El valle de Hans

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El valle bosteza perezoso como cada mañana y se viste de un verde tan intenso y tan húmedo que hace que te duelan los huesos al pisar la hierba. Ya se va notando el frío, sobre todo en las primeras horas del día, cuando el alba oculta entre las montañas decide salir de su refugio. Los tiernos pastos cubren las laderas confiriéndoles cierto aire enigmático y son el perfecto reclamo para el ganado que frecuenta este silencioso paisaje. Es un lugar de una belleza natural extrema, con su terreno ondulado que parece no tener fin, con sus ríos y sus estáticos lagos de aguas cristalinas. Los eternos prados están salpicados de alguna cabaña de madera de abeto nórdico; éstas se disponen en ubicaciones totalmente aleatorias en consonancia con la libertad de ocupación de los escasos vecinos que habitan este bucólico paraje. El silencio de la rutina solo se interrumpe por el incesante discurso del agua rozando su cauce y por los razonados mugidos de vacas alpinas que pastan en ese buffet libre de fácil acceso, con sus cencerros resonando a lo ancho de la pradera como campanas que anuncian que la comida está servida.

Hans es el más joven de todos los que viven en el valle. El día veinte de este mes hace diecisiete años que dejó su acomodada vida en una conocida ciudad al sur de Alemania para exiliarse en las montañas en busca de una paz que todavía cree lejana. Es una fecha que tiene muy presente, como si se la hubiese tatuado en la piel con tinta china y su nostálgico recuerdo le hace celebrar ese día con unos minutos de tristeza cada año. Aunque, más que tristeza, son remordimientos lo que se esconde detrás de su aflicción y los que le incitan a pensar en su atropellada huida.

En el pasado llevaba una vida plagada de lujo y riquezas como cualquiera de los miembros de la familia Müller. Poseía todo lo que un joven de veinticinco años puede desear: incontables posesiones materiales, un inmaculado expediente escolar, varios títulos académicos honoríficos, un intachable curriculum y un negocio familiar fructífero del que formar parte a nivel directivo. A pesar de su posición social y de que no tenía carencias de ningún tipo, su solemne promesa de contraer matrimonio con Erika Brandmeister le robaba horas de sueño. Cada día se preguntaba por qué había aceptado la propuesta de su padre si casi no conocía a esa chica. Ella también había accedido presionada por su entorno familiar, no tenía elección y al fin y al cabo también le venía bien ese acuerdo para seguir con su ornamentado nivel de vida. Unidas ambas familias tanto afectiva como económicamente, les llevaría a hacerse con el monopolio de sus productos a nivel nacional y a masticar aspiraciones de expansión fuera de las fronteras de ese emergente país.

Los pocos amigos que tenía trataban de animarle alegando que Erika era una buena chica, pero Hans no podía imaginarse un futuro conyugal construido sobre los cimientos de una transacción comercial. A penas había tratado a esa chica y cuando empezó a conocerla a raíz de su petición marital, cada encuentro se le hacía más insoportable. Era una niña arrogante, caprichosa y muy consciente de que nadie podía resistirse a su arrebatadora belleza. Sus conversaciones superfluas y banales se centraban en temas que sólo a ella interesaban.

Llegó el día del enlace y Hans no pudo seguir con esa farsa. Irrumpió en la habitación de la que iba a ser su futura esposa y la golpeó con educadas palabras que ella jamás esperó oír de su boca hasta dejarla sin aliento. No estaba acostumbrada a perder. Se sentó en la cama para asimilar aquel desplante, pero las lágrimas del fracaso la impedían discernir las excusas de las verdades de su prometido. No resistió la idea de vivir con esa agonía. Esa misma mañana hallaban su cadáver desangrado a los pies de una cama que la estaba viendo vestirse de novia.

Hans no se lo perdonó jamás; se sentía culpable de la muerte de esa chica y nadie podía convencerlo de lo contrario. Decidió huir a las montañas y refugiarse de su conciencia que no hacía más que recordarle la desencajada cara de Erika a medio maquillar, mientras él con voz firme y decidida le anunciaba que no podía participar en esa celebración porque principalmente no la quería.

Ambas familias rompieron toda relación a causa del fatídico suceso. El entorno mas cercano de los Müller no le perdonó a Hans su comportamiento y le dieron la espalda en todos los aspectos.

Su nueva vida de ermitaño le aporta cierto sosiego consigo mismo y le ha hecho tomar conciencia del verdadero valor de las cosas. No tiene mucha más interacción social que la que le proporcionan sus vacas alpinas cuando rumian sus ideas vacunas sin pies ni cabeza y que él parece comprender o la partida de ajedrez que se echa alguna tarde antes de cenar con Otto, su vecino más cercano, un ganadero de gesto solemne y pelo cano que enviudó hace un par de años de su segunda mujer.

La vida en el valle transcurre más despacio, menos contaminada de intereses y ambición y sólo aquí, tarde o temprano, Hans hallará la paz que vino a buscar.

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