La brisa tonta de finales de mayo

banco central park

—¿Me quieres? —preguntó Alice al joven que, agarrándola por la cintura, dirigía el paseo por el parque.
—Claro —respondió él tajante, después de un sospechoso silencio para ella.
Mike oteaba el horizonte en busca de algún rincón donde evitar las miradas de posibles paseadores de perros.
—¿Cuánto? —replanteó coqueta mientras deslizaba su mano derecha por debajo de la camiseta de su novio tentándole.
—Demasiado —mintió interceptando a la intrusa de manicura francesa para frenar sus intenciones.
A Mike no le gustaba esa actitud juguetona de Alice, sobre todo, porque nunca terminaba la partida. Esta vez,sin embargo, tendría que llegar hasta el final o la dejaría; se había cansado de esperar y de tener que machacársela como un primate para aliviarse.

El pulmón de Nueva York respiraba aliviado del frenético ajetreo de visitas de turistas acalorados y grupos de escolares, de pintores inspirados y deportistas aficionados, de ejecutivos de tupper y vagabundos sin techo, de calesas de paseo y bicicletas de recreo, de carteristas que malviven del hurto y ancianos que se dejan robar por unos míseros segundos de compañía. La noche iba dejándose caer y un infinito de luz artificial abrazaba las sombras en un silencio relativo. Ya sólo quedaba espacio para los enamorados, las alimañas, los enfermos mentales en busca de víctimas, algún músico callejero de los que regalan melodías a esa brisa tonta de finales de mayo y los típicos locos por el footing nocturno. En el camino, se cruzaron con una mujer que iba llorando desconsolada mientras arrastraba un carrito de bebé vacío. Estaba tan entregada a su aflicción, que no se dio cuenta de cómo la miraban. Una loca más, pensaron haciendo caso omiso al desconsuelo.

Mike localizó una zona sombría con un banco de madera donde condujo a Alice. Casi sin mediar palabra, atrapó su inocente rostro y su boca se abalanzó sobre ella con intención de devorarle cada milímetro de piel. Alice correspondió esas fuertes embestidas perdiendo sus manos entre la ondulada melena de Mike y arremolinando sus dedos con fuerza sobre esos mechones dorados que invadían su cara. Sus respiraciones comenzaron a acelerarse. Él la tomó por la cintura y con un suave gesto, la guió para que se sentase sobre sus piernas dándole la espalda. Ella, contrariada por no poder verle la cara, se dejó hacer. Notó, a través de la fina tela de su falda plisada, la erección de Mike bajo sus vaqueros mientras sus manos, que habían pasado de la cintura a sus muslos, recorrían despacio cada poro de su blanquecina piel. Subieron por sus caderas y, veloces, penetraron a través de su blusa para alcanzar sus pechos. Sin perder el ritmo, Mike masajeó con delicadeza esos senos firmes y calientes, sintiendo cómo los pezones se erizaban con el roce. Alice jadeaba sedienta contoneando sus caderas sobre la entrepierna de Mike, al tiempo que recostándose sobre él agarraba su nuca para obligarlo a morder su cuello. El riesgo de que alguien pudiera verles la ponía muy cachonda y decidió que se dejaría llevar esta vez. Él, separó sus piernas con un ágil movimiento y dejó al descubierto unas braguitas de encaje marfil que empezaban a empaparse. Sus dedos arañaron la piel del abdomen de ella y se precipitaron desbocados hasta sus ingles en forma de caricia, luego, los introdujo bajo la tela y sintiendo cada rincón de un sexo que lloraba de placer, comenzó a masturbarla. El primer orgasmo afloró enseguida, el segundo decidieron buscarlo juntos sobre la hierba. Sin parar de besarse, fueron liberándose con ansia de las prendas que impedían el contacto y tanto ímpetu les hizo caer rodando hasta unos arbustos.
—¡Aaaaah! —gritó ella asustada apartándose a un lado.
—¿Qué pasa Alice? —interrogó Mike viendo peligrar su turno de éxtasis.
—¡¡Ahí!! —dijo ella señalando la zona en la que su espalda había chocado con algo. —¿Qué es eso, joder? —añadió tapándose el pecho con la blusa.
Mike encendió su móvil para inspeccionar y se encontró con un paquete hecho con periódicos viejos y cinta de carrocero.
—Mike, ¡no lo hagas! —ordenó autoritaria cuando le vio dispuesto a desembalar la sorpresa. Él, intrigado, ignoró la advertencia.

Entre las páginas, surgió un sudoroso recién nacido. Estaba como adormecido y sin signos de violencia.
—¡Hija de puta! —bramó enfurecido acordándose de la tipeja del carrito.
Indignados y asustados, cogieron al neonato en brazos y corrieron hacia la comisaría del parque.

Anuncios