La corbata rosa II

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El teléfono vibró nuevamente iluminando toda la pantalla del último modelo de iphone. «Adoro tanto las rosas como el sonido de mi móvil cuando me anuncia un mensaje tuyo» —leyó David mientras una sonrisa le estiraba tanto los labios que le hizo temer por su integridad. Estaba gratamente sorprendido por las respuestas de Anna, la idea que se había hecho sobre ella era un poco más conservadora y nunca la había notado tan directa y espontánea. Esa nueva parte de su cita a ciegas que estaba descubriendo, justo antes de ponerle rostro, le estaba resultando de lo más tentador y sus ganas de conocerla en persona aumentaban con el paso de los eternos minutos que le separaban de la hora acordada.

El mensaje le había dejado casi sin respuestas, a pesar de que él era una persona que no se callaba ni debajo del agua. Rebuscó entre su repertorio de frases que utilizaba para ligar cuando salía de caza con sus amigos, pero todas le parecían demasiado vulgares para ella. Pensó durante unos minutos y finalmente escribió: «Vaya, me has dejado sin palabras y eso ha hecho que mis ganas de verte aumenten, seguro que eres tan hermosa por fuera como veo que lo eres por dentro. No puedo esperar más…». Se miró en el espejo del baño; éste le devolvió una imagen de un cuarentón rejuvenecido, todavía atractivo y con un aspecto radiante. El deporte que había estado haciendo durante los últimos meses le había definido una figura que se negó a echar a perder por un pequeño bache emocional. El traje negro le sentaba como un guante y la corbata rosa, que resaltaba sobre el fondo blanco crudo de la camisa, le daba un toque desenfadado y le restaba seriedad. Estaba muy satisfecho con el resultado de su puesta a punto, sin embargo, una duda le hizo sopesar si había pecado en exceso. No era más que una cita con alguien que había conocido en un foro de economía y el bar que había escogido para la primera toma de contacto no destacaba por su elegancia, quizá se había arreglado demasiado. Se dirigió al espejo de su armario para ver su obra completa y tras un a minuciosa inspección ocular del conjunto y una vuelta sobre si mismo, se convenció de que la ocasión lo merecía. Además, solía vestir de traje por lo que estaba muy cómodo. Volvió al cuarto de baño y se roció con una lluvia intensa de Dior, poniendo así el broche final a su ceremonia de acicalamiento personal. Consultó su reloj de muñeca; faltaba casi una hora para las once, así que se sentó un rato en el sofá de su salón y encendió el televisor para navegar sin rumbo por los canales, en busca de algo interesante e instructivo que le distrajese de sus pensamientos y despistase, al menos por un momento, ese hormigueo que bailaba desbocado en su estómago. Había cenado muy poco, la emoción que sentía le embargaba hasta el punto de ahuyentar su apetito e impedirle ingerir la cantidad habitual.

Verónica salió del metro echando chispas y maldiciones por todos los codazos y pisotones que recibió durante el trayecto. Se prometió que en cuanto ahorrase un poco, se compraría por fin ese coche que tanto necesitaba para ir al trabajo. Así se evitaría las aglomeraciones, los malos olores, las agresiones sin querer y los retrasos frecuentes de este medio de transporte. Sería un paso más en aras de su independencia y un activo más en su cuenta de pérdidas y ganancias particular, aunque un vehículo fuese una inversión que no produce beneficios. Extrajo el móvil de su bolsillo para consultar la hora y sus ojos se clavaron en un pequeño icono que le indicaba que había recibido un nuevo mensaje. Hacía bastante que le había llegado, quizá al poco de subirse al metro. Rápidamente desplazó la yema de su índice sobre la pantalla dibujando su “Z” de desbloqueo y se dirigió a su bandeja de entrada en busca de una nueva dosis de endorfinas. Un escalofrío recorrió su cuerpo al leer las palabras de “don despistado”, como le había bautizado desde un principio. A pesar de que su mente se negaba a seguir jugando con fuego e inmiscuirse en una historia de la que no formaba parte, su corazón le incitaba a convertirse en la mitad de ese desconocido que vivía en la ignorancia de haber tecleado mal un número. Esa conexión electrizante que dibujaba una sonrisa en un rostro que había dejado de cuidarse, le hacía sentir mariposas en el estómago. Sabía que la situación era insostenible y que pronto, todas las ilusiones construidas a base de una equivocación tras otra, se desmoronarían hasta hacerse añicos y entonces sufriría las dramáticas consecuencias de querer ser la cenicienta de un cuento que no le corresponde. La cordura luchaba contra la locura y como Verónica, si de algo iba pecaba en exceso era de aventurera, decidió dar rienda suelta a sus instintos porque sabía que si no satisfacía su curiosidad, ésta acabaría por matarla.

Pulsó el botón de respuesta y escribió: «Yo también tengo muchas ganas de verte. Estaré en el Monty´s de la calle Prim tan pronto como pueda. Acabo de salir de trabajar. Yo también llevaré algo rosa para que me reconozcas… los labios». Envió su poco meditada respuesta y recorrió veloz, los escasos metros que la separaban de su apartamento para arreglarse un poco. Prefirió asegurarse de que hablaban del mismo bar constatando su ubicación, no le apetecía pasearse por un local en busca de alguien que quizá no fuese ni de su ciudad. Su estómago le recordaba a gritos que estaba sin cenar y ella trató de acallar sus rugidos de felino adulto con un chicle de menta fresca, no tenía tiempo ni ganas de comer nada más. Los nervios y la carrera empezaban a alterar su respiración regular.

David miraba extrañado la pantalla de su terminal. Había un par de cosas que no le encajaban; La primera era que Anna le había dicho que era funcionaria del gabinete de prensa en el Ministerio de economía francés y no tenían horario de tarde. Su incredulidad se disipó con el argumento de un posible pico de producción por el que quizá tuvo que hacer horas extra. Y la segunda, que ya habían quedado en que llevaría un pañuelo verde atado al cuello como señal de identificación, no entendía por qué ese cambio de última hora. La mujer con la que se había estado escribiendo correos durante las últimas tres semanas no era tan impulsiva, se había descrito como una persona muy metódica y de ideas fijas. Harto de elucubrar sin ton ni son, decidió esperar a verla para salir de todas sus dudas y conocerla mejor. Quizá la imagen que tenía de si misma no era la que proyectaba a los demás. Respondió enseguida, pues le gustaba decir siempre la última palabra: «Yo sólo conozco el de la calle Prim, ¿es que a caso hay más Monty´s en París? Jajaja. Buena elección para un carmín, es un color muy favorecedor escribió plagiando las primeras palabras que ella le había escrito—. Me encantas… y también me encanta la puntualidad, ¿recuerdas?»

Verónica no recordaba que su cita “despistada” valorase la puntualidad, evidentemente no tenía por qué recordarlo, jamás habían hablado. Notó su corazón acelerando los latidos por minuto. Se metió en la ducha y dejó que el agua caliente limpiase sus pecados. No es que fuese una persona creyente, pero se sentía algo sucia por estar jugando con el pan de otra. ¿Y si esa otra aparecía? Estaba claro que sabía el lugar de encuentro, pero lo que desconocía era que él llevaría una corbata rosa, lo que indicaba que no se habían visto ni en foto, eso le daba cierta ventaja sobre ella. Puede que la chica le llamase antes de acudir a la cita y entonces él descubriría el pastel. La condensación del vapor de agua inundó la cabina de la ducha y todos sus razonamientos se volvieron borrosos por un instante.

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