Olor a cuerno quemado

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Abrí la puerta de casa con tres giros de llave, lo que me indicaba que se había ido, otra vez. Mis pies me arrastraron hacia el sofá donde me dejé caer con todo ese peso de una vida llena de secretos y tabúes. Ir al gimnasio a última hora de la noche se había convertido en un inevitable ritual de descanso para mi nivel de estrés. Mis abdominales dejaron de lamentarse cuando me recosté sobre el chaise longue y estiré la espalda completamente. Como seguía notando cierta tensión en el cuello y mis músculos cervicales posteriores reclamaban un cojín mullido donde apoyar su sobrecarga, varié la posición. Me acomodé según las instrucciones que dictaba cada parte de mi madura figura e intenté vaciar mi mente de conjeturas, concentrándome tan sólo en mi respiración. Tomé aire primero con cierta lentitud y luego, manteniendo hinchado el abdomen por unos segundos, lo expiré despacio por la boca. La tarea de enlentecer el tráfico de oxígeno que necesitaba mi organismo me procuraba un bienestar y un sosiego mental que me hacían olvidar todas esas teorías que mi enrevesado cerebro diseñaba sin evidencias claras ni pruebas incriminatorias. Mi estado de atención plena se veía atacado por multitud de interferencias oníricas, algunas claras, otras más difusas pero igual de perturbadoras. Me sorprendí fantaseando con aquel bailarín de strip-tease de mi despedida de soltera: un metro ochenta de músculo y fibra que contoneaba su trabajada silueta de forma sugerente. Estaba completamente desnudo salvo por una máscara de raso y lentejuelas que cubría su rostro. Su imagen me incitaba a traspasar la frontera de la honestidad y a ser desleal con mis principios de buena fe, prudencia y confianza legítima. El cariz de mis fantasías empezaba a oler a cuerno quemado así que volví a mi realidad, que no hedía de distinta forma que mis sueños, solo que en este caso era yo la que tenía el rol de víctima. Volví de nuevo a concentrarme en mi respiración. Mi sesión de Mindfullness improvisada se vio interrumpida por su llamada.

—Hola —respondí al identificar su nombre en la pantalla del móvil. —¿Hoy tampoco cenas en casa?

—Si, estoy de camino pero me gustaría ir a comer algo fuera, ¿te apetece?.

—Yo… estoy hecha un amasijo de agujetas.—repuse en forma de excusa.

—Iremos en coche —organizó ignorando mis evasivas. —Te espero en el portal en doble fila, tardaré unos diez minutos en llegar.

Maquillé la decepción que hacía semanas adornaba mi rostro y me enfundé en el vestido corto de Gucci que me regaló cuando me despedí definitivamente de la treintena. La elección de esa prenda en concreto no fue al azar, quizá se debió a una decisión de mi subconsciente para recordarle que apreciaba sus detalles. Me subí a los Jimmy Choo y dí unos pasos sobre la alfombra, para comprobar que esos centímetros de tacón eran compatibles con la mialgia diferida de mis gemelos.

Esperé en la calle, todavía no estaba su coche. Consulté mi reloj de pulsera y comprobé dos cosas : que había pasado casi media hora desde que había llamado y que la pulsera estaba empezando a perder su baño de oro blanco y su brillo inicial. Ese pensamiento me recordó que nuestra relación tenía un desgaste similar. Antes, cada gesto relucía, ahora, me conformaba con divisar un resplandor a lo lejos.

Un irritable claxon me advirtió de su llegada. Su recién blanqueada sonrisa me mostró sus disculpas por la demora. Mi rebosada paciencia no las aceptó y se dispuso a hacerle un traje de reproches durante el trayecto al restaurante pero antes de arrancar, estiró el brazo hasta el asiento trasero y cuando regresó su extremidad superior, lo hizo acompañada de un enorme ramo de flores silvestres. Bajé la cabeza, avergonzada, arrepintiéndome una vez más de mi efervescente ira y de prejuzgarlo todo sin esperar a conocer las razones.

Me acerqué a besarle en los labios y pude oler ese perfume de mujer que impregnaba su cuello. Era el mismo aroma que olfateé en su camisa ayer y similar al que inundaba el coche hacía una semana. No quise seguir flagelando mi ánimo y decidí presumir su inocencia. Me había jurado fidelidad hasta la muerte delante de un juez y no podía romper su promesa, o eso me gustaría creer.

—Te has puesto el vestido, —observó de reojo mientras ponía el intermitente para incorporarse a la circulación — te queda genial. —añadió con tono conciliador.

—Gracias. —respondí sumergiendo mi nariz en ese trocito de bosque que frenó mi irritación y absorbí todos sus matices florales. Una parte de mí, deseaba que terminase esta falsa cita conyugal para estar de vuelta en casa, otra, la más inconsciente, deseaba que parase el coche en el arcén y se abalanzase sobre mí arrancándome el vestido con la misma fuerza primitiva con la que embiste a la dueña de ese perfume barato.

La cena transcurrió entre ruidos de cubiertos al chocar con los platos y silencios absurdos para mí y generosos para él, que le encantó poder centrarse en su carne sin tener que responder a mis preguntas de formulario. Traté de indagar en vano sobre el motivo de tanta reunión de trabajo. Lo único que repetía entre bocado y bocado era: “incremento de las ratios de producción y expansión empresarial”. En vista del hermetismo que desprendía, desistí de seguir forzando una confesión que no estaba dispuesto a vomitar.

Al día siguiente, aprovechando que mi marido tenía un partido de tenis con unos compañeros de la oficina, llamé a mi amiga Diana para ir de compras y así poder sacar la cabeza de esta pecera en la que me estaba ahogando poco a poco. Aceptó encantada, las tiendas eran su debilidad. Quedamos en el centro comercial en frente del escaparate de Escada. No la vi llegar cuando me sorprendió por detrás con un efusivo saludo. Aparté mi vista de ese pintoresco paisaje de ciervos alados que esa empresa de moda femenina había recreado de forma tan divina y me topé con una mujer radiante, sexy, elegante y mucho más rubia y delgada que cómo la recordaba. Tampoco hacía tanto tiempo que no nos veíamos. Tal vez un par de meses, quizá más. Se acercó sonriente y tras subirme la mandíbula con su mano, yo no daba crédito a este tipo de milagros, me propinó un fraternal abrazo mientras me repetía una y otra vez que se alegraba mucho de verme. Noté el rastro que su perfume dejó en el aire a mi alrededor y sentí que me mareaba. Las piezas del puzzle empezaban a encajar en mi cabeza. Todos esos detalles que recopilé durante días y que metía en mi saco de paranoias de loca desconfiada comenzaban a tener sentido y noté esa sensación de alivio que percibes cuando te das cuenta de que no eres una enferma mental. Sonreí aliviada y besé a Diana en busca de una complicidad prestada que me serviría para hundir a Mario.

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