Refugio de cobardes

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Andrés miraba a ambos lados de la calle cauteloso, mientras entonaba para sus adentros salmos bíblicos de motivación. Odiaba los pasos de cebra sin semáforo; le sugerían una falsa inmunidad de la que mucha gente fue y será víctima, y todo por confiar a ciegas en esas rayas blancas, esperando un traje de inmortalidad a medida con solo pisarlas. Estaba nervioso, agitado y un poco aturdido.

La policía pronto daría con él, por lo que necesitaba dejar de vagar por la ciudad y trazar un plan con urgencia. A pocos pasos de su actual posición, se alzaba imponente la National Gallery con su edificio anexo de oficinas para jóvenes emprendedores. Sería un discreto refugio que le daría cobijo e intimidad mientras diseñaba una eficaz ruta de escape. Se sentía sucio, empapado en sudor y a punto de echarse a llorar, pero refrenó este signo de debilidad acordándose de uno de los chistes malos que su amigo Pit le contaba las noches de partido. Se lanzó calle arriba hasta su guarida provisional. Notaba las miradas de los peatones clavándose en su nuca, como si sus semejantes en especie quisiesen extraerle todo el jugo con las pupilas a base de concentración y recelo. La gente con la que se cruzaba, le dirigía miradas indiscretas que le hacían tomar conciencia de su mal aspecto. Llevaba toda la noche sin dormir, no se había cambiado de ropa y su cara mostraba el reflejo de un homicida novato e imprudente.

La mañana avanza al mismo ritmo que sus remordimientos. Se planta frente al museo y echa un último vistazo a su alrededor. La vida sigue su agenda de primer lunes de septiembre. Los camareros montan veladores y terrazas aprovechando los últimos rayos de sol del verano; una tienda de moda de baño se empeña en aplicar más descuentos sobre las rebajas para no perder dinero en mercancía obsoleta; bancos y cajas abren sus puertas a un público predominantemente senil; un autobús escupe un riachuelo amarillo de niños chinos con cara de turista despistado y cuando parece detenerse el cauce, termina vomitando a una señora de pelo canoso y gafas de montura al aire que parece servirles de guía.

Andrés se encamina hacia la puerta de acceso y penetra en el edificio como si fuese la primera vez que cruza ese umbral. En la taquilla, un señor de frente despejada y nariz aguileña le recita el precio de la visita con voz robotizada, mientras teclea un código que hace parir una entrada a la impresora láser. Se la entrega, acompañada de un recibo y su tarjeta Visa, agradeciendo su visita y vuelve a sumirse en la lectura de una especie de fascículo coleccionable sobre plantas de jardín.

Harto de esa manía persecutoria que le viene agobiando desde que dejó su casa bien temprano, Andrés se apresura al lavabo de caballeros, un refugio apto para cobardes. Se lava la cara con abundante agua y se observa en el espejo. Reconoce unos ojos tristes que le observan resignados, pero el resto de facciones le resultan ajenas a su propio ser. No puede evitar reprocharse su brusquedad, sus reacciones desproporcionadas y recuerda, por un instante, la mirada de Paula acusándole de robarle la vida desde el suelo. Nunca quiso hacerle daño, pero cuando ella le dijo que había estado con Manuel tomando una copa, los celos le cegaron y sus manos apretaron el cuello de su mujer mientras ella intentaba zafarse de su verdugo con uñas y dientes.

Se seca con un trozo de papel higiénico desechando cualquier síntoma de rendición y decide centrarse en su plan. Pasea nervioso los metros cuadrados del servicio hasta que decide encerrarse en una de las cabinas y sentarse a pensar. Sopesa la idea de viajar hasta Sicilia; allí vivía una hermana suya soltera que podría acogerle una temporada. Era su única familia en ese momento y si le contaba la verdad, estaba seguro de que estaría de su lado y le ayudaría a confeccionarse una nueva identidad. No esperaba que se alegrase de lo que había hecho, pero era probable que se sintiese aliviada en cierto sentido. A pesar del atractivo del lugar y de las ganas de ver a su hermana, no tenía muy claro cómo llegar hasta allí.

Otros destinos revolotearon por su cabeza pero no les dio pista para que tomasen tierra, por lo que se esfumaron con la misma rapidez con la que se engendraron. La idea de entregarse, no la había considerado una opción desde el primer momento, por lo que se había prohibido de forma tajante volver a plantear una salida que implicase su puesta a disposición judicial de forma voluntaria.

Retoma la idea de Sicilia y medita sobre las distintas vías de viajar hasta la isla y cual le parece más segura, rápida y asequible. No es consciente del tiempo que lleva encerrado en el lavabo. Está concentrado en tejer su plan con el mejor hilo posible para que no se rompa al menor contratiempo.

De pronto, alguien golpea la puerta de la cabina contigua al cerrarla advirtiéndole de que no está sólo. El fuerte estruendo hace que se despierte de un sobresalto, empapado, con la respiración descompasada y el corazón fuera de órbita. Mira hacia un lado y observa como Paula duerme plácidamente panza arriba. Se frota los ojos con sus manos temblorosas y luego las inspecciona en busca de algún rasguño. Son las siete y veinte de la mañana. El despertador está a punto de darle los buenos días en inglés, lo que le recuerda que tiene una entrevista con Mrs. Clarins en la sala de juntas del museo. Incrédulo vuelve a mirar a Paula. Viva y respirando relajada ajena a sus pesadillas. Se acerca a ella sigiloso, inhala su aroma con parsimonia y le da un beso fugaz en el hombro. Sonríe y se da cuenta de que todavía la quiere como el primer día. Su hermana Rosa va a tener que seguir esperando su visita.

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