Sonrisa perenne

hoja-de-otoño

El alba despunta en un horizonte difuso mientras los húmedos cauces recorren lechos que permanecen sobrios. La sequía se esfuma de un presente que no le corresponde en el calendario a pesar de que, últimamente, las eventualidades climatológicas no tienen una fecha predefinida.

Largos paseos entre la crujiente hojarasca que colapsa senderos, cubriendo la arena con su manto de tonos ocres y arcillosos y aromas sombríos que recuerdan que regresa nuevamente el frío.

Frondosos bosques aguardan impacientes su desnudez mientras las aves rezagadas debaten planes migratorios en busca de un clima más cálido. Amenaza lluvia, viento huracanado y bruma perezosa entre las colinas. Las temperaturas, que se entrenan para lograr su mejor descenso invernal, deciden empezar con pequeñas bajadas. Flora y fauna se alían para subsistir un año más con las carencias propias de una estación caduca.

Todos los paisajes se tiñen de un sepia intenso, como si bebiesen de los recuerdos que les inducen a su regeneración; mueren cada año en lenta agonía para renovar su aspecto en primavera; sufren pasivos las inclemencias de una estación que tan sólo pretende avivar sus virtudes con melancólicos susurros de brisa helada; se dejan acariciar por la espesa niebla de la mañana, sintiendo como cala en su estructura natural con el sigilo del secreto mejor guardado.

Exprimo lo que queda de mi letargo solar y procedo a activar todos los mecanismos de que dispongo para afrontar el nuevo curso. Volver a vivir con menos horas de luz, más ganas de sofá y manta y sopas ardientes que abrasan las lenguas de quienes sienten la añoranza de un hogar marchito.

El ambiente se vuelve resinoso y vulnerable a los sueños y, mi sonrisa perenne al roce de su recuerdo. Es tiempo de hadas y duendes del bosque y de leñadores con camisas de cuadros escoceses y de cuentos de brujas y eclipses de luna.

Son atardeceres dorados que inundan el día con besos de un cielo cabizbajo al que le cuesta levantar cabeza. Las horas enmudecen al paso de un silencio de infinito sepulcro, entre los fresnos de talle alto y las copas de sauces ciegos. La noche se cubre de brillantes estrellas que iluminan cada recodo del entorno; bajo su manto, como queriendo esconderse de las verdades que escupen al oscuro aire del norte, permanecen ocultas entre las sombras. Un búho parpadea en una rama cualquiera de un roble centenario; estudia atento su entorno captando movimientos impregnados de un instinto depredador que le parece irrelevante; impertérrito prosigue sus labores de vigilancia nocturna hasta que la noche le invite a consumir sus frutos.

Las hojas planean en un vals constante como juguetes de un viento que sopla incesante y, mientras mis sonrojadas mejillas observan la danza, un río cargado de esperanza recorre el valle en la lejanía.

El otoño se acomoda en su sillón adoptando una postura más cómoda en congruencia con su estado de ánimo, pues le espera un largo camino por el que peregrinar en busca del verdadero sentido de su propia existencia…

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s