Entre copas

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El Kesintong Square emerge de las entrañas de la tierra con el convencimiento de constituir uno de los proyectos urbanísticos de mayor envergadura y altitud de la ciudad. En esta compacta estructura de hormigón y acero se alojan principalmente oficinas de varias multinacionales, consultas privadas de reputados médicos especialistas, un centro deportivo, una afamada academia de baile contemporáneo, un centro de relajación y masajes con zona de spa y meditación, un restaurante gourmet con una vista panorámica de imprescindible visita para los turistas y un lounge bar con terraza chill out en la azotea. Todo un cúmulo de despropósitos mercantiles de excesivo coste solo al alcance de la clase más pudiente. Este mamotreto arquitectónico se ha convertido en el epicentro de la vida de la ciudad, siendo un referente para todos sus habitantes.

La ventaja de formar parte de la plantilla de alguna de las empresas que tienen su sede en ese edificio, es que puedes acceder a todos los servicios por él ofertados con un descuento considerable y tan sólo necesitas mostrar tu tarjeta de identificación corporativa para que todas las puertas se abran sin cortapisas ni demoras.

David, Thomas y Michael, se encuentran tomando unos revitalizantes mojitos after work en la barra de la terraza. La vista de Staten city, la ciudad que les ha amamantado, es impresionante desde esa perspectiva. Cuando se está a cuarenta y ocho pisos de altura uno se siente más poderoso, tan por encima del resto de seres, que da un vértigo espantoso si no logras las emociones que te provoca. Los tres compañeros de profesión y de actividades deportivas, están inmersos en un controvertido debate sobre el fondo estructural de garantía de las inversiones a nivel comunitario. Cada uno opina de una forma tan distinta que la convergencia de criterios está bastante lejana por lo que deciden poner punto y a parte a la discusión y centrarse en asuntos más corrientes y mundanos. Son las diez de la noche de un miércoles lluvioso y gris. La camarera regresa a la barra después de servir a dos chicas que beben sedientas de unas copa de líquido rosado. David lanza una mirada de soslayo a una de ellas y ésta, que capta el flirteo a lo lejos, baja la cabeza coqueta y sonríe en señal de victoria.

Piden una nueva ronda de mojitos instando a Jennifer a que no escatime con la dosis de ron del cocktel. Ella menea la cabeza y, poniendo los ojos en blanco, se dispone a preparar las bebidas. Mientras Jenni va cortando las limas, los amigos retoman su charla con una especie de interrogatorio a Michael sobre los trámites de su proceso de adopción. Éste les comenta que ya están en la última fase, que muy pronto tendría que viajar con Katy a Rosemburg para traerse a la pequeña Britta. Había sido un largo y burocrático camino pero al fin podrían disfrutar de su ansiada paternidad. El hecho de no poder concebir de forma natural, les hizo plantearse inmediatamente la vía de la adopción, pues no podían entender una vida juntos sin compartirla con un hijo. Los tres alzan sus copas recién servidas y brindan satisfechos por el fin de la espera.

A cuatro manzanas del Kesintong Square, en una de las calles más comerciales de Staten, el ático A Escalera izquierda del 67 se convierte en un improvisado ataúd de papel pintado y puertas lacadas en blanco. Katy está sentada en el sofá del salón con un montón de correo a su lado. En su mano izquierda tiene un papel impreso que acaba de leer. Malas noticias, las peores que podía imaginarse desde la muerte de su madre. El Centro de adopciones de Rosemburg le comunica que su expediente ha sido cancelado por reclamación paterna biológica. Están efectuando las comprobaciones oportunas y los trámites necesarios para establecer si la custodia debe reintegrarse a los padres de Britta que han surgido de la nada, de las entrañas del mismísimo infierno piensa Katy con la cara empapada de lágrimas. Se siente muerta de ilusiones en vida y no halla fuerzas suficientes para encajar el golpe, aunque tampoco trata de buscarlas, no se ve con ánimo, está mentalmente agotada.

Thomas vuelve del lavabo preocupado por la hora, no obstante, al minuto se olvida del reloj y vuelve a subirse ágil a su taburete de bar y bebe un largo trago de su copa. Su espeso bigote le obliga a hacer uso de la servilleta constantemente. Tuvo que dejárselo largo por una apuesta con su jefe de departamento y a la larga, se había convertido en uno de los juguetes preferidos de su nieta Sophie. Cuando la tomaba en brazos, ella le tiraba de los pelillos con tan poca fuerza que más que dolor le producía cierto cosquilleo en el labio superior. Ambos se reían sin parar. Estaba esperando su segundo nieto. Su única hija había decidido darle un hermanito a Sophie y por suerte, sería un varón. Había salido de cuentas ya y si la cosa se seguía demorando, los médicos le dijeron que tendrían que inducirle el parto.

A dos manzanas del Kesintong Square, en la calle recién bautizada con su mismo nombre, la habitación 201 planta C de un hospital privado se convierte en una fiesta improvisada con manojos de globos azul pastel, cientos de ramos de flores y todos los familiares que van llegando para ver al recién nacido. La hija de Thomas está cansada del alumbramiento, pero no impide la visita de sus seres queridos pues comprende la euforia que les produce la llegada de un nuevo miembro a la numerosa familia.

David acaba de pedirle a Jenni que le entregue algo a la rubia de pelo rizado de la mesa del fondo. Es una servilleta doblada en forma triangular. Sus colegas le miran resignados pero como saben que no tiene remedio y que Rachel, su mujer, debe estar al tanto de sus correrías, deciden centrarse en una nueva discusión sobre los resultados de la liga ACB. La camarera entrega la nota a la chica con una sumisión excesiva, quizá propinada por la inexplicable admiración que le profesa al hombre que seductoramente interpeló su colaboración. La rubia desdobla el papel con una timidez que no le pega, mira hacia la mesa de su emisor y le reta con sus fulminantes ojos verdes, mientras su amiga sonríe provocadora como queriendo entrar también en el juego.

A siete manzanas del Kesintong Square, donde la cuarta avenida se cruza con la sexta, un loft de estilo neoyorkino se convierte en una improvisada prisión. Rachel está sentada sobre la tapa del inodoro sintiéndose como una delincuente pillada in fraganti. Acaba de comprobar el resultado de un test de embarazo y éste le confirma sus sospechas, está embarazada. Perpleja por la noticia y asustada por las consecuencias, se pregunta si desea seguir adelante con este inesperado proyecto. A pesar de las circunstancias, en su interior comienza a brotar cierto instinto maternal que le genera montañas de dudas. Si continúa con esto, David no debe saber jamás la verdad. Tan sólo había sido una vez, una especie de prueba, un tonteo inapropiado en el gimnasio con el monitor lo que la llevó a engañar a su marido. Si él se enterase jamás se lo perdonaría, con lo buen esposo que es no se merece una mujer como yo, se culpaba. Si en su momento se sintió sucia, ahora creía que jamás iba a poder borrar la huella de ese otro hombre en su piel. Pensaba que había pasado página pero el libro seguía abierto por donde lo dejó.

Son las once y media de un miércoles gris y tormentoso sobre el que llueve sobre mojado. En el bar quedan pocos clientes apurando los últimos tragos. David, Thomas y Michael abonan sus consumiciones y se despiden de Jennifer hasta el próximo día. Ella les guiña un ojo en señal de conformidad y sonríe centrándose en David. Éste le hace un gesto a la rubia de la mesa y su amiga, que no pierde detalle se siente invitada a ese postre para compartir. Ambas se levantan y taconean hacia el grupo de hombres que se afana por localizar sus teléfonos móviles dentro de su maletín de despacho. El tenerlos ocultos y silenciados, es una regla que respetan a raja tabla desde que decidieron juntarse para esa especie de debates post-oficina.

Los tres miran la pantalla de sus terminales con interés, parece que el resto del mundo les había reclamado mientras ellos valoraban el mercado bursátil con fingido interés. El aire se paraliza alrededor de ellos en una especie de masa compacta que les dificulta tragar su propia saliva. Michael parpadea incrédulo ante las 5 llamadas perdidas de Katy y finalmente lee un mensaje: «La adopción se ha cancelado… estoy desesperada y no quiero cometer locuras……… llámame»

Thomas tiene colapsada su bandeja de entrada con cientos de mensajes del tipo «enhorabuena por el nuevo nieto» y «felicidades abuelo». Entre las felicitaciones, hay un archivo adjunto. Una foto de un recién nacido con los ojos cerrados y los puños apretados que es la viva imagen de su hija Patty. No puede evitar que las lágrimas inunden su arrugado rostro y humedezcan un mostacho tembloroso por la emoción.

David no tiene ninguna notificación en su teléfono, así que restablece el sonido y lo guarda en el bolsillo de la chaqueta. Observa a sus amigos curioso. Uno está demasiado emocionado para hablar con claridad y el otro parece que ha sido arroyado por un cercanías. Las chicas que han mordido el anzuelo esperan sus indicaciones con impaciencia. De pronto su teléfono suena. Por fin alguien se acuerda de mí, bromea sonriente. En la pantalla, la foto de Rachel le recuerda de pronto su estado civil y siente vergüenza de estar al lado de dos extrañas dispuestas a todo. Le había dicho a su mujer que tenía que preparar una reunión con el consejo muy importante y que probablemente llegaría a casa avanzada la madrugada, que no le esperase para cenar, por lo que su llamada le intrigaba en cierto modo. Descuelga al cuarto tono. La tímida vocecilla de una Rachel asustada y embarazada, le anuncia que va a ser padre. David se queda sin habla.

En el piso cuarenta y ocho del Kesintong Square, con unas vistas privilegiadas de Staten City, tres compañeros de trabajo enmudecen al contacto con su otra realidad mientras el miércoles lluvioso y gris da sus últimos coletazos.

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El valle de Hans

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El valle bosteza perezoso como cada mañana y se viste de un verde tan intenso y tan húmedo que hace que te duelan los huesos al pisar la hierba. Ya se va notando el frío, sobre todo en las primeras horas del día, cuando el alba oculta entre las montañas decide salir de su refugio. Los tiernos pastos cubren las laderas confiriéndoles cierto aire enigmático y son el perfecto reclamo para el ganado que frecuenta este silencioso paisaje. Es un lugar de una belleza natural extrema, con su terreno ondulado que parece no tener fin, con sus ríos y sus estáticos lagos de aguas cristalinas. Los eternos prados están salpicados de alguna cabaña de madera de abeto nórdico; éstas se disponen en ubicaciones totalmente aleatorias en consonancia con la libertad de ocupación de los escasos vecinos que habitan este bucólico paraje. El silencio de la rutina solo se interrumpe por el incesante discurso del agua rozando su cauce y por los razonados mugidos de vacas alpinas que pastan en ese buffet libre de fácil acceso, con sus cencerros resonando a lo ancho de la pradera como campanas que anuncian que la comida está servida.

Hans es el más joven de todos los que viven en el valle. El día veinte de este mes hace diecisiete años que dejó su acomodada vida en una conocida ciudad al sur de Alemania para exiliarse en las montañas en busca de una paz que todavía cree lejana. Es una fecha que tiene muy presente, como si se la hubiese tatuado en la piel con tinta china y su nostálgico recuerdo le hace celebrar ese día con unos minutos de tristeza cada año. Aunque, más que tristeza, son remordimientos lo que se esconde detrás de su aflicción y los que le incitan a pensar en su atropellada huida.

En el pasado llevaba una vida plagada de lujo y riquezas como cualquiera de los miembros de la familia Müller. Poseía todo lo que un joven de veinticinco años puede desear: incontables posesiones materiales, un inmaculado expediente escolar, varios títulos académicos honoríficos, un intachable curriculum y un negocio familiar fructífero del que formar parte a nivel directivo. A pesar de su posición social y de que no tenía carencias de ningún tipo, su solemne promesa de contraer matrimonio con Erika Brandmeister le robaba horas de sueño. Cada día se preguntaba por qué había aceptado la propuesta de su padre si casi no conocía a esa chica. Ella también había accedido presionada por su entorno familiar, no tenía elección y al fin y al cabo también le venía bien ese acuerdo para seguir con su ornamentado nivel de vida. Unidas ambas familias tanto afectiva como económicamente, les llevaría a hacerse con el monopolio de sus productos a nivel nacional y a masticar aspiraciones de expansión fuera de las fronteras de ese emergente país.

Los pocos amigos que tenía trataban de animarle alegando que Erika era una buena chica, pero Hans no podía imaginarse un futuro conyugal construido sobre los cimientos de una transacción comercial. A penas había tratado a esa chica y cuando empezó a conocerla a raíz de su petición marital, cada encuentro se le hacía más insoportable. Era una niña arrogante, caprichosa y muy consciente de que nadie podía resistirse a su arrebatadora belleza. Sus conversaciones superfluas y banales se centraban en temas que sólo a ella interesaban.

Llegó el día del enlace y Hans no pudo seguir con esa farsa. Irrumpió en la habitación de la que iba a ser su futura esposa y la golpeó con educadas palabras que ella jamás esperó oír de su boca hasta dejarla sin aliento. No estaba acostumbrada a perder. Se sentó en la cama para asimilar aquel desplante, pero las lágrimas del fracaso la impedían discernir las excusas de las verdades de su prometido. No resistió la idea de vivir con esa agonía. Esa misma mañana hallaban su cadáver desangrado a los pies de una cama que la estaba viendo vestirse de novia.

Hans no se lo perdonó jamás; se sentía culpable de la muerte de esa chica y nadie podía convencerlo de lo contrario. Decidió huir a las montañas y refugiarse de su conciencia que no hacía más que recordarle la desencajada cara de Erika a medio maquillar, mientras él con voz firme y decidida le anunciaba que no podía participar en esa celebración porque principalmente no la quería.

Ambas familias rompieron toda relación a causa del fatídico suceso. El entorno mas cercano de los Müller no le perdonó a Hans su comportamiento y le dieron la espalda en todos los aspectos.

Su nueva vida de ermitaño le aporta cierto sosiego consigo mismo y le ha hecho tomar conciencia del verdadero valor de las cosas. No tiene mucha más interacción social que la que le proporcionan sus vacas alpinas cuando rumian sus ideas vacunas sin pies ni cabeza y que él parece comprender o la partida de ajedrez que se echa alguna tarde antes de cenar con Otto, su vecino más cercano, un ganadero de gesto solemne y pelo cano que enviudó hace un par de años de su segunda mujer.

La vida en el valle transcurre más despacio, menos contaminada de intereses y ambición y sólo aquí, tarde o temprano, Hans hallará la paz que vino a buscar.

Sonrisa perenne

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El alba despunta en un horizonte difuso mientras los húmedos cauces recorren lechos que permanecen sobrios. La sequía se esfuma de un presente que no le corresponde en el calendario a pesar de que, últimamente, las eventualidades climatológicas no tienen una fecha predefinida.

Largos paseos entre la crujiente hojarasca que colapsa senderos, cubriendo la arena con su manto de tonos ocres y arcillosos y aromas sombríos que recuerdan que regresa nuevamente el frío.

Frondosos bosques aguardan impacientes su desnudez mientras las aves rezagadas debaten planes migratorios en busca de un clima más cálido. Amenaza lluvia, viento huracanado y bruma perezosa entre las colinas. Las temperaturas, que se entrenan para lograr su mejor descenso invernal, deciden empezar con pequeñas bajadas. Flora y fauna se alían para subsistir un año más con las carencias propias de una estación caduca.

Todos los paisajes se tiñen de un sepia intenso, como si bebiesen de los recuerdos que les inducen a su regeneración; mueren cada año en lenta agonía para renovar su aspecto en primavera; sufren pasivos las inclemencias de una estación que tan sólo pretende avivar sus virtudes con melancólicos susurros de brisa helada; se dejan acariciar por la espesa niebla de la mañana, sintiendo como cala en su estructura natural con el sigilo del secreto mejor guardado.

Exprimo lo que queda de mi letargo solar y procedo a activar todos los mecanismos de que dispongo para afrontar el nuevo curso. Volver a vivir con menos horas de luz, más ganas de sofá y manta y sopas ardientes que abrasan las lenguas de quienes sienten la añoranza de un hogar marchito.

El ambiente se vuelve resinoso y vulnerable a los sueños y, mi sonrisa perenne al roce de su recuerdo. Es tiempo de hadas y duendes del bosque y de leñadores con camisas de cuadros escoceses y de cuentos de brujas y eclipses de luna.

Son atardeceres dorados que inundan el día con besos de un cielo cabizbajo al que le cuesta levantar cabeza. Las horas enmudecen al paso de un silencio de infinito sepulcro, entre los fresnos de talle alto y las copas de sauces ciegos. La noche se cubre de brillantes estrellas que iluminan cada recodo del entorno; bajo su manto, como queriendo esconderse de las verdades que escupen al oscuro aire del norte, permanecen ocultas entre las sombras. Un búho parpadea en una rama cualquiera de un roble centenario; estudia atento su entorno captando movimientos impregnados de un instinto depredador que le parece irrelevante; impertérrito prosigue sus labores de vigilancia nocturna hasta que la noche le invite a consumir sus frutos.

Las hojas planean en un vals constante como juguetes de un viento que sopla incesante y, mientras mis sonrojadas mejillas observan la danza, un río cargado de esperanza recorre el valle en la lejanía.

El otoño se acomoda en su sillón adoptando una postura más cómoda en congruencia con su estado de ánimo, pues le espera un largo camino por el que peregrinar en busca del verdadero sentido de su propia existencia…

El ascenso

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Llegaba tarde al trabajo, más de lo que podía permitirme. Era viernes, pero no un viernes cualquiera de esos que esperas con ansia cada lunes nada más empezar la jornada. Este era un viernes especial por lo que implicaba para mí a nivel laboral; era el día en que me nombrarían jefe del área internacional por fin. Después de tanto luchar contra viento y marea por subir de categoría, de llevarme incontables dolores de cabeza a casa cada tarde, de velar más por los intereses de una multinacional en pleno crecimiento que por los míos propios, de noches de insomnio y pesadillas que me sustraían impunemente horas de descanso y me hacían abandonar mi lecho viscolástico para terminar en la cocina bebiendo leche fría directamente de la botella, de horas extra sin remunerar y vacaciones en el tintero sin disfrutar; después de todo, mis sacrificios habían dado su fruto, por fin me habían propuesto para el cargo. Lo sabía desde hacía tan solo una semana. Cuando me lo comunicaron, mi primer impulso fue salir corriendo a llamar a Paula, mi recién estrenada compañera de juegos eróticos. Denominarla novia a mi edad, me parecía un tanto inapropiado y muy hortera, así que a ella le proponía una denominación libre de compromisos como por ejemplo amiga con derechos y a la gente de mi entorno les decía directamente que me iba de putas para no tener que ahondar en mayores explicaciones. Me gusta escatimar en comentarios cuando se trata de mi vida privada, sobre todo cuando los que quieren saber de mí son los típicos leñadores de árboles caídos que se regocijan en mi soledad para olvidarse de la suya. Los muy ignorantes desconocen la verdadera razón de mi celibato, pero no les culpo; a veces, ni yo mismo la tengo clara, quizá mi miedo al compromiso alimente mi situación actual.

Refrené esa intención tan falta de prudencia como llena de tensión sexual, para sustituirla por un segundo impulso más meditado y políticamente correcto, ir a darle las gracias personalmente a D. Eladio Colmenarejo, el director general de mi sucursal, que fue quien me propuso para el cargo.

Un rastro de calvin klein iba recordando mi paso por las estrechas y empinadas calles del centro. Llevaba mi mejor traje, un Bottega Veneta gris marengo con acabado satinado, una camisa blanca con gemelos de plata envejecida y una corbata de seda en tono morado. En mi mano derecha, el maletín con el portátil y en la izquierda, un vaso de cartón plastificado de esos que te ponen con el café para llevar. Doblé la esquina para enfrentarme a la última recta que me separaba del edificio sede de la empresa y en ese mismo instante, alguien se cruza en mi camino. Estaba tan sucia que casi no podía apreciar sus rasgos faciales. Vestía una especie de chándal de algodón, aunque también podría ser un pijama, tan mugriento o más que su piel. Por encima, llevaba un abrigo de pana marrón que le quedaba dos o tres tallas más grande. El pelo, si así podía llamarse a ese amasijo de rastas, suciedad y caspa, lo tenía recogido en una coleta. Sus ojos destilaban una piedad que no supo conmoverme cuando se cruzaron con los míos. Nada en ella me produjo lástima y nada en mí se removió fruto de la compasión. Me tendió un paquete de pañuelos en señal de limosna pero lo que recibió de mí fue una total indiferencia, la miré como a una indigente más de tantas que atiborran y colapsan las calles del casco viejo. A ella si parecí causarle algún tipo de reacción química en sus adentros, porque se quedó contemplándome, parada en el mismo punto en el que me la crucé, mientras recorría los metros que me separaban de las puertas giratorias de la oficina. Lo supe porque giré por un segundo la cabeza para despedirme de una calle que nunca más volvería a tratarme como a un jefe de departamento de tres al cuarto.

La mañana se me pasó volando entre presentaciones de gente tan importante como imprescindible para nuestro sello, reuniones informativas acerca de las próximas líneas de actuación de la empresa y estrategias de mercado para aumentar las ventas en el último trimestre del año. Soporté también desayunos de cortesía para lamer algunos culos entre tostada con mermelada de pera y panecillos con mantequilla y una cantidad insuficiente, porque nunca se está satisfecho del todo, de felicitaciones, abrazos y besos en la mejilla por parte de los compañeros de planta. Noté sinceridad en muchas de esas muestras de afecto, pero también cierta exhibición de envidia insana por parte de algún que otro miembro de mi departamento. Ese recelo que percibía en el ambiente, se mezclaba con la frustración que sentían por haber perdido la competición que hace unos años iniciamos unos cuantos y que finalmente gané. Desde el podio, sentía un vértigo irracional, observaba a todos cuantos quisieron condecorarse con la copa de la victoria a base de palabrerías, regalos y algún que otro favor personal y me alegré de ser yo el que, con su esfuerzo y trabajo bien hecho, se alzase con el triunfo.

Mi coronación culminó con una comida de empresa exclusiva para altos cargos en la terraza del Golden Sky, un edificio pegado al nuestro que acoge un restaurante de lujo en la planta octava. El excelente menú en ese marco incomparable me dio la bienvenida a mi nuevo estatus.

Caía la noche cuando mis pies me arrastraron hasta el loft de Paula saturado de interacción social y gin tonics aderezados con cardamomo. Juraría que la acera discurría irregular y mi visión borrosa no ayudaba a enderezar el camino. Iba dando tumbos por esa cuadrícula gris y blanca de piedra dejando que lo poco que quedaba sobrio en mí guiase mis pasos para culminar la celebración de mi ascenso con un buen polvo. Paula sabría poner el broche de oro a un día tan increíble como este. No obstante, no necesitaba alegrarme por tener un par de tetas y un culo prieto a mi disposición, me encontraba en un estado de permanente euforia por los elevados niveles de alcohol en sangre.

Seguí caminando intentando mantener el equilibrio. Pensé en mi traje y en mi nuevo puesto y dí gracias por vivir en la capital donde todo el mundo pasa desapercibido. Si recorriese las calles de mi ciudad natal en este estado, tendría varios cientos de dedos apuntándome el cogote y me convertiría en la comidilla de esa gente sin vida propia durante un par de semanas al menos. Sin poder evitarlo, me tropecé con un baldosín equilibrista y me fui de bruces contra el cristal de una entidad bancaria que exhibía el anuncio de un depósito al 3% T.A.E. Alguien se acercó a ayudarme. Me agarró de un brazo y haciendo acopio de todas sus fuerzas, tiró de mí para que pudiese ponerme en pie. Cuando nos encontramos frente a frente volví a ver esos ojos sucios que destilaban piedad. Esta vez, sin embargo, lograron conmoverme de una forma que no alcancé a comprender. Ella me miraba fijamente sin parpadear, yo correspondí a esa admiración con una sonrisa de agradecimiento. De pronto me dí cuenta de que no me importaba ni su apariencia, ni su suciedad, ni su clase social, tan sólo quería agradecer su gesto. Me había visto caer y a pesar de que esta mañana la había ignorado como a un gusano, había corrido a ayudarme. La emoción que estuve conteniendo durante todo el día estalló y comencé a llorar como un niño. Ella me dejó desahogarme como si comprendiese qué estaba pasando. Mis lágrimas sabían a bombay saphire con tónica. Me recompuse al cabo de un rato enjugando mi llanto con un pañuelo de esos que ella vendía y que yo había rechazado cuando el día empezaba a brillar para mí y para mi mundo de ascensos y trajes caros. La miré un tanto avergonzado y ella me sonrió mostrándome una sonrisa milagrosamente blanca. Sus dientes relucían como esos collares de perlas del escaparate de Cartier.

—¿Tienes hambre? —me atreví a preguntarle. —Yo sí y conozco un sitio donde hacen una carne a la parrilla buenísima. ¿Te gustaría acompañarme?

Me miró extrañada por mi inesperada propuesta y tardó en responderme. Me esperaba un no rotundo, un silencio incómodo o un gracias señor pero no tengo un aspecto adecuado para acompañarle a un restaurante. Cualquier alternativa de las que barajaba no me hacían feliz, esperaba sinceramente que aceptase mi propuesta, algo en mí interior deseaba compensar su ayuda.

—… está bien Arturo, aceptaré esa cena encantada si a ti no te importa ir acompañado de alguien como yo… Muchas gracias. —respondió en tono firme y decidido.

—Pero… ¿sabes mi nombre?… ¿cómo? ¿nos conocemos? —inquirí asombrado por el contenido de sus palabras.

—Sé algunas cosas de ti, lo normal, que trabajas para Schnarten & Co Associate, que acaban de nombrarte jefe del área internacional y que ….

—¡¡¡No puede ser!!!, ¿quién eres?, ¿cómo sabes todo esto?—la interrumpí con los ojos abiertos como platos.

—… fui jefa del área de comunicaciones en tu misma empresa hasta hace un año —me informó mientras su gesto se contraía como si acabase de chupar un limón.

¿Teresa? … —titubeé mientras trataba de buscar sus rasgos bajo esa capa de mugre.

No podía creerme que la tuviese delante de mí en ese estado de indigencia, y me costaba asimilar cómo alguien como ella podía caerse de la cima y estrellarse contra el suelo en tan poco tiempo y de una empresa tan estable como la nuestra. Estaba claro que a mi eso no me sucedería porque sabía gestionar perfectamente mi ambición, mis contactos, mis ganancias y mis metas, sin embargo… sentí vértigo otra vez.

Mi rincón de soledad

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Me adentré en los pulmones de una ciudad henchida de contaminación acústica. Tras de mí, un reguero de sangre fresca iba dando tumbos a medida que mis pasos se hacían más y más lentos. Me llevé la mano al pecho tratando de evitar esparcir más fluidos por la gravilla. Los minutos de una vida que ya no sentía como propia seguían restando en una imparable cuenta atrás, como diminutos granos desfilando por el cuello cilíndrico de un reloj de arena apunto de agotarse. Una punzada de dolor recorrió mis pulmones y me obligó a parar y a sentarme en uno de los bancos de madera que enmarcaban la pétrea senda del parque. Eran casi las once de una noche poco o nada estrellada. El rincón que me acogió estaba desierto, sombrío y su tétrica imagen me imprimía cierta clase de pavor pero no podía seguir caminando en esas condiciones. Observé a la luz de la luna mi mano izquierda, mientras la derecha seguía de aprendiz de torniquete improvisado. Era una mano pálida, huesuda y recubierta con abundante vello. Me detuve en la palma como en estado de hipnosis, me imaginé vagando por las intrincadas calles que conformaban esas líneas que nunca supe interpretar. Justo en el centro, un poco borrosa, estaba la contraseña apuntada a bolígrafo. Era una sucesión de números y letras mayúsculas que se empeñó en no permanecer en mi memoria a corto plazo, por lo que tuve que acudir al tradicional, aunque nada seguro, método de anotarla en una parte de mi cuerpo. Estaba asustado, dolorido y me sentía muy solo, más de lo que nunca habría podido imaginarme.

Cuando te persigue una mafia rusa por un negocio fallido dejas de tener amigos, nadie quiere correr el riesgo de involucrarse en asuntos de escasa higiene, nadie te tiende una mano en la que apoyarte cuando estás bajo amenaza, se limitan a desaparecer como ratas de alcantarilla en las profundas cloacas de una ciudad que, como sus habitantes, ha perdido el norte. Cuando el negocio de las transferencias bancarias era un simple proyecto, se me pegaban como lapas en busca de intereses comunes, inversiones a medio plazo y castillos en el aire, me invitaban a grandes comidas con sus familias, a partidas de mus organizadas sólo para gente de su confianza y a toda clase de eventos que les indicasen estar labrándose una amistad de fuertes lazos. Eran una panda de interesados y podían oler el éxito a metros de distancia como si fuesen sabuesos con horas de entrenamiento. El dinero les atraía como a las moscas un buen tarro de miel recién recolectada. Ese negocio pintaba bien, sería, o eso pensaba yo cuando un contacto me lo propuso, lo que me catapultase a una jubilación anticipada e inmediata a los cuarenta, pero las cosas se torcieron a pesar de mi pericia informática y, aunque existía una posibilidad entre un millón de que la policía interceptase mis movimientos, finalmente sucedió. Hubo demasiada información revelada y sólo pude poner a salvo unos cuantos millones de euros, lo suficiente como para vivir de lujo en alguna isla perdida donde nadie pudiese encontrarme, rodeado de playa, cocoteros y algunas lugareñas dispuestas a complacerme en todo momento. Necesitaba unos buenos cuidados médicos o alguien experto en extraer balas del pecho antes de que fuese tarde y un avión que me llevase lejos de un país que pronto propagaría la voz de alarma por todos los rincones.

La herida no paraba de sangrar, no tenía muchas opciones de salir con vida, pero tenía que intentarlo. No debí quedarme tanto tiempo en el piso después de recibir la llamada de Vladov, pero me empeñé en recoger algunos documentos importantes para mí antes de iniciar mi aventura fugitiva y eso les dio tiempo de interceptarme en el portal justo cuando me disponía a emprender mi huida a lomos de mi vieja suzuki 500. El espejo retrovisor me advirtió de la presencia de cinco hombres de complexión más que generosa, con los ojos inyectados en sangre y un nivel de frustración sobresaliente. Uno de ellos, me reconoció enseguida y se llevó la mano al cinturón. Arranqué lo más rápido que pude y pegando un acelerón me incorporé a la carretera desierta. En mi cabeza bailan las escenas de una persecución absurda. Me iban pisando los talones con su A4 de lunas tintadas. En lo que me pareció un trayecto infinito, lograron adelantarme y desde la ventanilla, uno de ellos se asomó apuntándome con el arma y pegó tres tiros. Uno de ellos me alcanzó y perdí el control de la moto. Me dejaron tendido en la cuneta y continuaron su camino, es probable que me diesen por muerto, ese era su cometido y el motivo de su visita. Recobré la consciencia pronto, el impacto contra el suelo no me produjo ninguna fractura por suerte, tan sólo contusiones y magulladuras por todo el cuerpo. La moto yacía cadavérica unos metros más adelante. No me molesté en intentar ponerla en marcha. Me acordé de la herida de bala que ese hijo de la gran Rusia me había hecho. Tenía la ropa manchada con abundante sangre y al ser consciente de ello, comencé a sentir fuertes dolores. Como pude me incorporé y me arrastré hasta este parque público sin gente, donde moriré desangrado sin que nadie se percate, sin que me echen a faltar en ningún hogar porque vivía sólo, sin robar minutos de sueño a una ciudad que poco a poco se va apagando. En este rincón sombrío y abandonado, me extinguiré acompañado de mi soledad y de la voz de mi conciencia que se empeña en reprocharme un final con el que no contaba. Moriré sólo como un perro al que han abandonado en un monte por haber crecido demasiado, como un anciano senil cuyos hijos rechazan por carecer de rentas, como un informático soltero de treinta y nueve años que arriesgó su empleo en el Banco Central por una ambición que no supo dosificar.

Reflexiones entre mechones III

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El suelo está cubierto de pelos. La última cita que Louis atendió le pidió un cambio radical y éste hizo un uso abusivo de sus tijeras de profesional. Era una larguísima melena que se había aburrido de su rutina y necesitaba urgentemente un cambio de aires. Renovarse o morir, le espetó el joven cuando se sentó en la silla de corte frente al espejo. Louis le miraba detenidamente estudiando qué hacer con esa cortina de pelo negro azabache y qué peinado le quedaría mejor. El cliente rondaría los treinta y cinco años, calculó Louis en función de la imagen que proyectaba el espejo; llevaba vaqueros rotos, una camiseta de los Ramones y botines de tachuelas; un tigre de bengala recorría su antebrazo derecho, debía habérselo hecho hacía unos cuantos años porque había perdido la tonalidad de los tatuajes recientes. «Seguramente sea miembro de algún grupo de música amateur que quizá se haya disuelto por razones que desconozco y ahora piense en un cambio de look para encauzar su vida hacia otros horizontes… o puede que en su nuevo trabajo le exijan el pelo corto como condición para mantenerlo en la plantilla…» —pensaba Louis mientras manoseaba los mechones mojados de su próxima víctima. No quiso seguir entreteniéndose en divagaciones absurdas que no le harían más que distraer de su objetivo y se puso manos a la obra. El resultado fue satisfactorio para ambas partes. La nueva imagen del chico era más actual, rejuvenecedora y le favorecía mucho a su cara ovalada. A Louis le encantaba hacer cambios de estilo por eso siempre quiso ser peluquero. Adoraba estudiar facciones y proyectar en su cabeza cuales serían las posibilidades de transformación de patitos feos en bellos cisnes.

Ahora toca la parte que menos le gusta, barrer esa maraña capilar esparcida por el suelo. Podría hacerme varias pelucas con ellos, pensó. Una vez recogido y limpio el negocio, se dirige al mostrador para cerrar la caja y hacer un rápido recuento de sus ganancias. El día resultó generoso a pesar de que nadie solicitó tratamientos especiales cuyo margen de beneficio es mucho mayor que el de los típicos cortes, lavados y peinados. Abre el libro de citas y repasa su agenda para el día siguiente: Tres cortes y una pedicura por la mañana y por la tarde, un poco más flojo el asunto, unas mechas californianas y dos tintes. Sonríe al ver el nombre de Jacinto al final de la lista entre tanta señora. Le cae muy bien ese hombre, se ríe mucho con él. Cierra el libro y se dispone a coger su bolso y las llaves para cerrar la peluquería. Algo capta su atención en una esquina del mostrador: es un azucarillo de cafetería. Por un lado figura el nombre del bar con la dirección en grandes letras azules, por la cara opuesta una cita impresa : «No nos atrevemos a muchas cosas porque son difíciles, pero son difíciles porque no nos atrevemos a hacerlas. Las cosas difíciles llevan mucho tiempo, lo imposible puede tardar un poco mas… (Lucio Anneo Séneca)» Louis examina el sobre de azúcar pensativo preguntándose quién habrá sido el que lo habrá dejado ahí. Quizá haya sido un error o un despiste o se le haya caído a alguien que los colecciona —sopesa Louis. La frase de ese conocido filósofo romano, no obstante, le produce desconcierto y decide guardárselo en su bolso.

Cuando sale a la calle y se agacha para colocar el candado a la verja, alguien le toca el hombro por detrás. Dando un respingo se cae de culo en la acera. Una risa fuerte resuena en el atardecer. Louis frunce el ceño resignado, no le ha hecho gracia. Se levanta y menea la cabeza a ambos lados en señal de desaprobación, mientras su boca se aproxima a la de un señor que hace todo lo posible por contener más carcajadas. Es un hombre de unos cincuenta y tantos años que viste de traje y corbata y que lleva un maletín negro de piel en su mano derecha. Es su pareja. Louis se había olvidado por completo de que habían quedado para cenar fuera y celebrar su aniversario. Llevaban juntos once años ya. La velada transcurre monótona entre Filet mignon con verduritas y Möet & Chandon sin límite. Manu era un hombre muy rico y nunca escatimaba en gastos cuando se trataba de complacer a los que le importaban. Hablan de los próximos negocios de Manu, del viaje de paso de ecuador de su hija Rebeca y de que tienen que contratar a alguien más para llevar la casa, ahora que se acercaba la jubilación de uno de sus jardineros. Louis no aporta a la conversación más que monosílabos y frases hechas, está muy cansado y apático. Manu decide animarle abriendo su maletín y extrayendo de él un gran sobre amarillo que le entrega a su amante con una amplia sonrisa pícara. Louis toma el sobre preguntando de qué se trata. Manu le insta a que lo abra y lo descubra por si mismo. En su interior hay varios documentos, así que introduce sus hábiles dedos en el sobre misterioso y lo vacía comprobando que no queda nada en su interior. El primer documento es una factura de un concesionario de coches. En el descriptivo figura un audi TT rojo volcán. Manu se apresura a decirle: ¡Feliz aniversario cariño!. Louis intenta controlar quietos sus globos oculares sobre las cuencas para que no se salgan de su órbita. No sabe qué decir así que se levanta y le da un gran abrazo a su hombre sin importarle el qué pensarán los de las mesas próximas. Vuelve a sentarse. Le tiemblan las manos de la emoción. Detrás de la factura hay varios extractos de banco con movimientos numéricos que a Louis le cuesta interpretar. Manu le explica que se trata de varias ventas de acciones que ultimó en los últimos días, cuyas ganancias figuran en la última página. El peluquero que provenía de una humilde familia de pueblo no puede concebir tanto euro junto y se apresura a beber un largo trago de champagne. Ese hombre era más rico de lo que jamás pudo imaginar. Todavía hay más… otro sobre blanco que pone «Vacaciones en el mar». Lo abre y en su interior encuentra dos pasajes para un crucero por el Lejano Oriente. Vuelve a menear la cabeza advirtiéndole a Manu con el gesto que se ha excedido esta vez. Está sobrepasado y se siente culpable. Él tan sólo le ha comprado una novela histórica de esas que tanto le gustan y que ni siquiera se ha molestado en envolver. La dejó por la mañana encima de la mesilla de noche de su pareja justo cuando éste se fue para la oficina. Le había escrito una dedicatoria en su interior : «Con cariño para mi chico grande. Espero que la disfrutes. Siento que los últimos meses haya estado tan esquivo pero la rutina me puede y no sé como escapar de ella… gracias por soportarme. Un beso. Louis». Se arrepentía de haber escrito aquello y aunque, seguía pensando que estaban atrapados en la tela de araña de la monotonía, estas sorpresas le indicaban que Manu seguía esforzándose por la relación. Los tremendos detalles de su novio reactivaron su deseo y le apremió a abandonar el restaurante y volver a casa.

A la mañana siguiente Louis se siente mejor. A medida que transcurre el día va cogiendo fuerzas y para la hora de comer ya se encuentra en plena forma. Había quedado de nuevo con Manu para comer. Recoge sus cosas del mostrador y cuando se dispone para salir tras haber oído la bocina del chófer de su cita, observa un nuevo sobre de azúcar al lado del teléfono fijo. Era del mismo bar. Lo gira y lee: «Locura: seguir haciendo siempre lo mismo y esperar resultados diferentes. Albert Einstein». Piensa entonces en su vida, en su futuro con Manu, en que a pesar del dinero, los regalos y las aventuras que pueda comprar para él, la chispa que necesita se ha apagado entre ellos hace tiempo. Cree que este científico loco tiene mucha razón con esa frase y que le gustaría saber quién demonios le deja esos azucarillos en el mostrador sin que pueda verlo.

Jerónimo sale del Mercedes y abre la puerta de atrás para que Louis entre en el vehículo. Manu le espera ojeando la sección financiera de uno de los tantos periódicos que se lee al día. Se unen en un fugaz beso en los labios y se preguntan qué tal se está dando el día. Louis decide jugar a los detectives, le indica al chófer una dirección y éste, obediente, se pone en marcha. Cuando Manu le pregunta qué hay en ese lugar, el peluquero le responde con evasivas.

—Esperadme un momento, enseguida vuelvo —solicita Louis una vez llegan al destino.

—¿ Qué vas a hacer ahí? ¡Estoy hambriento cariño! —inquiere Manu.

—Voy a comprar tabaco eso es todo. No tardaré —se excusa un Louis a punto de perder los nervios.

—Louis… ¿Desde cuando fumas? —pregunta extrañado su pareja.

—Eh… no, si no es para mí. Me gusta tener de todo en la peluquería, por si algún cliente necesita un cigarro en algún momento. —se explica Louis tragando saliva.

Manu no le cree pero deja de entretenerle para que regrese rápido. El bar tiene una decoración bastante rancia. Necesita un urgente lavado de cara y varias capas de maquillaje para disimular tanto año cumplido. Un par de clientes se toman una copa en la barra y al fondo, una familia de rumanos consumen el menú del día. La escasa afluencia hace que Louis se pregunte cómo se puede mantener ese negocio en pie. Alguien parece oír sus pensamientos detrás de la barra.

—Tenemos servicio a domicilio señor. Podemos llevarle el menú a cualquier punto de la ciudad en un santiamén —le anuncia una señora más ancha que alta y de pómulos sonrojados por el calor de la cocina.

—Gracias pero… quisiera un café sólo, por favor. —le solicita con el gesto de alguien que no sabe muy bien qué es lo que está buscando.

Enseguida se lo sirve en la barra. Louis clava su mirada en el azucarillo. Es igual que los que deposita ese personaje misterioso en su mostrador. La nueva cita reza : «La palabra precisa tal vez sea efectiva, pero ninguna palabra jamás ha sido tan efectiva como un silencio preciso. Mark Twain». Bebe un rápido sorbo del café y se quema los labios. Farfulla algo ininteligible mientras deja sobre la barra dos monedas de euro. Se dispone a salir sin haber aclarado nada, no quiere enfadar a Manu. De pronto, las puertas del bar se abren y su mirada se tropieza con un brazo tatuado. Es el joven al que había cortado la melena. Ambos se miran desafiantes.

—Daniel, rápido, tienes que llevar otro pedido a la calle Moralbez —le grita desde la otra punta del bar la señora.

—¿Eres tú el que me deja los azucarillos? —se atreve a preguntar Louis sin tiempo que perder. —¿Por qué lo haces?, ¿Con qué fin? —sigue interrogándole sin darle tiempo para responder a sus preguntas.

—A veces las personas necesitan leer lo que se niegan a escuchar —le contesta tranquilo el joven repartidor.

—Explícate… no entiendo qué quieres decir — se impacienta Louis.

—Que te equivocas de persona, Louis.

El joven le deja en la puerta y se adentra en la cocina. Louis se queda inmóvil, sujetando la puerta, rumiando las palabras de ese joven, quizá se haya precipitado en juzgarle.

Se apresura al Mercedes. Manu le espera con cara de pocos amigos y cuando le pregunta por qué ha tardado tanto, Louis miente. Se siente sucio, quizá una buena comida le haga olvidarse del asunto.

Después de comer retoma su rutina centrándose solo en el trabajo. Jacinto le visita como cada mes a última hora. Esta vez le teñirá en un tono más chocolate para que resalten sus ojos verdes. Mientras le aplica el tinte, una señora irrumpe su afanada tarea. Sólo quiere arreglarse las uñas por lo que le pide amablemente que espere en una silla a la par que apunta su nombre en el libro de citas para llevar un control : «Teresa Valverde. Manicura francesa.»

«Falta poco para el cierre, cuando termine con Jacinto y con ésta mujer con cara de perro a la que hemos conseguido robar una sonrisa, me iré directo para casa y me daré un gran baño de espuma y agua bien caliente» —se promete el peluquero para sus adentros.

De pronto, las campanillas de la puerta le anuncian una visita inesperada. Rebeca, la hija que Manu había tenido con su anterior esposa, le saluda con gesto de haber roto al menos un par de platos. Louis termina la uña del pulgar de Teresa y va su encuentro.

—Tengo que hablar contigo, Louis. Es importante. —Le suplica ella observando con disimulo a sus clientes a medias, mientras se deja besar por el novio de su padre.

—Ahora no puedo Rebe, tendrás que esperar a que termine con estas personas. —Susurra en tono autoritario.

—Pfff… está bien, me iré a dar una vuelta. En media hora estaré de nuevo por aquí. Necesito contarte una cosa. —insiste Rebeca. —Por cierto, ¿desde cuando pones cafés a los clientes? — pregunta burlona.

—Yo no sirvo cafés en mi negocio…. — y mientras lo dice, repara una vez más en el mostrador. —¡¡Mierda!! Otro azucarillo con mensaje…—se lamenta. —¿Cómo coño lo hace?

— Mmmm… veo que alguien más necesita confesión —sonríe Rebeca mientras se da media vuelta y le deja con el sobre en la mano.

«El Futuro tiene muchos nombres. Para los débiles es lo inalcanzable. Para los temerosos, lo desconocido. Para los valientes es la oportunidad. Victor Hugo.» —Lee para sí Louis. Se lo guada en el bolsillo, sonríe para borrar su gesto desconcertado y se vuelve con sus clientes.

—¿Le ocurre algo Teresa? Está como pálida….

Reflexiones entre mechones II

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La puerta de la consulta se abre y Teresa asoma con el rostro compungido. En la sala de espera las dos pacientes que quedan por citar aguardan su turno cabizbajas. Ambas se sumen en pensamientos difusos, aleatorios, en ese sin sentido que les ha tocado padecer por razones hereditarias, o eso le ha dicho el experto en la materia. La una se muerde una uña mientras el hombre que está sentado a su lado le acaricia el brazo; la otra se mira los dedos de los pies que asoman de sus sandalias de cuña, a su lado una señora mayor que parece ser su madre la mira con compasión. A Teresa no la espera nadie. La revista que estaba ojeando cuando la llamaron, permanece abierta por la misma página sobre el mullido sofá de polipiel. Dedica unos segundos a observar su entretenimiento durante la espera y piensa que ese puñado de cotilleos impresos han sido su única compañía, tanto esa tarde en la consulta del Doctor Arregui como en los últimos años de su vida.

Avanza hacia el mostrador para recoger su tarjeta sanitaria y un par de recetas. Las piernas le tiemblan como si estuviesen hechas con flan de vainilla. Karina le regala una de sus sonrisas de enfermera en señal de ánimo. Le entrega los documentos y la cita para un preoperatorio el lunes de la semana siguiente. No hay tiempo que perder en estos casos, lo sabe por experiencia. Teresa firma una autorización y recoge sus cosas resignada a una segunda operación. Las pruebas indican que hay metástasis en algunas zonas y tienen que volver a limpiar la zona de nuevo. Todavía no se había recuperado de la operación anterior y tendría que volver a someterse a otra. No era justo, su vida no era nada justa.

En la calle sopla un fuerte viento racheado. Teresa sujeta bien el bolso, se ajusta el gorro sobre esa melena artificial y comienza a dar pequeños pasos sin rumbo. Poco a poco va cogiendo ritmo y acelera sus pisadas, pero el rumbo sigue sin hallarlo y tampoco se molesta mucho por averiguar hacia donde ir. Se deja llevar por el flujo de sus miedos; sus ojos le hacen señales acuosas advirtiéndole que están a punto de desbordarse en plena acera; capta la señal y se apresura a coger un pañuelo de papel; se para ante un escaparate de ropa para bebés y se seca las lágrimas. Un osito de trapo la mira atento desde el otro lado del cristal; sus negras pupilas de cristal le preguntan por qué no quiso ser madre. Ella se responde que tenía una vida demasiado complicada para enfrentarse a la maternidad y un cuerpo que debía evitar cualquier deformidad si quería seguir pisando pasarelas a nivel internacional. Además Pablo le había dicho mil veces que odiaba a los niños, sobre todo cuando están en la etapa de pañales y biberones. Suspira profundo y extrae las gafas de sol del bolsillo de su chaqueta, mientras continúa retando al osito con su mirada enmarcada en profundas patas de gallo.

Ahora ya daba igual todo. Su carrera de modelo se había precipitado al vacío, cuando una lesión de rodilla causada por una caída durante sus prácticas de esquí la obligó a guardar reposo absoluto durante casi un mes. Los quilos se adherían a sus caderas como imanes, su rodilla se negaba a seguir las instrucciones de la rehabilitación y su ambición dejó de pisar el acelerador para estancarse en una vida más cómoda y sin dietas estrictas. Creía que sería feliz en esa nueva etapa, pero se equivocó por completo y la depresión germinó en su interior con la misma facilidad con que se había caído en la nieve. Ya no quería salir, ni comer, ni arreglarse. Tan sólo se dedicaba a ojear revistas del corazón y a beber grandes cantidades de martini.

Su marido Juan no soportaba verla así. Al principio trató de ayudarla, hizo que la viesen los mejores psiquiatras, le proponía planes divertidos para animarla, contrató a una chica para que la acompañase mientras él estaba fuera por negocios, pero ella rechazaba cualquier salvavidas y prefería dejarse arrastrar por la marea hasta estrellarse con alguna roca perdida.

Al cabo de un año, Teresa empezó a observar ciertos detalles en el comportamiento de su marido que levantaron ampollas en su deprimido corazón. Sus ausencias por trabajo eran cada vez más frecuentes e incluían fines de semana; su forma de vestir se volvió más juvenil progresivamente, al igual que su corte de pelo; cantaba en la ducha y jamás le había oído tararear nada; estaba sospechosamente feliz y estaba segura de que ahí había gato encerrado. Comenzó una investigación que la obligó a salir de su letargo. Recopilaba pistas en casa registrando sus bolsillos y despacho, le sometía a interrogatorios sutiles sobre su vida laboral, le interceptó el móvil pero había cambiado de clave y no supo desbloquearlo. Se recompuso como persona gracias a este asunto que la hizo sentirse viva de nuevo. Era extraño porque sabía que el resultado podía matarla pero aún así, tenía que llegar al fondo de la cuestión. Tardó meses en saber la verdad. Una tarde siguió a Juan con su coche. Él le había dicho que tenía un partido de tenis con uno de los socios de su gabinete. Condujo prudente detrás de su matrícula a una distancia suficiente como para que él no la descubriese. De pronto ve como se para al borde de la acera y una mujer que podría ser su hija, entra en la parte del copiloto. Teresa se lleva la mano a la boca. El corazón le late muy deprisa. Está parada en un semáforo con un ángulo de visión perfecto. Se agacha para observar el interior del vehículo y ve como su marido le da un beso en los labios a la mocosa que le sonríe hipnotizada. La adrenalina recorre el cuerpo de Teresa a velocidades prohibitivas. Siente que va a estallar. Le dan ganas de salir del coche corriendo y lanzarse sobre ambos como una muñeca diabólica asesina. Respira hondo, cuenta hasta diez y se da cuenta de que no tiene sentido, que ya nada importa, que lo mejor es que deje discurrir el tiempo y se preocupe solo de ella misma aunque tarde en cicatrizar.

Teresa sigue vagando por una ciudad que ya casi no reconoce. Aturdida por el ruido del tráfico, decide tomarse un café en el bar de su amiga Sonia. Se para un segundo para orientarse y comprueba que está a sólo dos calles. Sus tacones vuelven a resonar sobre los baldosines. Mira al frente decidida en busca de su objetivo. De pronto un rótulo acapara su atención: «Louis Butin peluquería mixta». Demasiado rosa en un día negro y en una calle tan gris —piensa para sí.

Se sorprende abriendo la puerta de ese centro de la belleza. Arreglarme las uñas antes del café no me vendría mal —razona de nuevo en busca de un motivo por el que entrar a husmear.

Un varón de apariencia moderna y gestos afeminados la recibe con efusión mientras le pregunta qué desea. Ella responde que quiere hacerse la manicura francesa. Louis le indica que tome asiento al fondo y que enseguida se pondrá con ella. Teresa se deja caer en una silla y recorre con la mirada el local. Por dentro también es demasiado rosa. Enfrente tiene una mesita con revistas. Se precipita sobre una que anuncia en portada una boda real, pero algo la frena. Le recuerda de nuevo su soledad y no puede evitar sumirse en la sombra y contraer rabiosa el gesto. Louis enseguida regresa con ella, estaba terminando de dar un tinte a un señor de bigote que lee atento un periódico. Teresa le mira de reojo. Parece mayor que ella y se pregunta cuanto. Por un momento deja sus manos en las de Louis y se propone evadirse en lo que dure la sesión. Minutos después, cuando solo queda la última capa de esmalte, Louis se levanta para comprobar el tinte del señor de bigote. Teresa les sorprende mirándola y riéndose como dos nutrias al sol pero se hace la loca. Sus carcajadas son muy sonoras y contagiosas por lo que Teresa no puede evitar que una sonrisa asome en su rostro a pesar de todo. La puerta de la peluquería se abre de pronto haciendo que las campanillas de bienvenida resuenen en toda la estancia. A Teresa se le borra la sonrisa de pronto por el impacto: El espejo le devuelve la imagen de la jovencísima amante de su marido.