El placer de la calma

té-de-invierno

Su aroma dulzón se va desdibujando en el ambiente y sus matices de hinojo y frambuesa buscan el apareamiento repentino con mi perfume. Esa delicada y sensual caricia en mi paladar se traduce en infinitos torbellinos de placer infinito. El humeante recuerdo de su ardiente voz me susurra fragantes poemas que me elevan a escasos pero liberadores centímetros del suelo. Entro en un estado de semiinconsciente plenitud. Cerrando mis ojos, observo mi vida pasar como si fuese una nube que va adoptando diversas y originales formas. Mi respiración se vuelve invisible y apenas alcanzo a percibir su ritmo. Sé que sigue ahí a pesar de su borrosa presencia porque mi corazón sigue latiendo aún sin tener por quién. Me dejo arrastrar por esa marea de sensaciones. Mi cuerpo flota en brazos de una calma infinita que no hace preguntas y no espera respuestas; que sabe a besos robados en callejones muertos; que se retuerce entre orgasmos inesperados; que vuelve a caer una y otra vez en las redes de ese amor eterno y que se derrite al calor de un abrazo que jamás termina.

Me gusta el sabor de casi todas las infusiones; creo que la piña colada es de las pocas que producen arcadas en mi inexperta vocación de catadora de brebajes espirituosos. Mis papilas gustativas ponen cara de haber chupado un limón al roce de esa fruta tropical. No sé por qué pero no puedo evitar esa aversión hacia la piña, podría ser fruto de una mala experiencia sensorial de un pasado que no tengo presente o quizá, sencillamente, que no me agrada esa presencia de sabor acaramelado en los puntos críticos de mi lengua.

Es casi una tradición impuesta desde mi más tierna infancia; después de comer siempre me daban una de esas tisanas de texturas confusas y variopintas con fragancias evocadoras de sueños alcanzables. Era un momento de calma, de reflexión en estado puro, de deleite totalmente familiar e íntimo. Ver como el azúcar, de acentuado bronceado, se ahogaba en mi taza de porcelana blanca era toda una experiencia que me hacía no perder detalle de ese dulce suicidio. Se había convertido en un ritual para mí y para mis sentidos del que no pude privarme.

Mi abuela Nora me enseñó a distinguir un buen Té de todos los mediocres aspirantes que pululan por los mercados de especias. Camuflados entre las ofertas y los condimentos que visten de secreto a las mejores recetas se encuentran esos sacos de hoja seca minuciosamente recolectada. No hay más que oler un puñado en tu mano para captar la esencia de su origen; son los brotes más tiernos de la plantación desechando las hojas viejas que influyen negativamente en su calidad; son ejemplos de cultivos a altitudes extremas bajo una fría sensación térmica. Es un crecimiento lento y pausado el que confiere al té un sinfín de sutilezas y aromas. Desde su concepción hasta su distribución, se trata de un cuidadoso proceso de creación que despierta todos los sentidos.

Soy culpable de que mi gato Mauro se haya vuelto adicto a la tila con melissa y hierbabuena. Le encanta lamer, a su ritmo felino, los posos de mi taza. Sus enormes ojos redondos rezuman impaciencia durante mi regocijo digestivo. Esa mirada recelosa y atenta me azota la conciencia de dueña responsable y mis momentos de relax disminuyen su duración. El deleite de esos caldos herbales se esfuma de forma prematura en pos de unos minutos de placer gatuno. Resulta extremadamente gracioso verle remojar esos bigotes afilados como lanzas en el resto de la bebida y verle hacer acrobacias en el aire con su áspera lengua alrededor de su hocico. Me pasaría horas concentrada en ese rostro animal que despilfarra raciones de felicidad barata. A veces, un pequeño gesto es mucho más valioso que cualquier vida opulenta y la recompensa de compartir, más grande que cualquier tesoro.

Cuando el día decide ponerse el pijama antes de tiempo y entonar canciones de cuna en un triste Do menor es el momento de abandonarse a las utopías. Todo el mundo debería poder refugiarse en estos momentos de paréntesis al calor de una buena taza de infusión, ya sea en hierba o en grano. Se trata de percibir realidades tangibles que te teletransportan a lugares que sólo existen en tus fantasías, de planear sobre universos de fábula al alcance de cualquier mano. Son pequeñas pretensiones accesibles que hacen de los instantes breves caricias de éxtasis que nadie debería perderse nunca.

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4 comentarios sobre “El placer de la calma

  1. wenas!!

    si te digo la verdad la primera vez que leí el texto terminé la última línea sin saber de qué iba… pero con un buen feeling en el cuerpo importante… y eso es bueno!! xD… es una narración muy “sensitiva”. la trinidad planteamiento-nudo-desenlace es casi inexistente, pero ni falta que le hace! hay un montón de frases y expresiones que son una gozada. puede que en un texto más largo me acabase empalagando. pero presentado así, en forma de tacita de poesía resulta la dosis justa.

    además, ¿sabes qué hago yo cuando me pongo a escribir? asín en plan ritual para ponerme en situación… me hago una tisana!!! ahora mismo tengo aquí al lado una infusión de te negro y frutos turcos, que huele a almendras, como pimienta y algo que no sé lo que es pero está buenísimo 😉

    un saludo, nos leemos
    Sergio Mesa / Forvetor
    http://miesquinadelring.blogspot.com.es/

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  2. 😉 Anda!! me alegro que estés por aquí también!! Gracias por tus palabras… la verdad es que me gusta escribir así, con frases interminables (aunque luego me critique por ello alguno, jeje) pero es que si las acorto perderían su sentido. Si, es algo así como prosa poética! 😛
    A mí también me encantan las infusiones, esa que dices tiene muy buena pinta.
    Ya me pasaré por tu rincón! Un saludo, nos leemos of course.

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  3. Hola Virginia. Está extraordinariamente escrito, es una prosa poética, un tacita de buen escribir como dice Sergio. Yo soy cafetero pero te prometo que mañana le pido a mi madre, ella es muy de hierbas (infusiones se entiende, claro), un té. Lo único, por decir algo, en el primer párrafo aparecen tres infinitos que a lo mejor se podrían reducir. Saludos

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  4. Hola David. Me alegra que te guste. Tienes razón en lo de los “infinitos” (por lo general no me gusta repetir palabras pero me salió así esta vez)
    Yo soy como tu madre, más de hierbas, jajaja. El café mejor… descafeinado 😉
    Un saludo!!

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