la concepción que tenía de su propia existencia, no podía permitirse ese lujo.

Una vez efectuado el recuento de caja, elaborada la lista de pedidos para el día siguiente y guardado en su caja fuerte parte del dinero de las ventas, se dirigió a la puerta para iniciar la rutina del cierre. Conectar la alarma, cerrar la puerta de cristal de seguridad, bajar la verja metálica y sujetarla con un viejo candado en la parte inferior.

Caminaba decidida, según indicaciones de su estricta agenda electrónica, hacia el boulevard de Crawn. Iba a recoger un paquete en correos, cuando alguien la asalta agarrándola bruscamente del brazo derecho. Antes de que pudiese girarse para protestar, el desconocido acerca la boca a su oreja y le susurra tajante:

—Señorita Rojo, procure no llamar la atención, siga mirando al frente y acompáñeme hasta ese megane que está estacionado frente al quiosco. Voy armado —se apresuró a decir, ante los movimientos de Lucía para desprenderse de las zarpas de su cazador, que le estaban dejando el brazo sin circulación.

—¿Quién demonios es usted? ¿qué es lo que quiere de mí?—quiso saber Lucía, amedrentada por las últimas palabras del desconocido mientras, por el rabillo del ojo, alcanzaba a ver los pelos de una barba negra espesa que le rozaban la sien como si fuese su enamorado. Era un tipo alto, de complexión fuerte por la firmeza con la que la retenía, vestido con traje oscuro y que olía ligeramente a Jean Paul Gaultier. Realmente estaba asustada, la idea de morir esa tarde de agosto, no estaba entre las cosas por hacer de su lista, ni lo estaría en muchos años. Era algo para lo que no estaba ni física ni mentalmente preparada.

—Guarde silencio y siga caminando, por favor, no haga usted que me enfade, tengo muy malas pulgas … — le advirtió mientras su mano incrementaba la presión sobre su antebrazo.

La vida a su alrededor, seguía su curso con lenta indiferencia. Nadie se percataba de la situación. El tráfico fluido, los viandantes absortos en sus propios problemas, los niños correteando en dirección al parque con expresión de júbilo, los perros disfrutando de su segundo desahogo y un sin fin de rutinas que se sucedían ajenas a su rapto.

El extraño al que, por fin, Lucía puede ver de frente cuando se paran ante el coche, le sugiere que entre en la parte trasera. Dentro, huele a tapicería recién estrenada y los cristales ahumados, preservan la intimidad de sus ocupantes. Se sienta obediente y se da cuenta de que hay alguien más en la parte de delante del automóvil al lado del conductor, otro tipo robusto y fornido que sujeta el volante con excesiva firmeza. Una señora de aspecto arisco, con un vestido burdeos de pedrería, gafas de sol y una pamela que le cubre parte del rostro, pierde su mirada en el infinito como queriendo ocultar sus intenciones. Lucía busca el cinturón de seguridad. Está colocándoselo mientras piensa en lo ridículo de la situación. Secuestrada por unos extraños probablemente armados hasta los dientes y ella, preocupándose por no morir si tenían un accidente de circulación. El desconocido que la apresó, se sienta a su lado sin perder detalle de todos sus movimientos. La mujer del sombrero se quita las gafas y se vuelve hacia ella lentamente.

Lucía siente una mezcla de vergüenza, alivio y confusión al mismo tiempo.

—¡ ¿Mamaaa?!! —exclama aturdida.

—Shhhh… no grites querida, sabes que no me gusta que eleven la voz — repone la señora atusándose el pelo.

—Pero… ¿qué clase de broma de mal gusto es esta? Estaba realmente asustada, joder.¡¡No me puedo creer que todo esto sea cosa tuya!! Estás chiflada ¿lo sabes no? —sigue pregonando Lucía para liberar el estrés acumulado en el breve trayecto.

—No es ninguna broma, Lucía. Vas a venir con nosotros y harás lo que yo te diga ¿de acuerdo?

—Ni hablar, éstas no son formas, yo me voy de aquí ahora mismo —protesta Lucía mientras se desabrocha el cinturón y trata de abrir la puerta del coche que previamente había sido bloqueada.

El hombre de la barba, saca una pistola de debajo de su americana y apunta hacia Lucía que aparta su berrinche al instante y se vuelve a colocar el cinto mientras maldice su suerte una y otra vez.

—¿Vas a matarme? Yo alucino contigo mamá, desapareces un día sin despedirte de nadie y ahora regresas de este modo con estos tipejos para ¿secuestrarme? ¿has perdido el juicio? —interrogaba una Lucía fuera de sí.

A una señal de la mujer, con la otra mano, el hombre extrae de su bolsillo izquierdo un calcetín de un color rojo intenso largo como una media. Se lo alcanza a Lucía, que lo mira incrédula y le ordena que se tape la boca con él, atándolo en la nuca. Así lo hace sumisa, decidiendo seguir ese juego de locos para el que no encontraba sentido. Todo era ridículo, los dos extraños con pinta de mafiosos, su madre vestida como para una boda, el secuestro express sin venir a cuento, la chistosa mordaza de calcetín rojo… nada parecía real.

Llegan a un camino empedrado y se paran delante de un portalón de aluminio pintado de verde botella. Una especie de nave industrial. Se bajan todos del coche y acceden al local. Dentro estaba un poco oscuro y olía a moho. A ambos lados se agolpa maquinaria pesada, que algún día había estado a pleno rendimiento. Lucía observa el entorno con cautela, caminando todo lo despacio que le permiten. Al fondo de la nave hay un sillón de polipiel marrón. Ese sería su trono. La sientan y la atan de pies y manos, sin dejar de apuntarla con la pistola. Su madre la mira con los ojos vidriosos, como si verla así, le doliese por dentro. Lucía está atónita y expectante. El corazón comienza a desbocársele y el juego ya no tiene nada de gracia.

—Lucía, querida, ahora vas a llamar a tu padre y vas a pedirle que haga una transferencia a una cuenta que yo te daré. Quiero que ingrese 2 millones de euros antes de este viernes. No le dirás que estoy contigo, tu y yo no nos hemos visto. Dile que estás secuestrada por unos encapuchados y que tu vida corre peligro si no deposita el dinero cuanto antes. Sé breve y colabora, o de lo contrario… nunca saldrás de aquí viva.

No podía creerse que su madre tuviese las agallas para hacer algo así. Tenía que estar en serios problemas para necesitar esa cantidad de dinero y actuar de ese modo así que, decide colaborar con ellos, más por pena que por temor a que la maten.

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