El muro

muro

Desperté al tercer día, según dicen las escrituras y contemplé la obra de mi padre: un pequeño murete en la parte trasera del jardín de casa; una complicada y maltrecha creación de ingeniería civil que rompía la estética de nuestro chalet de dos alturas y tejado a tres aguas.

El cemento estaba todavía fresco y podía observarse como la cimentación de esa barrera mística, que separaba nuestra porción de césped de las lechugas de la huerta de nuestro vecino Moisés, estaba hecha con las mismas prisas con las que un eyaculador precoz le pone una capucha de goma a su virilidad.

La visión del conjunto me rompía los esquemas y la resaca que padecía mi amígdala cerebral no ayudaba para nada a la contemplación armónica desde el cariño que puede profesar un hijo único a su padre diabético y aprendiz de viudo precoz. No podía decirse que fuese un experto en ñapas, sin embargo, sus manos mostraban una destreza asombrosa cuando liaba cigarrillos de esos que te hacen cosquillas en la región posterior del cráneo y con los que no puedes parar de reír. A pesar de todo, lo que tenía delante, a escasos cinco metros de mi nariz aguileña y mis ojeras marcadas, no representa para nada un ejemplo de cierre bien hecho. El pobre hombre habría seguido los pasos de uno de esos tutoriales que prometen convertirte en el más mañoso de los manitas pero, según en qué manos y ojos caigan esos videos, pueden transformarse en lecciones procesadas por inútiles con capacidad cero para interpretar instrucciones precisas y, a veces obtusas y un poco confusas.

Me hallaba ensimismado frente esa especie de insulto hacia el Dios de las edificaciones menores, paladeando, con la misma parsimonia con que una vaca rumia una porción de pasto fermentado, esa manualidad de dimensiones atípicas con la que un progenitor ocioso trata de asombrar a su descendiente directo.

Meneé la cabeza a ambos lados en señal de resignación y me dirigí a la cocina, necesitaba una buena dosis de café para afrontar el resto de la jornada. Me preparé una taza extragrande con muy poco azúcar y me adentré en el pasillo que conecta el comedor con la puerta que baja al sótano. Mis pisadas sobre la madera iban dejando un rastro sonoro y crujiente, muy similar al que se emite cuando devoras una bolsa de patatas onduladas, o eso le parecía a mis entendederas de parásito social y universitario fracasado.

Abrí la puerta y bajé los peldaños sin encender la luz. Era una de esas pruebas tontas que a veces me impongo para demostrarme a mí mismo que cada día soy más imbécil. Si me hubiese caído, es probable que primero me lesionase de gravedad con las aristas afiladas de esa escalera de cemento sin revestir y luego me diese el ataque de risa tonta al ver la sangre impregnando mi traslúcida piel de crápula confeso. Allí estaba, desafiando a la resaca con un brebaje compuesto por cafeína y glucosa y una sonrisa bobalicona mientras recordaba ese desastre de la arquitectura. Mi pequeño laboratorio casero me devolvía la mirada mientras me recibía con las probetas, matraces, cristalizadores y vasos de precipitado abiertos.

Me bebí de un trago el resto de la infusión de grano jamaicano que estaba tan concentrada como debía estarlo yo a partir de ese momento. Me desnudé de cintura para abajo y me enfundé en el traje de faena que es como una sauna sin piedras calientes. No es de lo mejor que hay en el mercado, pero me aísla de los residuos contaminantes y de las sustancias tóxicas con las que trato. Manipulo toda clase de ingredientes químicos y de ellos, extraigo un elixir secreto que cristalizado se convierte en la más refinada de las metanfetaminas. Muchos matan por esnifar mi creación y sentir ese puñetazo de adrenalina que deja sin aliento.

Estaba en plena cocción cuando mi móvil me advirtió de que tenía visita; un colega de la Facultad de Medicina que venía a pillar unos gramos para hacerle un regalo a su novia que acaba de licenciarse en Derecho. Le conocí en una fiesta del Campus hace un par de años a través de un amigo común y desde entonces, nos volvimos casi inseparables.

Le dije que entrase por la puerta trasera de la casa que da directamente a mi templo de investigaciones científicas. A escasos tres minutos de su llamada, la envidiable barba de Leo hizo acto de presencia acaparando toda mi atención; era tan tupida y negra que no dejaba ver ni un milímetro de piel y le confería aspecto de leñador salvador de abuelas de cuento.

Nos saludamos al estilo Black Power primero, porque teníamos más conciencia freak que social, y con un abrazo de oso después para demostrar el afecto creciente que germinaba en nuestro mecanismo de bombear sangre.

Me dijo —Mike, amigo, tengo una noticia buena y una mala —.

Mis ojos inyectados en pura cafeína bailaban una danza que era incapaz de controlar. Centré la vista en un punto fijo para no parecer un puto yonkie adicto a los estimulantes líquidos y le dije que disparase la buena nueva primero.

—Mónica está embarazada. —me espetó sin anestesia epidural ni preliminares enfocados a suavizar el fuerte golpe moral. Tragué saliva para intentar digerir el cambio que esa frase de mierda supondría en nuestras vidas. Es curioso que siendo tan afines, tengamos puntos de vista tan dispares sobre lo que son buenas y malas noticias.

—¿Y la mala? —me atreví a preguntar esperándome lo peor.

—Que… hay una especie de trinchera de ladrillos en el jardín que acabo de derribar con el coche. Parece que el cemento estaba fresco aún y no ha soportado el leve roce del parachoques. —informó rascándose la coronilla y esperando una reprimenda que jamás llegó por mi parte.

Parece que la gran obra de mi creador fue tan efímera como su inmaduro diseño, mascullé dentro de mi disfraz de pvc. Lo malo es que volverá a erigirla entre gruñidos y maldiciones y aquí estaré yo para volver a juzgar el pésimo resultado, lamentando ser su hijo tanto como él lamenta ser el padre de un trasnochado aprendiz de narcotraficante.

Anuncios