Cuando Sophie fue Giselle

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Nunca había visto a la abuela tan nerviosa; ni siquiera la vez en que nos despedimos en la habitación del hospital justo antes de operarse, estaba tan aterrada y eso que iban a extirparle un tumor en el hígado y era una intervención bastante delicada, según el doctor Irureta.

Le temblaban las manos como a un anciano víctima del parkinson y su voz, se había vuelto tan fina como un hilo de seda de araña. Me besó repetidas veces mientras su abrazo me resguardaba de ese ambiente frío y húmedo del camerino. Olía a moho y el mobiliario del lugar recordaba con pereza un pasado colmado de sofisticación y elegancia donde se estrenaban producciones brillantes y se daban cita mareas de espectadores ansiosos, colapsando las taquillas. Le deseé «mucha mierda» creyendo que había escogido la expresión adecuada para aplacar un poco su ataque de histeria, pero mis palabras parecieron agrandar su manojo de nervios, por lo que me limité a observarla con ojos bañados en admiración y darle un último beso en sus sonrosadas y arrugadas mejillas. Ella se dejó querer y luego, me echó para darse los últimos retoques.

Había cumplido ya los 68 años, pero su aspecto le daba opción a reducir la cantidad de primaveras en una decena al menos, por coquetería o por evitar la depresión que la ancianidad lleva pareja y en la que no quería caer bajo ningún concepto. Para mí, seguía siendo un bonito cisne con ganas de volar al que adoraba. La veía estupenda, todavía conservaba una figura esbelta y de porte atlético fruto de todas esas horas de trabajo, sudor y lágrimas que vertió a lo largo de su vida profesional. Mantenía una vida saludable practicando ejercicio de forma regular, equilibrando su dieta y durmiendo mucho. Tanto su estilo de vida como su filosofía eran el mejor ejemplo que pude seguir y a los que me agarraba como un clavo ardiendo cuando fracasaba en mis metas. Siempre me recordaba que una retirada a tiempo es siempre una victoria y así lo había hecho ella justo cuando estaba en la cumbre de su éxito. Una lesión a los 42 años la había apartado de los escenarios durante más de seis meses y consideró que había llegado el momento de colgar sus zapatillas de puntas y dedicarse a otra cosa. Una dura decisión para alguien que vivía por y para el ballet. Su casa estaba llena de objetos que mostraban su afición.

Desde la puerta entreabierta del camerino, era testigo de las últimas pinceladas de carmín sobre una boca que había dicho demasiadas verdades. El maquillaje le confería un aire más juvenil y realzaba su belleza natural sobre el resto de compañeras de actuación. Ella se da cuenta de que todavía sigo entre bambalinas y me lanza una mirada reprobatoria, que hace que tome conciencia de sus deseos de soledad interior los últimos minutos, antes de que el telón la exhiba a la multitud. Alcé una mano, la arrastré a los labios y me arranqué un beso que le soplé cargado de energía positiva. Me dirigí a mi asiento reservado. Bob esperaba impaciente mi regreso leyendo el programa de próximos eventos en el Rialto que, a pesar de estar de capa caída, parece que todavía la rentabilidad alcanzaba para cubrir gastos y seguir pagando sueldos a un personal que había envejecido a la par que la decoración. Esperábamos expectantes que el pesado telón de terciopelo granate levitase en señal de comienzo. El resto de la familia, se apiñaba una fila más atrás. Mi hermano Rober con su nueva novia Patricia, que se había vestido como si fuese la madrina de una gran boda rusa. Mis padres con cara de descontento por el calor que hacía en la sala, no paraban de criticarlo todo aliándose con mis dos tías solteras. Les informo de que la abuela está deslumbrante y que a pesar del ataque de ansiedad que la estaba dejando sin aire, sentí que en el fondo, era muy feliz enfrentándose a esta actuación.

Un grupo de excompañeros que trabajaron en la compañía de la que formó parte durante su juventud, decidieron volver a reunirse después de cuarenta años para volver a sentir ese cosquilleo que les llevó por todos los escenarios de este y otros países. Era como reencontrarse consigo mismos de nuevo, con su pasión, con una vida enterrada en sus recuerdos de forma superficial, con el gusanillo nervioso que les pellizca el estómago antes de que el telón les exponga a un ávido público, en definitiva, era como volver a ser esos jóvenes de antaño llenos de ilusiones y sueños. Se habían preparado durante los últimos meses “Giselle”, un ballet en dos actos, con música de Adolphe Adam y coreografía de Coralli y Perrot, si bien, lo habían adaptado para que durase una hora aproximadamente. El Rialto, les permitió celebrar esa especie de aniversario en un pase el jueves por la noche para familiares y amigos, que finalmente se decidió también aperturar para el resto de público que desease volver a deleitarse con las viejas glorias de la danza clásica. Una opción acertada, porque el teatro estaba al cien por cien de su capacidad.

Sophie Coleman, esperaba impaciente su turno dentro del decorado una vez iniciado el primer acto. Estaba muy nerviosa pero trataba de acompasar su agitada respiración al ritmo de los tímidos violines, sabía que una vez saliese de la casa de cartón piedra que la ocultaba del gran escenario para reunirse con su amado en forma de poesía corporal, toda la tensión se disiparía en el aire como una bruma matinal y … así fue.

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