El ascenso

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Llegaba tarde al trabajo, más de lo que podía permitirme. Era viernes, pero no un viernes cualquiera de esos que esperas con ansia cada lunes nada más empezar la jornada. Este era un viernes especial por lo que implicaba para mí a nivel laboral; era el día en que me nombrarían jefe del área internacional por fin. Después de tanto luchar contra viento y marea por subir de categoría, de llevarme incontables dolores de cabeza a casa cada tarde, de velar más por los intereses de una multinacional en pleno crecimiento que por los míos propios, de noches de insomnio y pesadillas que me sustraían impunemente horas de descanso y me hacían abandonar mi lecho viscolástico para terminar en la cocina bebiendo leche fría directamente de la botella, de horas extra sin remunerar y vacaciones en el tintero sin disfrutar; después de todo, mis sacrificios habían dado su fruto, por fin me habían propuesto para el cargo. Lo sabía desde hacía tan solo una semana. Cuando me lo comunicaron, mi primer impulso fue salir corriendo a llamar a Paula, mi recién estrenada compañera de juegos eróticos. Denominarla novia a mi edad, me parecía un tanto inapropiado y muy hortera, así que a ella le proponía una denominación libre de compromisos como por ejemplo amiga con derechos y a la gente de mi entorno les decía directamente que me iba de putas para no tener que ahondar en mayores explicaciones. Me gusta escatimar en comentarios cuando se trata de mi vida privada, sobre todo cuando los que quieren saber de mí son los típicos leñadores de árboles caídos que se regocijan en mi soledad para olvidarse de la suya. Los muy ignorantes desconocen la verdadera razón de mi celibato, pero no les culpo; a veces, ni yo mismo la tengo clara, quizá mi miedo al compromiso alimente mi situación actual.

Refrené esa intención tan falta de prudencia como llena de tensión sexual, para sustituirla por un segundo impulso más meditado y políticamente correcto, ir a darle las gracias personalmente a D. Eladio Colmenarejo, el director general de mi sucursal, que fue quien me propuso para el cargo.

Un rastro de calvin klein iba recordando mi paso por las estrechas y empinadas calles del centro. Llevaba mi mejor traje, un Bottega Veneta gris marengo con acabado satinado, una camisa blanca con gemelos de plata envejecida y una corbata de seda en tono morado. En mi mano derecha, el maletín con el portátil y en la izquierda, un vaso de cartón plastificado de esos que te ponen con el café para llevar. Doblé la esquina para enfrentarme a la última recta que me separaba del edificio sede de la empresa y en ese mismo instante, alguien se cruza en mi camino. Estaba tan sucia que casi no podía apreciar sus rasgos faciales. Vestía una especie de chándal de algodón, aunque también podría ser un pijama, tan mugriento o más que su piel. Por encima, llevaba un abrigo de pana marrón que le quedaba dos o tres tallas más grande. El pelo, si así podía llamarse a ese amasijo de rastas, suciedad y caspa, lo tenía recogido en una coleta. Sus ojos destilaban una piedad que no supo conmoverme cuando se cruzaron con los míos. Nada en ella me produjo lástima y nada en mí se removió fruto de la compasión. Me tendió un paquete de pañuelos en señal de limosna pero lo que recibió de mí fue una total indiferencia, la miré como a una indigente más de tantas que atiborran y colapsan las calles del casco viejo. A ella si parecí causarle algún tipo de reacción química en sus adentros, porque se quedó contemplándome, parada en el mismo punto en el que me la crucé, mientras recorría los metros que me separaban de las puertas giratorias de la oficina. Lo supe porque giré por un segundo la cabeza para despedirme de una calle que nunca más volvería a tratarme como a un jefe de departamento de tres al cuarto.

La mañana se me pasó volando entre presentaciones de gente tan importante como imprescindible para nuestro sello, reuniones informativas acerca de las próximas líneas de actuación de la empresa y estrategias de mercado para aumentar las ventas en el último trimestre del año. Soporté también desayunos de cortesía para lamer algunos culos entre tostada con mermelada de pera y panecillos con mantequilla y una cantidad insuficiente, porque nunca se está satisfecho del todo, de felicitaciones, abrazos y besos en la mejilla por parte de los compañeros de planta. Noté sinceridad en muchas de esas muestras de afecto, pero también cierta exhibición de envidia insana por parte de algún que otro miembro de mi departamento. Ese recelo que percibía en el ambiente, se mezclaba con la frustración que sentían por haber perdido la competición que hace unos años iniciamos unos cuantos y que finalmente gané. Desde el podio, sentía un vértigo irracional, observaba a todos cuantos quisieron condecorarse con la copa de la victoria a base de palabrerías, regalos y algún que otro favor personal y me alegré de ser yo el que, con su esfuerzo y trabajo bien hecho, se alzase con el triunfo.

Mi coronación culminó con una comida de empresa exclusiva para altos cargos en la terraza del Golden Sky, un edificio pegado al nuestro que acoge un restaurante de lujo en la planta octava. El excelente menú en ese marco incomparable me dio la bienvenida a mi nuevo estatus.

Caía la noche cuando mis pies me arrastraron hasta el loft de Paula saturado de interacción social y gin tonics aderezados con cardamomo. Juraría que la acera discurría irregular y mi visión borrosa no ayudaba a enderezar el camino. Iba dando tumbos por esa cuadrícula gris y blanca de piedra dejando que lo poco que quedaba sobrio en mí guiase mis pasos para culminar la celebración de mi ascenso con un buen polvo. Paula sabría poner el broche de oro a un día tan increíble como este. No obstante, no necesitaba alegrarme por tener un par de tetas y un culo prieto a mi disposición, me encontraba en un estado de permanente euforia por los elevados niveles de alcohol en sangre.

Seguí caminando intentando mantener el equilibrio. Pensé en mi traje y en mi nuevo puesto y dí gracias por vivir en la capital donde todo el mundo pasa desapercibido. Si recorriese las calles de mi ciudad natal en este estado, tendría varios cientos de dedos apuntándome el cogote y me convertiría en la comidilla de esa gente sin vida propia durante un par de semanas al menos. Sin poder evitarlo, me tropecé con un baldosín equilibrista y me fui de bruces contra el cristal de una entidad bancaria que exhibía el anuncio de un depósito al 3% T.A.E. Alguien se acercó a ayudarme. Me agarró de un brazo y haciendo acopio de todas sus fuerzas, tiró de mí para que pudiese ponerme en pie. Cuando nos encontramos frente a frente volví a ver esos ojos sucios que destilaban piedad. Esta vez, sin embargo, lograron conmoverme de una forma que no alcancé a comprender. Ella me miraba fijamente sin parpadear, yo correspondí a esa admiración con una sonrisa de agradecimiento. De pronto me dí cuenta de que no me importaba ni su apariencia, ni su suciedad, ni su clase social, tan sólo quería agradecer su gesto. Me había visto caer y a pesar de que esta mañana la había ignorado como a un gusano, había corrido a ayudarme. La emoción que estuve conteniendo durante todo el día estalló y comencé a llorar como un niño. Ella me dejó desahogarme como si comprendiese qué estaba pasando. Mis lágrimas sabían a bombay saphire con tónica. Me recompuse al cabo de un rato enjugando mi llanto con un pañuelo de esos que ella vendía y que yo había rechazado cuando el día empezaba a brillar para mí y para mi mundo de ascensos y trajes caros. La miré un tanto avergonzado y ella me sonrió mostrándome una sonrisa milagrosamente blanca. Sus dientes relucían como esos collares de perlas del escaparate de Cartier.

—¿Tienes hambre? —me atreví a preguntarle. —Yo sí y conozco un sitio donde hacen una carne a la parrilla buenísima. ¿Te gustaría acompañarme?

Me miró extrañada por mi inesperada propuesta y tardó en responderme. Me esperaba un no rotundo, un silencio incómodo o un gracias señor pero no tengo un aspecto adecuado para acompañarle a un restaurante. Cualquier alternativa de las que barajaba no me hacían feliz, esperaba sinceramente que aceptase mi propuesta, algo en mí interior deseaba compensar su ayuda.

—… está bien Arturo, aceptaré esa cena encantada si a ti no te importa ir acompañado de alguien como yo… Muchas gracias. —respondió en tono firme y decidido.

—Pero… ¿sabes mi nombre?… ¿cómo? ¿nos conocemos? —inquirí asombrado por el contenido de sus palabras.

—Sé algunas cosas de ti, lo normal, que trabajas para Schnarten & Co Associate, que acaban de nombrarte jefe del área internacional y que ….

—¡¡¡No puede ser!!!, ¿quién eres?, ¿cómo sabes todo esto?—la interrumpí con los ojos abiertos como platos.

—… fui jefa del área de comunicaciones en tu misma empresa hasta hace un año —me informó mientras su gesto se contraía como si acabase de chupar un limón.

¿Teresa? … —titubeé mientras trataba de buscar sus rasgos bajo esa capa de mugre.

No podía creerme que la tuviese delante de mí en ese estado de indigencia, y me costaba asimilar cómo alguien como ella podía caerse de la cima y estrellarse contra el suelo en tan poco tiempo y de una empresa tan estable como la nuestra. Estaba claro que a mi eso no me sucedería porque sabía gestionar perfectamente mi ambición, mis contactos, mis ganancias y mis metas, sin embargo… sentí vértigo otra vez.

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