Mi rincón de soledad

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Me adentré en los pulmones de una ciudad henchida de contaminación acústica. Tras de mí, un reguero de sangre fresca iba dando tumbos a medida que mis pasos se hacían más y más lentos. Me llevé la mano al pecho tratando de evitar esparcir más fluidos por la gravilla. Los minutos de una vida que ya no sentía como propia seguían restando en una imparable cuenta atrás, como diminutos granos desfilando por el cuello cilíndrico de un reloj de arena apunto de agotarse. Una punzada de dolor recorrió mis pulmones y me obligó a parar y a sentarme en uno de los bancos de madera que enmarcaban la pétrea senda del parque. Eran casi las once de una noche poco o nada estrellada. El rincón que me acogió estaba desierto, sombrío y su tétrica imagen me imprimía cierta clase de pavor pero no podía seguir caminando en esas condiciones. Observé a la luz de la luna mi mano izquierda, mientras la derecha seguía de aprendiz de torniquete improvisado. Era una mano pálida, huesuda y recubierta con abundante vello. Me detuve en la palma como en estado de hipnosis, me imaginé vagando por las intrincadas calles que conformaban esas líneas que nunca supe interpretar. Justo en el centro, un poco borrosa, estaba la contraseña apuntada a bolígrafo. Era una sucesión de números y letras mayúsculas que se empeñó en no permanecer en mi memoria a corto plazo, por lo que tuve que acudir al tradicional, aunque nada seguro, método de anotarla en una parte de mi cuerpo. Estaba asustado, dolorido y me sentía muy solo, más de lo que nunca habría podido imaginarme.

Cuando te persigue una mafia rusa por un negocio fallido dejas de tener amigos, nadie quiere correr el riesgo de involucrarse en asuntos de escasa higiene, nadie te tiende una mano en la que apoyarte cuando estás bajo amenaza, se limitan a desaparecer como ratas de alcantarilla en las profundas cloacas de una ciudad que, como sus habitantes, ha perdido el norte. Cuando el negocio de las transferencias bancarias era un simple proyecto, se me pegaban como lapas en busca de intereses comunes, inversiones a medio plazo y castillos en el aire, me invitaban a grandes comidas con sus familias, a partidas de mus organizadas sólo para gente de su confianza y a toda clase de eventos que les indicasen estar labrándose una amistad de fuertes lazos. Eran una panda de interesados y podían oler el éxito a metros de distancia como si fuesen sabuesos con horas de entrenamiento. El dinero les atraía como a las moscas un buen tarro de miel recién recolectada. Ese negocio pintaba bien, sería, o eso pensaba yo cuando un contacto me lo propuso, lo que me catapultase a una jubilación anticipada e inmediata a los cuarenta, pero las cosas se torcieron a pesar de mi pericia informática y, aunque existía una posibilidad entre un millón de que la policía interceptase mis movimientos, finalmente sucedió. Hubo demasiada información revelada y sólo pude poner a salvo unos cuantos millones de euros, lo suficiente como para vivir de lujo en alguna isla perdida donde nadie pudiese encontrarme, rodeado de playa, cocoteros y algunas lugareñas dispuestas a complacerme en todo momento. Necesitaba unos buenos cuidados médicos o alguien experto en extraer balas del pecho antes de que fuese tarde y un avión que me llevase lejos de un país que pronto propagaría la voz de alarma por todos los rincones.

La herida no paraba de sangrar, no tenía muchas opciones de salir con vida, pero tenía que intentarlo. No debí quedarme tanto tiempo en el piso después de recibir la llamada de Vladov, pero me empeñé en recoger algunos documentos importantes para mí antes de iniciar mi aventura fugitiva y eso les dio tiempo de interceptarme en el portal justo cuando me disponía a emprender mi huida a lomos de mi vieja suzuki 500. El espejo retrovisor me advirtió de la presencia de cinco hombres de complexión más que generosa, con los ojos inyectados en sangre y un nivel de frustración sobresaliente. Uno de ellos, me reconoció enseguida y se llevó la mano al cinturón. Arranqué lo más rápido que pude y pegando un acelerón me incorporé a la carretera desierta. En mi cabeza bailan las escenas de una persecución absurda. Me iban pisando los talones con su A4 de lunas tintadas. En lo que me pareció un trayecto infinito, lograron adelantarme y desde la ventanilla, uno de ellos se asomó apuntándome con el arma y pegó tres tiros. Uno de ellos me alcanzó y perdí el control de la moto. Me dejaron tendido en la cuneta y continuaron su camino, es probable que me diesen por muerto, ese era su cometido y el motivo de su visita. Recobré la consciencia pronto, el impacto contra el suelo no me produjo ninguna fractura por suerte, tan sólo contusiones y magulladuras por todo el cuerpo. La moto yacía cadavérica unos metros más adelante. No me molesté en intentar ponerla en marcha. Me acordé de la herida de bala que ese hijo de la gran Rusia me había hecho. Tenía la ropa manchada con abundante sangre y al ser consciente de ello, comencé a sentir fuertes dolores. Como pude me incorporé y me arrastré hasta este parque público sin gente, donde moriré desangrado sin que nadie se percate, sin que me echen a faltar en ningún hogar porque vivía sólo, sin robar minutos de sueño a una ciudad que poco a poco se va apagando. En este rincón sombrío y abandonado, me extinguiré acompañado de mi soledad y de la voz de mi conciencia que se empeña en reprocharme un final con el que no contaba. Moriré sólo como un perro al que han abandonado en un monte por haber crecido demasiado, como un anciano senil cuyos hijos rechazan por carecer de rentas, como un informático soltero de treinta y nueve años que arriesgó su empleo en el Banco Central por una ambición que no supo dosificar.

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