El ingrediente secreto

Witch-Hat-BroomDecidí visitar a la bruja de Valmojado a pesar de todas las advertencias, pero… así era yo, un ser tan falto de prudencia como de escrúpulos. No me sentía amilanado por todas esas historias que me contaban sobre ella. La voz de mi inexperiencia se pronunció en contra pero la desoí y opté por estacionar mi coche en la entrada de la finca y recorrer a pié los escasos cien metros que me separaban de su guarida de ladrillo caravista y teja árabe. La destartalada Mansión pedía a gritos una reforma completa, pero la propietaria parecía estar a gusto viviendo en tales condiciones de insalubridad arquitectónica, rodeada de espesos matorrales y malas hierbas.

Me planté en la puerta e hice sonar el timbre dos veces. La puerta se abrió y tras ella, un joven de cuerpo atlético me sonrió mostrando una dentadura perfecta. Le indiqué mi propósito y, sin perder ni un segundo, me hizo pasar y me guió por un complicado entramado de pasillos hasta llegar a una habitación de paredes negras. En el centro había un gran sofá redondo de cuero rojo sobre el que descansaban dos mujeres, tan entradas en años como en carnes, y una pareja de adolescentes enamorados que se regalaban furtivas caricias cuando creían que nadie reparaba en sus impúdicas manos. La estancia estaba decorada con minúsculos cuadros de temática satánica a todo color y un gran acuario con peces negros de distintas especies que me producía escalofríos. De pronto se abrió de golpe la puerta que daba acceso a la habitación contigua, de su interior salió otro joven de torso desnudo que me hizo una señal para que entrase. Le miré como quién mira un plato repleto de comida sin apetito y me levanté con mi maletín y muchas ganas de terminar mi jornada.

Me encontré en una gran sala de columnas egipcias y suelos de mármol blanco, un escenario de lujo en contraste con el exterior. Al fondo había una gran piscina redonda de agua termal que descendía en cascada de un lado de la pared. En su interior nadaba desnuda una mujer de cabellos dorados y ojos color miel. Era de una belleza tan frágil que la saludé con un hilo de voz procurando no romperla. Deseaba evitar despertar de esa ensoñación que me atrapaba la razón y empañaba mi realidad con el vapor de su aliento. Ella me sonrió complaciente y me preguntó el motivo de mi visita.

Tengo estómago de hurón, morros de nutria en celo, ancas de rana roja, criadillas de conejo tuerto, hierba mala de Oregón, gusano de mar, bigotes de cobaya ciega, semillas de guindilla chilena, huevas de erizo del mar báltico, plumas de cuervo huérfano… —enumeré casi sin respirar, en un intento por deslumbrarla con mi gran surtido de ingredientes para pociones mágicas.

Sus carcajadas resonaron entre las columnas y llegaron a mí de nuevo, en forma de bofetada. No pretendía hacerla reír, tan sólo quería fardar y a la vez cerrar una venta para que no me echaran. Llevaba ya dos meses como comercial de “Pócimas Anónimas S.A.” y no había logrado vender ni una pata de conejo viejo. Me sentía ridículo.

Al ver mi reacción, Sidonisa salió del agua y me abrazó con fuerza en señal de disculpa. Su húmedo cuerpo empapó toda mi ropa en una invitación a perderme entre sus curvas. La miré hipnotizado y anhelé aproximar mis labios a su jugosa boca. En un arranque de valentía, la besé.

Un fuerte ruido de motor me sobresaltó en mi nenúfar espantando mis recuerdos. Un coche se paró al borde de la charca y de él se bajó una mujer regordeta de unos sesenta años, con malas pulgas y labios pintados a ciegas. Su maraña de pelos quemados por el sol y el tinte, parecía un nido de pardales. En su mano derecha portaba un colador gigante y en la otra, un bote de cristal. Me lancé al agua tan pronto como fui consciente de sus intenciones, pero ella era muy hábil con ese artilugio y, en un descuido, me vi prisionero en una cárcel de cristal con tapa de aluminio.

Estas ancas de rana me vendrán de perlas para mi poción; con esto no fallaré y por fin Leonardo será mío —se prometió la bruja satisfecha con su botín.

Para pasar de ser un vendedor de productos de recetas mágicas a ser el propio ingrediente secreto, sólo hace falta besar a una bruja bella —pensé resignado.

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