Vía ferrata

via-ferrata-barranco-guiniguada (1)Me giré al escuchar sus pasos, que se volvieron pesados y tensos como la cadena que sujetaba fuertemente con sus manos. De pronto se paró en seco y rígido como un cadáver, quizá fruto del miedo racional o de su vértigo extremo no superado en su primer año de terapia, me propinó una mirada asesina de reprobación. En otras circunstancias, la hubiese acompañado con un movimiento lateral de cabeza pero, en ese entorno de tirolinas, precipicios y paredes verticales, no se atrevía más que a pestañear lo justo para mantener hidratados sus brillantes ojos verde aceituna. Enseguida me dí cuenta de que todavía no estaba preparado para hacer una vía ferrata, al menos ésta de dificultad media. Su parálisis momentánea me acusaba en silencio de haberle convencido de visitar los Dolomitas de esa forma. Seguro que había alternativas menos arriesgadas y más cómodas para visitar los Alpes Italianos, pero no tan emocionantes.

Recordé por un instante su cara de emoción cuando abrió mi regalo días atrás. Tenía que ser algo muy especial que no olvidásemos nunca. Llevábamos diez años juntos y la primera década debía de celebrarse a lo grande. Era mi primera relación estable y la verdad es que habíamos congeniado de maravilla. Con Marcos la vida era muy fácil y divertida. Nunca estaba de mal humor, era como si nada ni nadie pudiese afectarle en su fuero íntimo y todo le resbalaba como si estuviese hecho de algún material impermeable. Nuestro día a día fluía sin incidentes ni tropiezos y la pasión que sentíamos el uno por el otro, llegaba a convertirse casi en auténtica devoción. Para mí carecía de defectos salvo, claro está, su pequeño problemilla con el vértigo. Era un mal menor que, aunque le limitaba para acudir a ciertos lugares, realizar ciertos deportes o simplemente mirar a la calle por la ventana de mi ático, no le impedía disfrutar de muchas otras cosas sobre suelo firme. Cuando le propuse vender sus sesenta metros cuadrados de habitabilidad y mudarnos a mi casa a ras de cielo, el mundo se le cayó encima como un bloque de hormigón. Al principio rehusó mi propuesta amablemente alegando razones de poco peso, que pronto se vieron eclipsadas por otras muchas con las que contraataqué sin dejarle tiempo de reacción. Estaba claro que saldríamos ganando con el cambio. Mucho más espacio, menos gastos de mantenimiento con una sola vivienda, más próximo a cada uno de nuestros trabajos y en una zona de mucha vida cultural. Este último argumento fue el que terminó de inclinar la balanza a mi favor. Las primeras semanas le costó habituarse, se sentía frágil allí arriba. Yo, por el contrario, me sentía poderosa cada vez que me asomaba y veía al mundo envuelto en rutinas desde mi terraza. Yo podía controlarles a todos como si fuesen marionetas y ellos ni siquiera eran conscientes de que les estaba observando alguien desde las alturas. Le recomendé a Marcos que fuese a un psicólogo para tratar su fobia y no lo dudó ni un segundo. La terapia a la que se sometió iba surtiendo su efecto y se le veía cada vez más confiado. Pronto comenzó a acercarse a las ventanas y a moverse por la terraza como un pez en una pecera, libre y seguro de sí mismo. Un día le encontré limpiando los cristales asomando medio cuerpo fuera de la ventana sin preocuparle que estuviese en un décimo piso, entonces supe que estaba preparado para una aventura un poco más extrema, de esas que quitan la respiración. Sería un gran regalo de aniversario que ambos recordaríamos.

Le insté a continuar y no mirar hacia abajo. Estábamos en una de las partes horizontales del itinerario, atravesando un estrechísimo puente colgante. Las vistas de la cadena montañosa eran espectaculares desde esa perspectiva, por suerte no había nada de niebla por lo que la panorámica era de un nítido sobrecogedor. Marcos tenía el rostro congestionado y se estaba poniendo violáceo. Me acerqué a él con intención de transmitirle un poco de valor para afrontar la segunda mitad de esa vía asesina, como la había empezado a denominar él a penas empezar la ruta, pero no se dejó. Me pidió por favor que no le tocase. Estaba paralizado, temblando, con un ataque de pánico que le impedía pensar con claridad. Sentía el corazón desbocado, como si quisiese salir huyendo por su garganta pero la sequedad de ésta le impedía la escalada. Como no me permitió el acercamiento físico, le abracé con todas las palabras de cariño que se me iban ocurriendo, tratando así de evadir esos temores que le impedían continuar. El resto del grupo nos llevaba la delantera.

De pronto, sin darme tiempo casi a reaccionar, Marcos se giró sobre sí mismo y empezó a correr en sentido contrario. Su miedo le cegaba la razón y le llevó a cometer una tontería. Justo cuando alcanzó el principio del puente, se liberó de su arnés, junto con el disipador de energía y del casco, que probablemente le estuviese agobiando desde que iniciamos la aventura. Grité su nombre varias veces pero hizo caso omiso de mi llamada que regresaba con eco a lo largo del desfiladero. Vi como alcanzaba la pared vertical de roca que nos había conducido hasta el puente y comenzaba su ascenso descontrolado asiéndose a las grapas de acero con destreza. Estaba fuera de sí. Me sentí incapaz de ir tras él, estaba aturdida, expectante, desconcertada ante su reacción pero no quería perderle de vista. Notaba una amenazante arritmia golpeándome el pecho desesperada. Cuando estuvo próximo a la cima, observé como su pie derecho se resbalaba del escalón metálico haciendo que perdiese el equilibrio. Ahogué un grito desgarrador y sentí que las piernas me flaqueaban.

Marcos intentó aferrarse a la vida con fuerza, luchando por volver a encontrar un punto de apoyo, pero el peso de su propio cuerpo se convirtió en un lastre que no pudo controlar y sus manos se soltaron de la última grapa de la roca. Sólo entonces, cerré los ojos incapaz de seguir mirando…

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