La mañana dormida

charco1wdTodavía podía respirarse la oscuridad así que… inhalé lo más hondo que me permitió mi capacidad pulmonar y me lancé a la calle en busca de esa paz que todos perdemos alguna vez, ya sea queriendo o sin querer. Juraría que la mía se extravió en el cajón de mis recuerdos cuando rebuscaba entre los anhelos y las escasas metas que alcancé. Quizá por despiste, quizá por dejadez pero, cuando necesité aferrarme de nuevo a ella, no la encontré donde la dejé la última vez que me tendió su mano desinteresada, sin preguntas, sin reproches, sin nada más que una sonrisa dibujada en un rostro que ahora no recuerdo. Siempre estuvo ahí, expectante, relajada, dispuesta a dar un cobijo gratuito sin previa solicitud y a enterrar las pesadillas que reclaman un hueco en la vida de todos cuantos se dejan caer.

Necesité salir de mi pequeño refugio, donde los días carecen de segundos y las noches se vuelven eternas, donde la fragancia de las inquietudes impregna su perímetro de forma perenne. Con el poco convencimiento de quien se cree dueño de un argumento erróneo, divagué hasta la epidermis de mi soledad y asomé mi nariz saturada de malos humos para respirar la libertad más temprana, esa que te activa desde lo más profundo de su esencia y te da la dosis exacta de valor para enfrentarte a la monotonía de una jornada carente de emociones. Recorrí las venas de una ciudad a punto de despertarse, cuando el silencio susurra sueños como si fuesen caricias que apenas notas. Es muy fácil dejarse arrastrar por el frescor de un amanecer perezoso al que le cuesta tanto arrancar, pero más sencillo resulta, si creemos que nunca lo hará.

Las aceras empapadas con las lágrimas de una noche triste discurren entre los viejos edificios de hormigón y se convierten en prolongaciones de mi propio yo. Serpentean sigilosas entre los escasos álamos que pueblan el horizonte y se ocultan entre los trazados de circunvalaciones diseñadas por nuestros propios miedos. Una luna medio llena se difumina en un cielo que dio a luz lluvias intermitentes y ahora está preñado de un sol radiante y prematuro. A lo lejos se divisan las perspectivas, los puntos de vista, los ángulos con que debemos enfocar las situaciones cotidianas y deseamos darles caza, como si fuesen presas fáciles, con cualquier arma y a cualquier precio, aún sabiendo que no los necesitamos porque en nuestro interior tenemos la llave para entenderlo todo.

Cerré los ojos para sentir el frío penetrando en mi traquea y no los volví a abrir hasta que exhalé el último mililitro de oxígeno. Todos mis sentidos abrieron los ojos a una mañana remolona de domingo, donde los paseos se vuelven costumbre y las rutinas faltas de plan. Sorteé cada piedra, cada escalón y cada desnivel de un camino que se hacía cuesta arriba. Un ascenso de obstáculos que me dificultaron la búsqueda con la destreza de quien conoce mis puntos flacos, pero la torpeza de quien no los encuentra porque los he cambiado de lugar por esta vez. Sentí muy cerca su calor lejano, su olor a nada podía palparse en la dirección que decidí tomar y su presencia me devolvió la calma en porcentaje suficiente para pararme y tomar asiento. Saboreé cada rincón de ese proyecto de festivo como si fuese el último suspiro, dejando que me arropasen sus minutos en un intento de sentirse útil y así fue como poco a poco relajé los parpados y me dejé morir una fría mañana de febrero.

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