La corbata rosa

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Era la última en salir de la oficina, un estudio de interiorismo ubicado en una céntrica calle de París. Llevaba cuatro años trabajando para un decorador de renombre que poco tenía que ver con un jefe tradicional. Su relación era sospechosamente cordial para tratarse de un nexo estrictamente laboral, si no fuese porque conocía las tendencias de Louis, pensaría que ese pájaro de plumón espeso la estaba cortejando de forma descarada. Todo el tiempo que pasaban codo con codo lo invertían en miradas cómplices, sonoras carcajadas y tormentas de ideas, donde la creatividad fluía espontánea por derroteros inexplorados. Una recepcionista y dos becarios cerraban el equipo humano de ese taller de creación de espacios y ambientes. Trabajar en un sitio como ese resultaba de lo más gratificante y el tiempo se pasaba volando. Verónica nunca se imaginó que le iría tan bien cuando decidió, por un arrebato, abandonar su país en busca de una nueva vida. Al principio, las primeras semanas, veía su futuro negro como el carbón rodeada de franceses arrogantes en un entorno hostil y un clima ligeramente más desapacible que su Sevilla natal. Sin embargo, pronto inició un proceso de integración en todos los ámbitos y el nivel de desarraigo andaluz aumentó despreocupado a medida que su acento francés se iba haciendo más natural.

Ese viernes le tocó cerrar el negocio porque había decidido quedarse un poco más para ultimar un proyecto que debía entregar el lunes. Se trataba de un piso abuhardillado de 200 metros cuadrados, propiedad de una reciente viuda que pretendía redecorarlo por completo para regalárselo a su hijo menor. Éste, iba a contraer matrimonio y a ella le pareció un estupendo regalo de bodas facilitarle su primer nido de amor. Estaba dando las últimas pinceladas al atrezzo con que daría mayores volúmenes al salón, cuando su móvil le anunció con una leve vibración que tenía un mensaje. Se lo acercó mecánicamente y deslizó su dedo índice por la pantalla para dibujar su mapa de desbloqueo. Accedió a la notificación y leyó: «llevaré una corbata rosa». Su rostro reflejó una mueca de incredulidad mezcla de asombro y confusión. Sus dioptrías recorrieron la pantalla en busca del autor del mensaje y observó que se trataba de un número que su agenda desconocía. Estaba cansada de tantas horas frente al ordenador, así que decidió hacer un pequeño receso en sus divagaciones creativas, para mostrar su total conformidad con la decisión que había adoptado ese remitente despistado. Todavía hoy no es capaz de explicarse por qué contestó a un mensaje que claramente no iba para ella. «¡¡Buena elección, es un color muy favorecedor!!» tecleó en la pantalla táctil de su móvil con una sonrisa que le despejó un poco su hemisferio artístico. Apoyó el teléfono en la mesa y respiró profundamente. Tenía el cuello agarrotado y las cervicales se resentían al girar la cabeza a ambos lados. Realizó una serie de ejercicios de estiramiento para desentumecer sus rígidas articulaciones y se dispuso a terminar el trabajo cuanto antes para autoregalarse una gran cena monodósis de tupperware, que su amiga y compañera de piso Anette le cocinó antes de irse a trabajar en su turno de noche. Pasaría una velada tranquila y relajada. Era probable que después de cenar viese algún trozo de alguna película hasta que la gravedad venciese sin mérito a sus pesados párpados. Posó su mano sobre el ratón y movió el cursor a través de un salón en 3D casi terminado. Con esa nueva herramienta informática, los proyectos se materializaban en mucho menos tiempo. Eran cerca de las nueve de la noche cuando Verónica apagó su portátil. Recogió su bolso, enrolló su proyecto impreso para poder echarle un vistazo durante el fin de semana y decidir si hacer o no alguna modificación de última hora antes de presentárselo a la clienta, apagó las luces del local y se adentró en la jungla urbana. Llevaba cuatro pasos andados cuando su móvil vibró de nuevo en la palma de su mano derecha. Lo extrajo del bolsillo del abrigo y visualizó la pantalla. Era otro mensaje del remitente despistado respondiendo al suyo. «Me encanta que te guste… se me ocurre otro uso de esta prenda que quizá pueda interesarte, jajaja… Estaré a las 11 donde hemos acordado, no tardes». Verónica se sorprendió con una risa maliciosa dibujada en su cara. «Así que… don despistado quiere juguetear esta noche con su presa!!» —pensó para sí en voz alta, consciente de que la gente con la que se cruzaba por la calle podía tacharla de loca. Introdujo la mano en su bolso y rebuscó entre los miles de objetos que lo habitaban hasta que dio con un paquete de Marlboro. Se encendió un cigarro y como la tentación era demasiado fuerte, volvió a responder al mensaje. «Mmmm… ¿qué me propones? Soy demasiado joven para ciertas experiencias… Ese pub es muy ruidoso» —quiso saber la parte más juguetona de Verónica, le intrigaba saber si era alguien de su misma ciudad. La respuesta la obtuvo de inmediato, dio una profunda calada al pitillo y llenando sus pulmones de humo leyó: « Jajaja… te noto muy curiosa hoy, Anna. Estoy deseando que nos veamos en persona por fin… El Mónty´s no es nada ruidoso, ya te dije que para una primera cita te llevaría a un lugar tranquilo para poder charlar»

Verónica despertó de pronto de su fantasía al leer el nombre de Anna. Ella no era la destinataria real de esos mensajes, sin embargo, conocía un Monty´s cerca de su apartamento, podía acercarse en busca de alguna corbata rosa, quizá se trataba de ese lugar y podría así saciar su curiosidad. Enseguida espantó esa idea de su cabeza por absurda, probablemente hubiese mil bares con ese nombre repartidos por toda la geografía del mundo. Recordó que su plan de viernes noche consistía en una cena recalentada, un sofá de tres plazas vacío y media película de Woddy Allen tal vez, últimamente se le había dado por descargarse legalmente toda su filmografía. El despistado que por error estaba escribiéndole, no tenía ni la menor idea de que sus mensajes estaban siendo interceptados por otra mujer. Meneó la cabeza en señal de desaprobación por su irresponsable comportamiento y decidió abandonar la diversión. Sopesó la idea de enviar un último mensaje advirtiendo al desconocido del error pero decidió dejarlo correr, ya se daría cuenta de la equivocación por sí mismo. Puede que fuese un chico de su edad o quizá fuese un sesentón hambriento o una mujer que viste elegante y moderno con corbata. La cabeza le daba mil vueltas mientras su cerebro barajaba todas las combinaciones que se le podían ocurrir con los datos que había obtenido. «Lo más probable, —pensó— es que se trate de una cita a ciegas, todo indica que estos dos no se han visto antes». Lo cierto es que cuando Verónica leyó esos mensajes, sintió una extraña sensación de complicidad y cierta atracción inexplicable por ese remitente desconocido que le proponía una cita.

Se vio a sí misma estrujándose los sesos con una historia de la que había sido partícipe por un fallo técnico y sintió pena por su escasa vida social. Su trabajo, últimamente, la absorbía demasiado y ella se dejaba sin oponer resistencia, en el fondo, se sentía a gusto refugiándose en sus proyectos.

Iba a entrar en el metro dispuesta a disfrutar de su viernes noche en soledad cuando un nuevo mensaje asaltó su bandeja de entrada. «Espero que te gusten las rosas… un beso, preciosa». A Verónica, como a la mayoría de las mujeres, le encantaban las flores pero sobre todo las rosas. Desde muy niña decidió hacer de esta flor su favorita. La disposición de sus pétalos, su aroma y la cadena irregular de espinas sobre su largo tallo le resultaban irresistibles. Embriagada por esas últimas letras, contestó: «Adoro tanto las rosas como el sonido de mi móvil cuando me anuncia un mensaje tuyo». Nada más pulsar la tecla de envío, el arrepentimiento le dio un azote tan fuerte que hizo temblar los cimientos de su buena fe, así que se adentró decidida en la boca del metro rumbo a su solitario hogar para poner punto y final al jueguecito antes de que se le fuese de las manos. El andén estaba repleto de ruidosas personas esperando al tren, pero Verónica caminaba paralela a la vía sintiendo una soledad abrasadora. No veía a nadie más que a su propia sombra reflejada en la pared y no escuchaba nada más que el murmullo de sus propias fantasías imposibles.

La línea seis inició su entrada en la estación con un estruendoso traqueteo que aturdió sus tímpanos y la vida se volvió borrosa por un instante.

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