El trofeo impotente

Subasta-Estatuillas-Oscar

Como cada mañana de sábado, Lorenzo se deja acariciar paciente por la brisa marina. Esta vez sufre las inclementes temperaturas de un verano prematuro que le abrasa la piel. Está bastante sudado y ese golpe de frescor oceánico sobre su cara maquillada, se convierte en agua bendita para él. Lleva casi dos horas de pie en una solemne postura y sus castigadas articulaciones empiezan a resentirse.

Por el rabillo del ojo observa como un pastor alemán, que corre desbocado por el paseo de la playa, se aproxima a una velocidad contra la que su dueño no puede competir. Lorenzo teme el desenlace. Aunque le ha pasado otras veces, no termina por acostumbrarse a esos canes, carentes de todo tipo de modales, que le dejan una líquida propina en su cestillo para monedas. El perro llega hasta su posición y comienza a olisquear su perímetro en busca de aromas que descifrar con su hocico. Antes de que su amo le dé caza, el maleducado chucho levanta su pata derecha y evacua sobre los tres euros con sesenta y cinco céntimos que Lorenzo había conseguido recaudar. Está tentado a renunciar a su hierática postura y pegarle un espadazo en el estómago a ese insolente de cuatro patas, pero el señor que parece su dueño está ya demasiado cerca y le saca medio metro, con lo que Lorenzo se amilana ante las posibles consecuencias sobre su integridad física.

El hombre de dimensiones imposibles e inabarcables y mandíbula sobresaliente, echa mano de su perro con un gesto poco o nada amistoso y baja la cabeza ante Lorenzo a modo de disculpa.

Disculpe, lo siento muchísimo —entona avergonzado por el regalo que le ha brindado su mascota,mientras extrae su cartera del bolsillo .

Lorenzo no puede evitar su irritación, pero trata de disimularla con la profesionalidad que le ha llevado a ser una de las mejores estatuas humanas del paseo. Convertirse en galardón de los Oscars de Hollywood, no era de las ideas más brillantes pero su inmovilidad absoluta era digna de admiración. Parecía hecho de auténtica aleación de estaño chapada en oro.

El robusto hombretón rebusca en el compartimento de los billetes de su cartera y pellizca entre sus dedos dos o tres billetes que deposita en el cesto bajo los pies de Lorenzo. Antes de irse mira fijamente a los ojos de Lorenzo esperando encontrar su perdón y al comprobar que éste ni se inmuta, decide alejarse por el paseo.

El cesto rebosa una ganancia que Lorenzo puede apreciar desde su posición. Si sus ojos no le engañan, el generoso desconocido le ha resarcido con cuatro billetes de cincuenta euros por los daños y perjuicios. Es mucho más de lo que ganaría en todo el fin de semana, así que decide premiarse con un merecido descanso en el chiringuito y aliviar su calor con un refresco bien helado. Se disponía a bajar de su pequeño pedestal cuando una pareja de gitanos de unos quince años le asaltan por la retaguardia. Uno de ellos, el más alto y moreno, aprieta algo que parece una navaja contra su costado mientras le sugiere que no le conviene moverse. A Lorenzo se le paraliza también el corazón del susto y como puede, retoma la posición de la ansiada estatuilla por tantos actores y obedece las órdenes de ese violento mocoso, mientras el más pequeño procede a recoger con rapidez toda la recaudación del cesto. Una vez limpio de dinero, porque de orines sigue manchado, el gitanillo sale a la carrera a la máxima velocidad que le permiten sus anoréxicas piernecillas. El otro permanece apuntando con su arma blanca a Lorenzo que, al borde de un ataque de nervios, se le ha dado por rezar. Nunca ha creído en nada, pero es su primer asalto a mano armada y el miedo le lleva a actuar de manera más espiritual que racional.

Cuando el pequeño está bien lejos de su alcance, el que le tiene doblegado en contra de su voluntad, le amenaza con repetir su visita si les denuncia a la policía o si va tras él. Lorenzo siente como la presión del arma disminuye contra su piel y en menos de lo que tarda en parpadear, el joven se pierde entre la gente por el paseo llevándose además de su dinero, su dignidad. Lo único que puede recoger ahora Lorenzo del saco de las monedas, es un puñado de impotencia que le va a amargar el resto del día y parte de su existencia.

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