Sirtwoot Cotton Women´s

Sin títuloEl reloj de ese espacio que tantas veces me sirve de cobijo, la cocina, y al que he quedado relegada sin opción de elegir por haberme casado con un machista genético, ya marca las 7:00 de una mañana todavía cabizbaja pero que promete ser primaveral. De todas maneras, pienso, no debe preocuparme la climatología porque cuando salga de la fábrica ya casi será de noche. Así es mi día a día, una constante búsqueda del sustento para una familia numerosa a la que le cuesta mantenerse nutrida con equilibrio y respetada en sus derechos por una sociedad que se despierta machista y se acuesta intolerante e insolidaria a partes iguales.

Mi marido no tiene suficientes ingresos para cumplir con las obligaciones de manutención de sus tres hijas y parte de lo que gana, con el abundante sudor de su frente en las obras del metro subterráneo de Nueva York, se lo gasta en timbas de Póquer clandestinas con esos compañeros nuevos e insanos que han contratado en la compañía. Yo llevo trabajando en la fábrica desde los veinticinco años, toda una década prestando servicios para ese imperio textil que pretende monopolizar el mercado a base de una miserable e injustificada explotación. Al poco de tener a mi tercera niña y debido a una necesidad urgente por mantener a flote una economía doméstica que agonizaba, me vi en la obligación de mendigar un puesto de trabajo en donde fuese. Gracias al empeño de mi madre, y ahora madre de sus nietas, que desde muy niña me enseñó a coser, me dieron la oportunidad de entrar a desempeñar primero labores de auxilio a las empleadas que confeccionaban las prendas en cadena y luego, en apenas un mes, formar parte como un eslabón más de ese flujo de mujeres trabajadoras que no levantaban la vista de las telas ni un segundo. Recuerdo que tuve que hacer malabares para poder amamantar a mi hija de meses sin dejar de cumplir con las exigencias de esos inflexibles encargados.

Las maratonianas jornadas a las que nos tienen sometidas nos van restando años de vida, casi sin darnos cuenta, porque ya estamos inmunizadas y tenemos el cuerpo entrenado para esas largas torturas laborales. La sumisión es una palabra que forma parte de mi personaje en esta película de miserias y desigualdades, tanto en la fábrica como en el hogar que hemos intentado construir a base de patrones retrógrados y obsoletos. Con esta carga de trabajo, apenas tengo tiempo para estar con mi familia y eso, es lo qué más echo en falta, pero no puedo privar a mis niñas de sus necesidades básicas y me niego a que padezcan una infancia bajo la sombra de la penuria como la que me tocó vivir a mí.

Después de tomar un modesto desayuno y preparar mi almuerzo, me acerco de puntillas a la habitación de las niñas y les doy mi primer beso del día sin despertarlas. Me despido de mi madre que hace unos minutos que ha abierto los ojos y le agradezco, una vez más, todo el trabajo que está haciendo cuidando de mis tres soles.

En la calle se respira un ambiente enrarecido pero prometedor. Camino hacia la fábrica, que por suerte tan sólo está a veinte minutos andando de mi residencia, pensando en que este 8 de marzo será un día diferente y quizás el principio de algo que está por llegar. Algo bueno y positivo para todas las que nos congregamos día tras día en esas torturadoras instalaciones. Son simples promesas de alguien que nos ha unido para reivindicar una lucha que ha empezado en algunos puntos del país; vagas esperanzas de ir mejorando nuestra calidad laboral que nos instan a poner nuestro granito de arena enfrentándonos a los que tienen la batuta para hacerles ver que somos, ante todo, personas y madres de familias que no se merecen vivir en este estado de sumisión que roza la esclavitud. Alguien agrupó nuestros sueños para intentar abolir la precariedad a la que nos tienen acostumbradas, el incumplimiento de muchos contratos de dudosa legalidad, la devoción que debemos mostrar sin remilgos, la invisibilidad de nuestros agotados y aquejados cuerpos y la ausencia de derechos. Mientras el aire fresco de la mañana me va golpeando el rostro encendido por la emoción, medito en las consecuencias de nuestros planes. Los dueños de la fábrica no entienden de protestas y sólo desean su ganancia a cualquier precio, mascullo para mis adentros y ese pensamiento me hace estremecer. Con cada uno de mis pasos hacia la esperanza combato mis miedos y dejo que la ilusión, por muy difusa que se presente, tome las riendas de este día que sin saberlo, se convertirá en un punto de inflexión para futuras generaciones.

En fila india vamos accediendo al interior de la fábrica, mientras uno de los encargados del cumplimiento horario nos hace poner nuestro nombre completo y firmar, previa identificación, en una ajada cuartilla. Ocupamos con alegría contenida nuestros puestos y los engranajes de Sirtwoot Cotton Textile Factory en lugar de carburar con la normalidad con la que venían haciéndolo desde su fundación, se plantan en connivencia con nuestros propósitos. La Huelga estaba declarada formal y activamente. Este día no moveríamos un solo dedo a menos que los propietarios de esa factoría de promesas incumplidas sucumbiesen a nuestras reivindicaciones, que no son más que derechos básicos en pro de la igualdad y del progreso. Pedimos la reducción de la jornada laboral, a al menos diez horas diarias, para poder tener algo de vida, la concesión de un tiempo para la lactancia de nuestros hijos, la igualdad de trato y salarial con puestos similares ocupados por hombres y el incremento de medidas de higiene en las instalaciones. Después del paro acordado haremos una marcha por la ciudad proclamando las desigualdades al cielo para que todo el mundo sea consciente de una verdad que ya saben pero ocultan.

La respuesta de los dueños, lejos de sentarse a negociar nuestras propuestas, es de dimensiones totalmente irracionales. Alguien ordena cerrar las puertas de la fábrica a cal y canto para obligarnos a desistir de nuestra actitud rebelde pero nuestras posiciones se ven más reforzadas al recibir esas oleadas de indiferencia. Entonces, desde arriba, nos instan a abandonar el local y se produce un gran revuelo. Somos miles de mujeres allí reunidas reclamando una causa justa y a pesar de esa incertidumbre que revolotea por nuestras cabezas sobre el futuro que nos espera, decidimos no tirar la toalla y plantarnos con todas las consecuencias. Todas nos negamos a seguir sumisas las órdenes de esos tiranos sin sentimientos y permanecemos en nuestros puestos sin producir.

A las pocas horas de nuestra negativa de desalojo, se produce el caos. Algún desalmado sin escrúpulos lanza bombas incendiarias al interior como método disuasorio de nuestra ocupación pacífica. Esa medida atroz y desproporcionada se le escapa de las manos y todo comienza a arder de forma instantánea. La ilusión de nuestras caras se muda por una mueca de horror y todo se vuelve borroso con el humo y los gritos desgarradores de muchas mujeres que son alcanzadas por unas llamas que no pueden ser controladas. Por suerte, consigo escapar de ese fuego infernal, junto con algunas afortunadas, por una puerta lateral que da a un pequeño callejón que comunica con la entrada principal por Washington Square. Estoy falta de oxigeno y con varias quemaduras leves en brazos y piernas pero, gracias a Dios, estoy a salvo. He sobrevivido a la muerte, pero no a la barbarie de la violencia machista que se ceba cada día con el género que consideran débil pero que les ha dado la vida a todos esos indeseables. No puedo evitar el baño de lágrimas por este inmerecido desenlace y lamerme las heridas para que puedan cicatrizar sin mirar al pasado. Esto no puede ni debe quedarse aquí. El recién estrenado siglo XX tiene que suponer una evolución en todos estos pensamientos rancios anclados en ideales sin fundamento.

Más de cien trabajadoras y compañeras, muchas de ellas buenas amigas, han perecido calcinadas en esa indignante muestra de despotismo empresarial que estoy segura hará mella en una sociedad que se está empezando a despertar. Ojalá nuestro ejemplo fallido predique el afán por luchar contra las injusticias y fructifique en múltiples enfrentamientos pacíficos para plantar cara a todos esos poderes irracionales, tanto patronales como políticos, que no conocen límites y no respetan los derechos de las mujeres tanto en su vida laboral, como en la social y privada. Esto no ha hecho más que empezar…

(Un pequeño homenaje a todas esas mujeres que han luchado por nuestros derechos. Todavía queda mucho por hacer…)

Anuncios