Reflexiones entre mechones III

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El suelo está cubierto de pelos. La última cita que Louis atendió le pidió un cambio radical y éste hizo un uso abusivo de sus tijeras de profesional. Era una larguísima melena que se había aburrido de su rutina y necesitaba urgentemente un cambio de aires. Renovarse o morir, le espetó el joven cuando se sentó en la silla de corte frente al espejo. Louis le miraba detenidamente estudiando qué hacer con esa cortina de pelo negro azabache y qué peinado le quedaría mejor. El cliente rondaría los treinta y cinco años, calculó Louis en función de la imagen que proyectaba el espejo; llevaba vaqueros rotos, una camiseta de los Ramones y botines de tachuelas; un tigre de bengala recorría su antebrazo derecho, debía habérselo hecho hacía unos cuantos años porque había perdido la tonalidad de los tatuajes recientes. «Seguramente sea miembro de algún grupo de música amateur que quizá se haya disuelto por razones que desconozco y ahora piense en un cambio de look para encauzar su vida hacia otros horizontes… o puede que en su nuevo trabajo le exijan el pelo corto como condición para mantenerlo en la plantilla…» —pensaba Louis mientras manoseaba los mechones mojados de su próxima víctima. No quiso seguir entreteniéndose en divagaciones absurdas que no le harían más que distraer de su objetivo y se puso manos a la obra. El resultado fue satisfactorio para ambas partes. La nueva imagen del chico era más actual, rejuvenecedora y le favorecía mucho a su cara ovalada. A Louis le encantaba hacer cambios de estilo por eso siempre quiso ser peluquero. Adoraba estudiar facciones y proyectar en su cabeza cuales serían las posibilidades de transformación de patitos feos en bellos cisnes.

Ahora toca la parte que menos le gusta, barrer esa maraña capilar esparcida por el suelo. Podría hacerme varias pelucas con ellos, pensó. Una vez recogido y limpio el negocio, se dirige al mostrador para cerrar la caja y hacer un rápido recuento de sus ganancias. El día resultó generoso a pesar de que nadie solicitó tratamientos especiales cuyo margen de beneficio es mucho mayor que el de los típicos cortes, lavados y peinados. Abre el libro de citas y repasa su agenda para el día siguiente: Tres cortes y una pedicura por la mañana y por la tarde, un poco más flojo el asunto, unas mechas californianas y dos tintes. Sonríe al ver el nombre de Jacinto al final de la lista entre tanta señora. Le cae muy bien ese hombre, se ríe mucho con él. Cierra el libro y se dispone a coger su bolso y las llaves para cerrar la peluquería. Algo capta su atención en una esquina del mostrador: es un azucarillo de cafetería. Por un lado figura el nombre del bar con la dirección en grandes letras azules, por la cara opuesta una cita impresa : «No nos atrevemos a muchas cosas porque son difíciles, pero son difíciles porque no nos atrevemos a hacerlas. Las cosas difíciles llevan mucho tiempo, lo imposible puede tardar un poco mas… (Lucio Anneo Séneca)» Louis examina el sobre de azúcar pensativo preguntándose quién habrá sido el que lo habrá dejado ahí. Quizá haya sido un error o un despiste o se le haya caído a alguien que los colecciona —sopesa Louis. La frase de ese conocido filósofo romano, no obstante, le produce desconcierto y decide guardárselo en su bolso.

Cuando sale a la calle y se agacha para colocar el candado a la verja, alguien le toca el hombro por detrás. Dando un respingo se cae de culo en la acera. Una risa fuerte resuena en el atardecer. Louis frunce el ceño resignado, no le ha hecho gracia. Se levanta y menea la cabeza a ambos lados en señal de desaprobación, mientras su boca se aproxima a la de un señor que hace todo lo posible por contener más carcajadas. Es un hombre de unos cincuenta y tantos años que viste de traje y corbata y que lleva un maletín negro de piel en su mano derecha. Es su pareja. Louis se había olvidado por completo de que habían quedado para cenar fuera y celebrar su aniversario. Llevaban juntos once años ya. La velada transcurre monótona entre Filet mignon con verduritas y Möet & Chandon sin límite. Manu era un hombre muy rico y nunca escatimaba en gastos cuando se trataba de complacer a los que le importaban. Hablan de los próximos negocios de Manu, del viaje de paso de ecuador de su hija Rebeca y de que tienen que contratar a alguien más para llevar la casa, ahora que se acercaba la jubilación de uno de sus jardineros. Louis no aporta a la conversación más que monosílabos y frases hechas, está muy cansado y apático. Manu decide animarle abriendo su maletín y extrayendo de él un gran sobre amarillo que le entrega a su amante con una amplia sonrisa pícara. Louis toma el sobre preguntando de qué se trata. Manu le insta a que lo abra y lo descubra por si mismo. En su interior hay varios documentos, así que introduce sus hábiles dedos en el sobre misterioso y lo vacía comprobando que no queda nada en su interior. El primer documento es una factura de un concesionario de coches. En el descriptivo figura un audi TT rojo volcán. Manu se apresura a decirle: ¡Feliz aniversario cariño!. Louis intenta controlar quietos sus globos oculares sobre las cuencas para que no se salgan de su órbita. No sabe qué decir así que se levanta y le da un gran abrazo a su hombre sin importarle el qué pensarán los de las mesas próximas. Vuelve a sentarse. Le tiemblan las manos de la emoción. Detrás de la factura hay varios extractos de banco con movimientos numéricos que a Louis le cuesta interpretar. Manu le explica que se trata de varias ventas de acciones que ultimó en los últimos días, cuyas ganancias figuran en la última página. El peluquero que provenía de una humilde familia de pueblo no puede concebir tanto euro junto y se apresura a beber un largo trago de champagne. Ese hombre era más rico de lo que jamás pudo imaginar. Todavía hay más… otro sobre blanco que pone «Vacaciones en el mar». Lo abre y en su interior encuentra dos pasajes para un crucero por el Lejano Oriente. Vuelve a menear la cabeza advirtiéndole a Manu con el gesto que se ha excedido esta vez. Está sobrepasado y se siente culpable. Él tan sólo le ha comprado una novela histórica de esas que tanto le gustan y que ni siquiera se ha molestado en envolver. La dejó por la mañana encima de la mesilla de noche de su pareja justo cuando éste se fue para la oficina. Le había escrito una dedicatoria en su interior : «Con cariño para mi chico grande. Espero que la disfrutes. Siento que los últimos meses haya estado tan esquivo pero la rutina me puede y no sé como escapar de ella… gracias por soportarme. Un beso. Louis». Se arrepentía de haber escrito aquello y aunque, seguía pensando que estaban atrapados en la tela de araña de la monotonía, estas sorpresas le indicaban que Manu seguía esforzándose por la relación. Los tremendos detalles de su novio reactivaron su deseo y le apremió a abandonar el restaurante y volver a casa.

A la mañana siguiente Louis se siente mejor. A medida que transcurre el día va cogiendo fuerzas y para la hora de comer ya se encuentra en plena forma. Había quedado de nuevo con Manu para comer. Recoge sus cosas del mostrador y cuando se dispone para salir tras haber oído la bocina del chófer de su cita, observa un nuevo sobre de azúcar al lado del teléfono fijo. Era del mismo bar. Lo gira y lee: «Locura: seguir haciendo siempre lo mismo y esperar resultados diferentes. Albert Einstein». Piensa entonces en su vida, en su futuro con Manu, en que a pesar del dinero, los regalos y las aventuras que pueda comprar para él, la chispa que necesita se ha apagado entre ellos hace tiempo. Cree que este científico loco tiene mucha razón con esa frase y que le gustaría saber quién demonios le deja esos azucarillos en el mostrador sin que pueda verlo.

Jerónimo sale del Mercedes y abre la puerta de atrás para que Louis entre en el vehículo. Manu le espera ojeando la sección financiera de uno de los tantos periódicos que se lee al día. Se unen en un fugaz beso en los labios y se preguntan qué tal se está dando el día. Louis decide jugar a los detectives, le indica al chófer una dirección y éste, obediente, se pone en marcha. Cuando Manu le pregunta qué hay en ese lugar, el peluquero le responde con evasivas.

—Esperadme un momento, enseguida vuelvo —solicita Louis una vez llegan al destino.

—¿ Qué vas a hacer ahí? ¡Estoy hambriento cariño! —inquiere Manu.

—Voy a comprar tabaco eso es todo. No tardaré —se excusa un Louis a punto de perder los nervios.

—Louis… ¿Desde cuando fumas? —pregunta extrañado su pareja.

—Eh… no, si no es para mí. Me gusta tener de todo en la peluquería, por si algún cliente necesita un cigarro en algún momento. —se explica Louis tragando saliva.

Manu no le cree pero deja de entretenerle para que regrese rápido. El bar tiene una decoración bastante rancia. Necesita un urgente lavado de cara y varias capas de maquillaje para disimular tanto año cumplido. Un par de clientes se toman una copa en la barra y al fondo, una familia de rumanos consumen el menú del día. La escasa afluencia hace que Louis se pregunte cómo se puede mantener ese negocio en pie. Alguien parece oír sus pensamientos detrás de la barra.

—Tenemos servicio a domicilio señor. Podemos llevarle el menú a cualquier punto de la ciudad en un santiamén —le anuncia una señora más ancha que alta y de pómulos sonrojados por el calor de la cocina.

—Gracias pero… quisiera un café sólo, por favor. —le solicita con el gesto de alguien que no sabe muy bien qué es lo que está buscando.

Enseguida se lo sirve en la barra. Louis clava su mirada en el azucarillo. Es igual que los que deposita ese personaje misterioso en su mostrador. La nueva cita reza : «La palabra precisa tal vez sea efectiva, pero ninguna palabra jamás ha sido tan efectiva como un silencio preciso. Mark Twain». Bebe un rápido sorbo del café y se quema los labios. Farfulla algo ininteligible mientras deja sobre la barra dos monedas de euro. Se dispone a salir sin haber aclarado nada, no quiere enfadar a Manu. De pronto, las puertas del bar se abren y su mirada se tropieza con un brazo tatuado. Es el joven al que había cortado la melena. Ambos se miran desafiantes.

—Daniel, rápido, tienes que llevar otro pedido a la calle Moralbez —le grita desde la otra punta del bar la señora.

—¿Eres tú el que me deja los azucarillos? —se atreve a preguntar Louis sin tiempo que perder. —¿Por qué lo haces?, ¿Con qué fin? —sigue interrogándole sin darle tiempo para responder a sus preguntas.

—A veces las personas necesitan leer lo que se niegan a escuchar —le contesta tranquilo el joven repartidor.

—Explícate… no entiendo qué quieres decir — se impacienta Louis.

—Que te equivocas de persona, Louis.

El joven le deja en la puerta y se adentra en la cocina. Louis se queda inmóvil, sujetando la puerta, rumiando las palabras de ese joven, quizá se haya precipitado en juzgarle.

Se apresura al Mercedes. Manu le espera con cara de pocos amigos y cuando le pregunta por qué ha tardado tanto, Louis miente. Se siente sucio, quizá una buena comida le haga olvidarse del asunto.

Después de comer retoma su rutina centrándose solo en el trabajo. Jacinto le visita como cada mes a última hora. Esta vez le teñirá en un tono más chocolate para que resalten sus ojos verdes. Mientras le aplica el tinte, una señora irrumpe su afanada tarea. Sólo quiere arreglarse las uñas por lo que le pide amablemente que espere en una silla a la par que apunta su nombre en el libro de citas para llevar un control : «Teresa Valverde. Manicura francesa.»

«Falta poco para el cierre, cuando termine con Jacinto y con ésta mujer con cara de perro a la que hemos conseguido robar una sonrisa, me iré directo para casa y me daré un gran baño de espuma y agua bien caliente» —se promete el peluquero para sus adentros.

De pronto, las campanillas de la puerta le anuncian una visita inesperada. Rebeca, la hija que Manu había tenido con su anterior esposa, le saluda con gesto de haber roto al menos un par de platos. Louis termina la uña del pulgar de Teresa y va su encuentro.

—Tengo que hablar contigo, Louis. Es importante. —Le suplica ella observando con disimulo a sus clientes a medias, mientras se deja besar por el novio de su padre.

—Ahora no puedo Rebe, tendrás que esperar a que termine con estas personas. —Susurra en tono autoritario.

—Pfff… está bien, me iré a dar una vuelta. En media hora estaré de nuevo por aquí. Necesito contarte una cosa. —insiste Rebeca. —Por cierto, ¿desde cuando pones cafés a los clientes? — pregunta burlona.

—Yo no sirvo cafés en mi negocio…. — y mientras lo dice, repara una vez más en el mostrador. —¡¡Mierda!! Otro azucarillo con mensaje…—se lamenta. —¿Cómo coño lo hace?

— Mmmm… veo que alguien más necesita confesión —sonríe Rebeca mientras se da media vuelta y le deja con el sobre en la mano.

«El Futuro tiene muchos nombres. Para los débiles es lo inalcanzable. Para los temerosos, lo desconocido. Para los valientes es la oportunidad. Victor Hugo.» —Lee para sí Louis. Se lo guada en el bolsillo, sonríe para borrar su gesto desconcertado y se vuelve con sus clientes.

—¿Le ocurre algo Teresa? Está como pálida….

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