Reflexiones entre mechones

pensarJacinto lee atento el periódico mientras su canosa melena se impregna de los componentes químicos del tinte. Como cada mes visita a Louis para que replantee su imagen con esas manos que desprenden estilo a raudales y de las que se enamoró enseguida. Se lo había recomendado Angélica, su amiga y compañera en el voluntariado del CADI (Centro de Atención para Disminuidos Intelectuales), en una de sus charlas sin pies ni cabeza y de fin indeterminado en el tiempo. Era una mujer un tanto peculiar, tan extensa de verborrea como de carne magra. Apenas rozaba la cuarentena, pero su estilo de vida y sus gustos por la moda la teletransportaban a una adolescencia perenne que se negaba a abandonar. Jacinto piensa en ella con una sonrisa bobalicona porque, a pesar de que a sus compañeros del Centro Angélica les resultaba indigesta, a él le divertían sus cuentos imaginarios y conversaciones kafkianas. Su imagen engañaba las retinas que se posaban en su atrevido atuendo; atrapaba al espectador en juicios de valor erróneos con el consiguiente rechazo pero, si la observabas con las gafas de cerca, resultaba ser un encanto con patas peculiar pero muy culto.

Jacinto parpadea varias veces tratando de hidratar su mirada hipermétrope y aleja ese manojo de papeles informativos, muy sobados durante el día, lo justo para enfocar mejor la letra pequeña. El titular no deja espacio para albergar dudas: Alemania «crea» un tercer sexo. De una primera lectura, Jacinto extrae satisfacción y la idea de que ese país, a pesar de estar gobernado por una señora con aspecto de madame de tres al cuarto, tiene una clase política que lejos de mirar exclusivamente su ombligo se preocupa por la problemática social de forma admirable. «No como este país de pandereta que sólo entiende de corrupción e impunidad a base de lamerse el culo los unos a los otros» —reflexiona para sí mientras se seca un chorretón de líquido cubrecanas que empezaba a surcar su cuello. Relee el artículo una vez más acariciando cada sílaba con sus cansadas pupilas, como si quisiese transmitirles una depresión postparto que ya no sirve de nada. El autor de la columna bautiza al país germano de precursor en la iniciativa de permitir que en los certificados de nacimiento no se registre el sexo de los recién nacidos. Una medida que busca evitar operaciones improcedentes e indeseables consecuencias burocráticas y legales.

Sus reflexiones le hacen iniciar un breve viaje por sus recuerdos, ojalá hubiese vivido en esta época, se hubiese ahorrado muchos disgustos. Por un momento cierra los ojos para contener la indignación que le producen esas viejas heridas, pero sigue notando su escozor como si fuesen lesiones mal curadas y recién hechas. Había crecido en el seno de una familia con olor a clase media y de corte católico radical. Sus padres habían engendrado a cinco criaturas llenas de prejuicios y complejos. Desde niños habían recibido las ideas de Escrivá de Balaguer como enseñanzas incuestionables y habían desarrollado un amor enfermizo por Dios a base de lavados de cerebro diarios. Jacinto era la mayor de los hermanos. Sí, había nacido hembra y como niña la criaron sus padres. La primera de los cinco que vivió su infancia en una catequesis permanente. A pesar de los titánicos esfuerzos de sus padres por mantener a su primogénita encerrada en esa cárcel de Fe cristiana, ella notaba que no encajaba. Caridad, así fue como la bautizaron, se sentía fuera de lugar en todo ese mundo construido con madera podrida de crucifijo; no se creía un personaje de esa película rodada en contra de su voluntad. Vivió presa de unas creencias que no eran de su talla, arrastrando su pesada carga durante su edad escolar, viviendo una vida que le venía demasiado grande e inabarcable. En el instituto ya vestía y pensaba como un chico. Aprovechando la atención de sus padres en sus cuatro hermanos pequeños, empezó a rebelarse contra los pilares que la habían moldeado. Sufrió desprecio por parte de sus profesores, humillaciones por la de sus compañeros de clase, nadie entendía su forma de actuar que tachaban de imprudente, extravagante e incorrecta. Le hacían el vacío cada vez que tocaban trabajos en grupo o ejercicios en equipo. No tenía un solo apoyo por el hecho de llamarse Caridad en un documento y comportarse como un hombre. Estaba a punto de cumplir los 18 años cuando sus padres murieron a causa de un accidente de tráfico. Este trágico incidente les llevó a todos a mudarse a casa de su tía Francis, la hermana mayor de su padre que enviudó muy pronto y vivía al otro lado del río. A pesar de la cercanía con su casa no solían verse, porque la tía Francis tenía pensamientos distintos a los de sus padres y cada vez que se veían terminaban discutiendo. Jacinto no pudo seguir estudiando y se buscó un trabajo. Le contrataron como ayudante de prensa en un periódico local y pronto fue escalando puestos por su tenacidad. Su jefe, un pez gordo con alma caritativa, se ofreció a pagarle la carrera de periodismo siempre y cuando la compaginase con su trabajo en la rotativa. En su época de universitario fue cuando Jacinto se convirtió en el hombre que es hoy. El nombre lo tomó de uno de sus profesores en señal de admiración y homenaje, por todas esas lecciones que le regaló tanto a nivel curricular como en la esfera personal. Fue su mentor y su guía hacia el descubrimiento personal y espiritual. Ese académico le convirtió en una persona con mayúsculas y redujo sus miedos y complejos a proporciones irrelevantes. «Él me hizo renacer» —recuerda Jacinto con una sonrisa amarga dibujada en los labios mientras abre los ojos con lenta agonía.

Se atusa el bigote despacio, sintiendo cada filamento capilar por separado entre sus yemas; suavemente repasa cada pelo desde su nacimiento hasta su fin. Entonces cae en la cuenta: «Debería teñírmelo también, no quisiera ir por el mundo de bicolor. Bastante ambigüedad tengo en la vida como para que mi bigote muestre mi indecisión. O quizá deba afeitármelo y deshacerme de este símbolo de virilidad trasnochado. A estas alturas ya no necesito exhibiciones gratuitas de testosterona en forma de pelo» —piensa para sí mientras hace un gesto a Louis con la mano. Éste se acerca con la velocidad de una mariquita coja y, tras revisar como va el proceso de coloración, le guiña un ojo sonriente en señal de que todo va ok.

Jacinto le comenta lo de su bigote y, entre ambos, deciden que ha llegado el momento de poner fin a ese resquicio del pasado que ya no pinta nada en su cara. Además, su retirada le aportaría al rostro una nueva dimensión más juvenil. Louis le promete que en unos minutos estará con él, cuando termine la manicura francesa a esa señora con cara de pitbull remilgado. Los dos, peluquero y cliente, sincronizan sonoras carcajadas mientras la señora de raza canina se remueve en su silla preguntándose qué mosca les habrá picado. En contra de su voluntad, su gesto de haber chupado un limón se dulcifica contagiada por la felicidad que le transmiten y, sin quererlo, se nota media sonrisa en la cara recordando el lado amable de la vida aunque esté pasando por el peor momento de la suya… pero esa es otra historia.

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