De fobias y hurones

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De niño siempre fui un poco simplón, quizá más de lo normal. Mi mente infantil, nunca se preocupó de todas esas cosas que los proyectos de persona tienden a plantearse cuando están en plena etapa de crecimiento. Mi mayor paranoia era descubrir donde había dejado tirado el chupete el día anterior; me pasaba horas y horas buscándolo a la desesperada, hasta que por fin daba con el en cualquier rincón de la casa, agazapado estratégicamente para despistarme. El vicio del chupeteo lo dejé bastante tarde. Recuerdo vagamente escenas de colegio una vez superado el preescolar, con lo que deduzco que la vergüenza superó con creces mis ganas de mamar a una edad que prefiero enterrar a tres metros bajo el suelo. El síndrome de abstinencia era demasiado poderoso como para que todos los intentos de apartarme de ese consuela-llantos diabólico se quedasen en fracaso, por lo que me dejé arrastrar, sin resistencia alguna, por la necesidad del latex en mi boca hasta que mi mente adoptase la decisión adecuada.

A medida que me iba desarrollando, iba adquiriendo mayor complejidad mental; la parte física, sin embargo, seguía estando dentro de la media. Mi cerebro empezó a hacer acopio de extraños pensamientos que me harían víctima de manías persecutorias y ensoñaciones recurrentes donde el protagonista al que encarnaba siempre terminaba mal parado; de teorías sin pies ni cabeza que ni me molestaba en fundamentar y de ridículos miedos de lo más variopinto que refrenaban todos mis intentos por combatirlos y tratar de llevar una vida normal. Más que aplacar su constante evolución, parecía alimentarlos cada día con el fruto de mi ansiedad.

Mi mente era un gran campo de cultivo donde las fobias crecían veloces a sus anchas y esto me convertía en una persona hermética, introvertida, solitaria y desmotivada para interactuar con el resto de seres. Sin embargo, a pesar de mi rico y complicado mundo interior que obstaculizaba cualquier intento de socializar, conseguí enamorarme. Fue un sábado 16 de junio a las 15:30 p.m. Salí de casa, después de comer unos mejorables macarrones con carne cocinados por la santa de mi madre, para dar un paseo con mi hurón. El parque de las avenidas estaba plagado de palomas y a Bonner, le inspiraban tan poca confianza como a mí, así que decidimos por unanimidad recortar la ruta prevista unos cuantos metros. Tomamos el sendero principal y torcimos a la izquierda, por un camino de piedras y setos que desembocaba en el estanque de las ranas. Con esta especie animal teníamos mayor afinidad. Al llegar al borde de la charca, nos detuvimos a observar la cantidad de mierda que acumulaba el líquido elemento. Las ranas, si las había, porque dudábamos de que en ese ecosistema se diese alguna forma de vida, no daban señales de presencia. Absortos en la superpoblación bacteriana que debía darse cita en ese espacio, no nos percatamos de que alguien pasaba a nuestro lado, hasta que nos saludó amigablemente. Cuando me giré, mis principios de anacoreta se tambalearon como los pilares de un templo. Era hermosa y su mirada hipnótica impedía que mi boca se mantuviese cerrada, ni un sólo segundo, para responder a todas sus dudas y curiosidades sobre la vida de mi hurón. Estaba tan fascinada por mi mascota, que me propuso tomar un refresco en alguna terraza del barrio para que le siguiese contando la vida y obras de Bonner, que lejos de ser interesante, a mí me resultaba tediosa y sin objetivos.

Nuria, vivía al otro lado del parque y estudiaba cuarto de veterinaria. Tenía tres años más que ella, pero mucha menos experiencia en todo. Pasamos una tarde agradable. A ella parecían impresionarla todas mis aportaciones a la conversación y la verdad, es que estaba resultando un diálogo de lo más fluido y espontáneo. Nunca imaginé poder hacer algo así con alguien al que no conozco de nada, pero Nuria hacía, de lo imposible, una realidad.

Después de esa tarde, quedamos para ir al cine, un par de cafés, una exposición de arte contemporáneo, una visita al zoo y varios paseos con Bonner de testigo presencial. Llevábamos viéndonos cerca de un mes, cuando sin programarlo, me dijo que le gustaba. Esa tarde, me desarmó totalmente y no supe qué responder. Bajé la cabeza y observé incómodo el suelo de piedra del parque, fijándome en cada adoquín por separado, analizando su estructura. Nuria se aproximó divertida y tomando mi cara entre sus manos, me obligó a mirarla. Sentía como mi piel ardía al contacto de sus ojos y presentía una fuerte inquietud por el contacto, no podía soportarlo, pero decidí sepultar mi mayor fobia con montañas de curiosidad morbosa por lo que intuía que iba a suceder. Mi corazón estaba desatado y parecía que quería salirse por la boca de un momento a otro, retumbaban sus latidos acelerados en todo mi pecho, lo notaba subiendo por la tráquea con la sangre presionando sus paredes, sentí muchísima sed, un zumbido en la cabeza que me aturdía y no me dejaba reaccionar, mi lengua estaba paralizada ante la inminente visita de otra de su especie, lo veía venir… y vino. Pronto se hicieron amigas. Jugaron tímidas a tientas, rozándose, acariciándose todos los rincones que descubrían, sintiendo como las glándulas salivales segregaban abundante líquido y convertía nuestras bocas en charcos de placer en los que meterse descalzo. A partir de aquel beso, comenzamos a salir como novios. Nos veíamos con frecuencia ya que sus estudios y mi trabajo de informático, se adaptaban de forma excelente.

Habían pasado tres años desde aquel primer encuentro cuando decidimos ir a vivir juntos. Ella trabajaba de veterinaria en una clínica del centro comercial, a mí me habían ascendido a jefe de equipo en la nueva empresa de sistemas en red que mi vieja filial había adquirido para salvarla de una suspensión de pagos por mala gestión. Las cosas entre nosotros funcionaban de maravilla pero para ello, Nuria había tenido que hacer ciertas concesiones en cuanto a mis manías y aceptar los miedos de los que no pude deshacerme como propios. Mi afenfosfobia fue una de esas cosas innegociables e intratables: tenía un injustificado y anormal miedo a ser tocado y me negaba a sucumbir ante un profesional de trastornos mentales por más que Nuria me insistiese. Aprendió a convivir con ello, y se limitaba a tocarme lo imprescindible en nuestras escenas de cama y en general, en nuestra vida cotidiana. No recuerdo cuando adquirí este temor, pero su potencia alcanzó dimensiones dramáticas incluso para mí que estaba acostumbrado, porque me impedía disfrutar plenamente de la persona a la que más quería; sin embargo, acepté esa fobia como una característica más de mi persona y dejé que la vida pasase sin más.

Nunca imaginé tener que enfrentarme a esto, pero al cabo de unos años de convivencia, sucedió algo terrible para ambos. Nuria volvía del trabajo cuando un mercedes clase A, no frenó a tiempo en el paso para peatones de la avenida de Europa. Fuertes traumatismos a lo largo del cuerpo, contusiones y una ceguera en principio total, fueron las secuelas del trágico accidente de tráfico para mi chica. Vivimos momentos de mucha tensión y ella, que deseaba haberse muerto aquella tarde, no podía concebir una vida que no pudiese entrarle por los ojos. Era triste, pero tenía que superarlo y yo tenía que ayudarla. Pasó mucho tiempo hasta que aprendimos a enfocar el futuro con otro objetivo. Fue por esto, por lo que tuve que enfrentarme con uno de mis mayores temores. Nuria había sustituido el sentido de la vista por el del tacto. Necesitaba tocarlo todo para visualizarlo en su interior y así, hacerse una idea de lo que la rodeaba. Conmigo no pudo hacer excepciones y yo, no podía negarle su nueva forma de ver la vida, así que tuve que superar mi fobia poco a poco y permitirle a sus manos largos paseos por mi piel. Al principio, me sentía raro, vulnerable, expuesto a unos roces inocentes que solo pretendían construir mis emociones, mis cambios de humor o simplemente, responder a mis preguntas en forma de caricia, pero pronto dejé de sentirme así porque ella necesitaba tocarme como algo vital y mirando apenado sus ojos vacíos, no pude negarme a dejarme ver.

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