Flores secas

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Nada que decir, nada para recordar, nada de lo que tener que avergonzarse. Luis repasa mentalmente su infructuosa semana de vacaciones y el resultado de tan metódico análisis, no puede ser menos alentador. A pesar de que exprime todo el jugo de su viaje, sólo extrae dos gotas; una, con alta concentración de autocompasión y otra, cargada de partículas negativas en forma de arrepentimiento. Mentalmente se flagela en repetidas ocasiones y se promete decidido, que es la última vez que sucumbe a la tentación de esa mujer.

A su regreso, Luis vuelve a recaer en el submundo del que había logrado escapar, mientras el resto de la vida de la que había huido permanecía igual; un puñado de facturas apiñadas en el buzón le recordaban que seguía teniendo obligaciones, un par de plantas muertas por falta de riego le reprochaban su abandono, la fruta estropeada en la nevera le proponía una tarde de limpieza general y algún mensaje de su jefe en el contestador le acusaba de que tenía informes urgentes pendientes por hacer.

Julia le había invitado a su pequeño apartamento de Marsella. A pesar de su desconocimiento del francés y de otras miles de razones que le invitaban a tener que rehusar el plan, Luis no pudo más que aceptar la proposición a regañadientes; sabía que no tenía más opción, la palabra «No» desaparecía de su vocabulario cuando se trataba de ella. Nunca había tenido las agallas suficientemente desarrolladas como para contradecirla porque a pesar de todo, la seguía queriendo.

Los dos últimos años, desde que decidieron poner fin a su desconfiado noviazgo, le habían hecho tomar perspectiva de la situación o eso pensaba hasta ese maldito viaje. Ya no se sentía un despojo humano del que nadie quiere saber por el aroma que desprende, si bien al contrario, quería comerse el mundo sin masticar, saborear cada minuto y hacer piruetas en el aire, de esas acrobáticas que realizan las avionetas del ejército del aire en una exhibición sobre el mar. A pesar de su nuevo planteamiento existencial y de sus cicatrices aparentemente secas, cuando Julia decía «ven», él postergaba cualquier ocupación, por urgente que ésta fuese, para ir a su encuentro. Ella manipulaba los hilos de su nueva relación de forma entrenada y metódica y a su antojo. Hasta la fecha, sus encuentros habían parido alguna discusión superflua, varias fotos para el recuerdo y cientos de favores profesionales y personales que Luis coleccionaba en una larga lista; pero habían sido breves, furtivos y un tanto cordiales, por lo que no habían dado lugar a tontas recaídas.

Marsella se vistió de verano para recibirle. Sus estrechas calles, escupían riadas de humanidad a las epicéntricas plazas. El olor a mar penetraba por cada rincón impregnando con su fuerte huella el ambiente festivo de esos días. Luis se notaba nerviosopero caminaba decidido buscando la rue de Breteuil, donde se encontraba el nuevo hogar de su ex novia. Ella, ni siquiera se había molestado en ir a buscarle al aeropuerto alegando una repentina jaqueca. Cuando por fin localiza el portal, llama al 2º piso. Espera impaciente la voz de Julia al otro lado del interfono, mientras las gotas de sudor que perlan su frente comienzan a surcar su cansado rostro. Se mantiene alerta, pero nadie contesta a su llamada. Decide volver a pulsar el botón con más energía, al tiempo que observa cómo el ramo de rosas que le había comprado minutos antes a Julia en un quiosco del aeropuerto, va perdiendo su buena presencia por las altas temperaturas. Tampoco tiene suerte esta vez y se rinde elucubrando posibles excusas mientras se deja caer en los escalones del portal, que expuestos a ese sol abrasador hacen que vuelva a ponerse en pie rápidamente. Mira el reloj. Pasan tres minutos de la 1. Le había dicho a Julia que llegaría al medio día y ella, le prometió recibirle con una tradicional bouillabaisse recién hecha y un vinito de la Provenza que le quitaría todas las penas. A Luis, le encantaba el pescado y se le hacía la boca agua con las promesas telefónicas de esa chica con la que años atrás diseñaba un proyecto de vida en común. Harto de la espera y del calor a partes iguales, se mete una mano en el bolsillo de su pantalón para coger su móvil y llamar a Julia. En ese momento, comienza a vibrar levemente. Ella se había anticipado.

—Si, ¿dígame? —contesta aturdido.

—Luis, soy Julia. ¿has llegado ya a casa? —inquiere con cierta intranquilidad.

—Si, justamente acabo de llegar —miente Luis, meneando la cabeza en señal de incredulidad hacía sus propias palabras.

—Ah, bueno, pues… no estoy en casa, te va a tocar esperarme un rato. Si quieres puedes ir a algún bar y tomarte algún aperitivo o algo —le sugiere Julia esperando una reacción positiva.

—¿Donde estás? ¿Tardarás mucho? ¿No habíamos quedado para comer esa bouillabaisse tan rica que me habías prometido? —Luis que había activado su instinto policíaco, traga saliva por la imagen del plato en su cabeza — Ya es la 1 y estoy hambriento — añade impaciente.

—… Luis, me ha surgido algo, ya te explicaré… Vas a tener que comer algo en el bar esta vez, te prometo que te haré ese plato para la cena. En un par de horas como mucho estaré ahí ¿de acuerdo?

—Está bien —acepta decepcionado.

Al otro lado de la linea se oye un clic y el vacío comienza a ocupar el espacio que les separa. Luis, se arrastra hasta una terraza y apoya en una silla su vieja maleta, junto con unas flores deshidratadas que luchan por mantener su talante. Se siente triste y pisoteado. Perdido en un mar de incógnitas que le hacen verse ridículo. Alguien le hace volver de golpe a la realidad.

—¡¡ Bonjour monsieur!! — le saluda cordialmente un camarero mostrando una amplia sonrisa.

—Ehhh, si, esto… ¿hola? — se apresura a responder atropelladamente Luis, recordando de pronto que su nivel de Francés es menos uno. Hasta ahora había tenido suerte, el taxista que le había traído desde el aeropuerto, era un joven de Segovia que había dejado España para vivir el sueño francés con su novio.

—¡Bonjour! Je suis désolé, Je ne parle pas espagnol. Vous parlez franÇais? — repite en su idioma natal el camarero apenado.

Luis se acuerda de todos los parientes de Julia a la vez y jurando en arameo, trata de calmarse para hacer frente a la situación. Está cansado, necesita una ducha urgente y el hambre amenaza con hacerle perder el sentido. Como puede, toma la carta de la mesa y señala algo que le parece comestible y otra cosa con pinta de bebible. Al ver retirarse al camarero, piensa que no es tan difícil entenderse con gestos y que a pesar de que sólo domina el español, podría viajar a cualquier lugar. Sonríe satisfecho hasta que la imagen de Julia le nubla la mente de nuevo. El viaje no había hecho más que empezar y ya la estaba odiando.

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