Roxanne

pintalabios-rojosAbrí los ojos muy despacio y dejé que la realidad de un nuevo día penetrase en mí. La claridad que invadía el cuarto me abrasaba las pupilas y me regalaba escenas de una realidad que no alcanzaba a comprender. Intenté aclarar mi visión frotándome con las manos pero una especie de lazo de seda las tenía prisioneras contra el cabecero de forja de una cama que me resultaba muy ajena Miré a mi alrededor desconcertado, tratando de ubicarme y de recordar la razón de mi peculiar cautiverio. Sentía la boca pastosa y mi lengua trataba de recuperar su movilidad con perezosos movimientos entre mis dientes. Un fuerte dolor de cabeza oprimía mis escasos razonamientos y el potente sol de la mañana intentaba borrar con fuego todas las pistas que podían ayudarme a aclarar mi estado.

Estaba solo en una cama impregnada de perfume, completamente desnudo, atado y desconcertado ante la ausencia de una explicación racional. Sentí una inexplicable mezcla de lástima y vergüenza de mi mismo y traté de neutralizar ese repentino ataque de pudor que me asediaba, cruzando las piernas. Una arcada despertó mi adormecida garganta. No quería vomitar en ese lugar, así que intenté reprimirla tragando la poca saliva que fui capaz de segregar.

La habitación guardaba un silencio peculiar, como tratando de ocultar todas esas historias de las que fueron testigo sus cuatro paredes. Estaba decorada con un gusto ecléctico y tan hortera que me provocaba incredulidad. Reparé en una cómoda de estilo colonial, justo enfrente de la cama. Sobre ella yacían inertes, una bata de encaje rojo, una caja redonda de colorete, una barra de labios abierta mostrando un rojo sangre desgastado por su uso abusivo y un puñado de billetes de cien.

Mis tímpanos captaron un ruido de tacones, parecía subir unas escaleras de madera y aproximarse por el pasillo. La puerta de la cárcel en la que me hallaba se abrió con sigilo y tras ella, asomó un rostro blanquecino de ojos grises que se clavaron en mi piel como puñales.

En ese instante comencé a recordar fragmentos desordenados de un intenso encuentro entre sábanas de satén y lencería descarada. La recordé paseándose por mi cuerpo de norte a sur, sin censuras, sin complejos, sin fronteras ni límites.

La amé desde el momento en que la conocí, lo recordé al sentir de nuevo su felina mirada recargada de rimel sobre mí. Las escenas que habíamos compartido hacía tan sólo unas horas, se proyectaban en mi mente con nitidez.

Me guiñó un ojo y depositó un vaso de zumo en la mesita de mi derecha. Se sentó sobre la cama e inclinó su cuerpo hacia el mío. Sentí su lengua fría alrededor de mi ombligo mientras un escalofrío eléctrico me invadía de pies a cabeza. Lancé un gemido de placer al viciado oxigeno de la habitación y ella me sonrió con una mirada infectada de ternura. El carmín de sus labios selló mi carne con deliciosas manchas rojas, que tardarían en borrarse de mi memoria.

Se acercó al cabecero de la cama y suavemente liberó mis muñecas de esos lazos que vulneraban mi libertad. Luego se levantó, se acercó a una silla próxima a la ventana y me trajo mi ropa. Decidí que quería seguir jugando y prolongar la noche durante todo el día, pero Roxanne me dijo que otro cliente la esperaba. Me sentí despreciado por una mercancía a la que ya no tenía derecho y celoso por saber que otro hombre ensuciaría su piel con obscenas caricias por un puñado de billetes. No quería compartirla con nadie más. Mis promesas de amor eterno se escurrían entre mis dientes y ella, incrédula, repetía que no podía quedarme más tiempo. Intenté apartarla del camino que había tomado por error una tarde, de esos largos días de insomnio por mala conciencia. Le aseguré que a mi lado jamás tendría que volver a vender su cuerpo a la noche, ni dejarse vejar por un mundo que no la comprende ni la merece.

Llamaron a la puerta con insistencia. Una voz femenina distorsionada por el alcohol y el tabaco, repitió un par de veces el nombre de Roxanne y tras una breve pausa, añadió que su cliente comenzaba a impacientarse y si se cabreaba, tendría un servicio , probablemente, mucho más que desagradable.

Roxanne consultó su reloj de pulsera y se perdió entre los segundos de una vida que carecía de sentido. Estaba algo nerviosa y yo no cejaba en mi empeño de persuadir sus sueños de ser libre con todos los argumentos que iba improvisando. Quería que se convenciese de que su futuro no estaba bajo esa luz roja, ni en sus vestidos de saliva de gente a la que no conoce. Finalmente, eché mano de mi cartera y extraje de ella un par de billetes de cien. Te compro las próximas horas de la mañana, le propuse. Si cuando tu reloj marque las doce, sigues pensando que no merezco la pena, no volveré a molestarte más. Ese era mi reto, intentar enamorarla en unas horas. Enseguida supe por su expresión, que el objetivo estaba a mi alcance.

(Basado en el clásico  “Roxanne” The Police)

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