Muñeca de trapo

20070113190049-se-me-acabaron-los-susurrosLa noche va madurando poco a poco a base de horas muertas y sueños tontos. Ramón, que lleva despierto desde bien entrada la madrugada, se imagina a sí mismo como protagonista de una vida que nada tiene que ver con la suya y esto le incita a esbozar una sonrisa fingida, como si con ello pudiese aliviar la pesada carga que soporta día a día por sus erróneas decisiones. Desde que se aventuró a convertirse en su propio jefe, todo le está saliendo del revés. Se frota sus ojos cansados, más por la fatiga que por la edad, consciente de sus profundas ojeras. Su garganta emite un bostezo como síntoma de un sueño que ha optado por rechazarle de nuevo. La librería no hace más que proporcionarle quebraderos de cabeza, insomnio y una anorexia económica para la que no encuentra terapia efectiva. Las ventas caen en picado, los proveedores tardan en servirle por falta de pago y los clientes se aferran a la absurda idea de ahorrar en época de vacas flacas. El mercado sin consumo jamás podrá reactivarse y esa pescadilla que se mordisquea la cola porque no tiene a qué ni a quién hincarle el diente, es el personaje principal en sus pesadillas recurrentes. Para colmo de sus males, Claudia le ha sentenciado a muerte durante la cena al anunciarle que se va de casa llevándose a la niña; se va con un nuevo rico de las afueras que la conquistó a golpe de talonario y una amistad ficticia que solamente ella se cree. Nota que se le humedecen los ojos, más por impotencia que por pena. Ya no quedan resquicios de ese amor que algún día sintió por Claudia pero separarle de su niña le hace trizas el corazón. Observa el hueco vacío a su lado en la cama y con cautela alisa la sábana cubriendo ese espacio inerte y abandonado que fue cómplice de un pasado de torpes caricias y falsos orgasmos. Claudia duerme en la habitación de invitados, con las maletas listas para embarcar sin demoras en esa nueva vida que le han prometido.

Ali está triste; se niega a sonreír. Su mamá le ha dicho que tienen que mudarse a una casa más grande con piscina pero que papá debe quedarse porque a su amigo Raúl, el dueño de la casa, no le cae bien. No entiende por qué habiendo más espacio, tienen que prescindir de alguien al que adora y por qué a ese señor, al que a penas conoce y que pretende hacerse el simpático sin conseguirlo, no le gusta papá. Ali no quiere irse a otro hogar, ni tener que soportar a un señor que sólo sabe arrancarle un beso a base de sobornos en forma de regalos. Ese hombre tiene otro hijo; un adolescente de pelo rubio y ojos claros con la cara plagada de granos y una educación de dudosa procedencia. Raúl siempre se está quejando de sus pésimas notas, de sus contestaciones rebeldes y de alguna travesura que protagoniza ese niño. Se lo cuenta a su mamá en el parque y ella le excusa basándose en las hormonas del mocoso y en la falta de una figura materna que le meta en cintura. Ali cree que harían falta mil mamás para enderezarlo por el buen camino. Su papá se quedará solo y muy triste sin su compañía y encima su mamá también le ha dicho que Buddy se irá con ellas, que hay un gran jardín en la casa por el que podrá correr y jugar. Es un perro muy listo y necesita hacer ejercicio cada día. Su papá le llevaba a correr con él todas las noches antes de cenar. También le echará de menos. Ali no puede comprender porqué la vida no puede seguir igual que siempre, con su papá y su mamá juntos, su mascota Buddy correteando por el pasillo y con su pequeña habitación rosa donde guarda las muñecas de trapo que le regaló la abuela y donde hace tiempo papá le pintó tres mariposas en la pared para que velasen sus sueños de princesa.

La noche insomne da paso a una templada mañana de domingo. Claudia prepara su equipaje y lo coloca al lado de la puerta junto con el de Ali. Ramón escudriña en su interior las razones que le han llevado a esta situación, mientras finge un exagerado interés por la sección de deportes del periódico. Una taza de café humeante trata de darle un empujón matutino para afrontar un adiós del que reniega. Claudia le ordena a Ali que bese a su padre y para mitigar su aflicción, le hace promesas que sabe que no cumplirá. Ramón, desbordado, abraza con fuerza a ese proyecto de persona que le mira con ojos vidriosos. Intenta recomponerse y besando sus mofletes de uno en uno, le regala una última sonrisa de padre orgulloso. Claudia le brinda una aséptica mirada y le dice que ya hablarán para arreglar los papeles del divorcio y que todas las cajas con sus cosas vendrá a recogerlas una furgoneta de mudanzas. Al perro se lo llevará la semana próxima, cuando ya estén instaladas en la nueva casa. Culmina esa retahíla de frases sueltas, a las que Ramón no presta la menor atención, con un monótono y frío hasta la vista y se encamina hacia la puerta donde su hija cabizbaja juguetea con los cordones de sus zapatos. Raúl quedó en recogerlas en su Mercedes, pero todavía no ha llegado. Esperan en el portal guardando un incómodo silencio, como si se volviesen dos desconocidas que van unidas de la mano. Claudia se da cuenta de pronto que se ha dejado el teléfono móvil en el piso. Tira de Ali para que la acompañe pero ésta se niega a volver a ver a su padre sufriendo otra derrota. Su madre, resignada, le advierte que no se mueva ni un centímetro de donde está y sale disparada en busca de su olvido. Ali, tan pronto como la ve desaparecer por el vestíbulo, se deja caer en uno de los tramos de escaleras de piedra que flanquean el viejo edificio que alberga su verdadero hogar. Está demasiado triste para mantenerse en pie. No le parece justo que su papá se tenga que quedar sólo, sin nadie con quien hablar y sin un beso de buenas noches. Al menos, piensa, mamá ha dejado que Buddy se quede unos días más. Un coche negro se para en la acera irrumpiendo sus razonadas reflexiones. De su interior sale una anciana de pelo canoso y tez arrugada y se dirige con paso firme hacia la niña. En su mano derecha porta una gran muñeca de trapo que ofrece a Ali. Ésta, recelosa, interroga con ojos tristes a la extraña. No está para juegos. La octogenaria le advierte que su vehículo está atiborrado de muñecas de trapo y que le dejará quedarse con todas las que pueda cargar en brazos. Ali, intrigada por esa generosa revelación, decide acompañarla al coche. La puerta de atrás se abre desde dentro y ambas entran, la una intrigada y la otra satisfecha.

Claudia, que había aprovechado para ir al lavabo de paso que recogía su teléfono, abre el portal esperando encontrarse con el flamante Mercedes de Raúl y el cuerpecito obediente de su hija donde la había dejado. En su lugar, una calle desierta le da una bofetada en la cara que la deja paralizada. Su mirada hace un rápido rastreo perimetral de la zona y no hay señales de Ali por ningún lado. Claudia siente que las piernas le flaquean. Está demasiado aturdida como para mantenerse en pie y se deja caer, sin fuerzas, en uno de esos escalones de piedra…

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s