Reflexiones entre mechones II

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La puerta de la consulta se abre y Teresa asoma con el rostro compungido. En la sala de espera las dos pacientes que quedan por citar aguardan su turno cabizbajas. Ambas se sumen en pensamientos difusos, aleatorios, en ese sin sentido que les ha tocado padecer por razones hereditarias, o eso le ha dicho el experto en la materia. La una se muerde una uña mientras el hombre que está sentado a su lado le acaricia el brazo; la otra se mira los dedos de los pies que asoman de sus sandalias de cuña, a su lado una señora mayor que parece ser su madre la mira con compasión. A Teresa no la espera nadie. La revista que estaba ojeando cuando la llamaron, permanece abierta por la misma página sobre el mullido sofá de polipiel. Dedica unos segundos a observar su entretenimiento durante la espera y piensa que ese puñado de cotilleos impresos han sido su única compañía, tanto esa tarde en la consulta del Doctor Arregui como en los últimos años de su vida.

Avanza hacia el mostrador para recoger su tarjeta sanitaria y un par de recetas. Las piernas le tiemblan como si estuviesen hechas con flan de vainilla. Karina le regala una de sus sonrisas de enfermera en señal de ánimo. Le entrega los documentos y la cita para un preoperatorio el lunes de la semana siguiente. No hay tiempo que perder en estos casos, lo sabe por experiencia. Teresa firma una autorización y recoge sus cosas resignada a una segunda operación. Las pruebas indican que hay metástasis en algunas zonas y tienen que volver a limpiar la zona de nuevo. Todavía no se había recuperado de la operación anterior y tendría que volver a someterse a otra. No era justo, su vida no era nada justa.

En la calle sopla un fuerte viento racheado. Teresa sujeta bien el bolso, se ajusta el gorro sobre esa melena artificial y comienza a dar pequeños pasos sin rumbo. Poco a poco va cogiendo ritmo y acelera sus pisadas, pero el rumbo sigue sin hallarlo y tampoco se molesta mucho por averiguar hacia donde ir. Se deja llevar por el flujo de sus miedos; sus ojos le hacen señales acuosas advirtiéndole que están a punto de desbordarse en plena acera; capta la señal y se apresura a coger un pañuelo de papel; se para ante un escaparate de ropa para bebés y se seca las lágrimas. Un osito de trapo la mira atento desde el otro lado del cristal; sus negras pupilas de cristal le preguntan por qué no quiso ser madre. Ella se responde que tenía una vida demasiado complicada para enfrentarse a la maternidad y un cuerpo que debía evitar cualquier deformidad si quería seguir pisando pasarelas a nivel internacional. Además Pablo le había dicho mil veces que odiaba a los niños, sobre todo cuando están en la etapa de pañales y biberones. Suspira profundo y extrae las gafas de sol del bolsillo de su chaqueta, mientras continúa retando al osito con su mirada enmarcada en profundas patas de gallo.

Ahora ya daba igual todo. Su carrera de modelo se había precipitado al vacío, cuando una lesión de rodilla causada por una caída durante sus prácticas de esquí la obligó a guardar reposo absoluto durante casi un mes. Los quilos se adherían a sus caderas como imanes, su rodilla se negaba a seguir las instrucciones de la rehabilitación y su ambición dejó de pisar el acelerador para estancarse en una vida más cómoda y sin dietas estrictas. Creía que sería feliz en esa nueva etapa, pero se equivocó por completo y la depresión germinó en su interior con la misma facilidad con que se había caído en la nieve. Ya no quería salir, ni comer, ni arreglarse. Tan sólo se dedicaba a ojear revistas del corazón y a beber grandes cantidades de martini.

Su marido Juan no soportaba verla así. Al principio trató de ayudarla, hizo que la viesen los mejores psiquiatras, le proponía planes divertidos para animarla, contrató a una chica para que la acompañase mientras él estaba fuera por negocios, pero ella rechazaba cualquier salvavidas y prefería dejarse arrastrar por la marea hasta estrellarse con alguna roca perdida.

Al cabo de un año, Teresa empezó a observar ciertos detalles en el comportamiento de su marido que levantaron ampollas en su deprimido corazón. Sus ausencias por trabajo eran cada vez más frecuentes e incluían fines de semana; su forma de vestir se volvió más juvenil progresivamente, al igual que su corte de pelo; cantaba en la ducha y jamás le había oído tararear nada; estaba sospechosamente feliz y estaba segura de que ahí había gato encerrado. Comenzó una investigación que la obligó a salir de su letargo. Recopilaba pistas en casa registrando sus bolsillos y despacho, le sometía a interrogatorios sutiles sobre su vida laboral, le interceptó el móvil pero había cambiado de clave y no supo desbloquearlo. Se recompuso como persona gracias a este asunto que la hizo sentirse viva de nuevo. Era extraño porque sabía que el resultado podía matarla pero aún así, tenía que llegar al fondo de la cuestión. Tardó meses en saber la verdad. Una tarde siguió a Juan con su coche. Él le había dicho que tenía un partido de tenis con uno de los socios de su gabinete. Condujo prudente detrás de su matrícula a una distancia suficiente como para que él no la descubriese. De pronto ve como se para al borde de la acera y una mujer que podría ser su hija, entra en la parte del copiloto. Teresa se lleva la mano a la boca. El corazón le late muy deprisa. Está parada en un semáforo con un ángulo de visión perfecto. Se agacha para observar el interior del vehículo y ve como su marido le da un beso en los labios a la mocosa que le sonríe hipnotizada. La adrenalina recorre el cuerpo de Teresa a velocidades prohibitivas. Siente que va a estallar. Le dan ganas de salir del coche corriendo y lanzarse sobre ambos como una muñeca diabólica asesina. Respira hondo, cuenta hasta diez y se da cuenta de que no tiene sentido, que ya nada importa, que lo mejor es que deje discurrir el tiempo y se preocupe solo de ella misma aunque tarde en cicatrizar.

Teresa sigue vagando por una ciudad que ya casi no reconoce. Aturdida por el ruido del tráfico, decide tomarse un café en el bar de su amiga Sonia. Se para un segundo para orientarse y comprueba que está a sólo dos calles. Sus tacones vuelven a resonar sobre los baldosines. Mira al frente decidida en busca de su objetivo. De pronto un rótulo acapara su atención: «Louis Butin peluquería mixta». Demasiado rosa en un día negro y en una calle tan gris —piensa para sí.

Se sorprende abriendo la puerta de ese centro de la belleza. Arreglarme las uñas antes del café no me vendría mal —razona de nuevo en busca de un motivo por el que entrar a husmear.

Un varón de apariencia moderna y gestos afeminados la recibe con efusión mientras le pregunta qué desea. Ella responde que quiere hacerse la manicura francesa. Louis le indica que tome asiento al fondo y que enseguida se pondrá con ella. Teresa se deja caer en una silla y recorre con la mirada el local. Por dentro también es demasiado rosa. Enfrente tiene una mesita con revistas. Se precipita sobre una que anuncia en portada una boda real, pero algo la frena. Le recuerda de nuevo su soledad y no puede evitar sumirse en la sombra y contraer rabiosa el gesto. Louis enseguida regresa con ella, estaba terminando de dar un tinte a un señor de bigote que lee atento un periódico. Teresa le mira de reojo. Parece mayor que ella y se pregunta cuanto. Por un momento deja sus manos en las de Louis y se propone evadirse en lo que dure la sesión. Minutos después, cuando solo queda la última capa de esmalte, Louis se levanta para comprobar el tinte del señor de bigote. Teresa les sorprende mirándola y riéndose como dos nutrias al sol pero se hace la loca. Sus carcajadas son muy sonoras y contagiosas por lo que Teresa no puede evitar que una sonrisa asome en su rostro a pesar de todo. La puerta de la peluquería se abre de pronto haciendo que las campanillas de bienvenida resuenen en toda la estancia. A Teresa se le borra la sonrisa de pronto por el impacto: El espejo le devuelve la imagen de la jovencísima amante de su marido.

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