Te tengo sin tenerte

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La distancia no es más que una coma en mi relato, una pausa que no me impide observar lo que tus ojos quieren tener presente y tu mente se niega a ocultar. Si los cierras, por un segundo, podrás percibir el aroma de mis sueños enredándose con los tuyos, como si quisiesen formar un solo cuerpo.

Soy tu Presente; una huella en tu mundo imaginario que amenaza con traspasar al real; una lágrima que brota porque te ha encontrado entre los escombros de un mundo que ya no le obedece, ni se somete a sus antojos; un susurro que te eriza la piel con sólo pronunciar dos letras que dicen demasiado en tan poco espacio; una lengua de fuego que recorre tu columna provocando que te estremezcas; un suave beso en cada una de tus vértebras, tan despacio que sientes que vas a emprender el vuelo; una promesa sin planear, coincidencias, destino, puro azar, quizás un poco de suerte y muchas cosas que contar.

Soy tu Futuro, el camino por el que debes guiar tus pasos a partir de que decidas poner ese punto y a parte que no te atrevías antes a escribir; el agua que necesitas para seguir viviendo sin temer que tu cuerpo se deshidrate nunca más; el mar que te mece en su seno de idas descontroladas y venidas meditadas; la montaña rusa que te hace gritar cuando estás en lo más alto y llorar de emoción cuando caes; el viento que te empuja para que no te quedes estancado en una vida insípida rellena de nada, sin tropiezos, sin lamentos, sin signos de arrepentimiento porque has tomado la decisión correcta; la roca desde la que verás otra perspectiva que no conocías pero que siempre has deseado; el sol, la arena, las olas que masajean tu piel sin importarle su sabor, su olor, su color y su acento; la brisa que toma tu cara entre sus manos y hace que levites sin dejar de tener contacto con la tierra.

Me gusta vivir deprisa, tan deprisa que a veces siento vértigo; me trago todos los momentos con los que me tropiezo sin saborear, sin masticar demasiado por miedo a que se me queden entre los dientes para siempre. Engullo cada acontecimiento tan rápido que apenas soy consciente de que está pasando y cuando por fin lo hago, ya no hay marcha atrás. Me veo al borde del precipicio, lista para saltar y… no lo dudo, salto.

Más allá de mis manos porque se me escapa la razón sin poder atraparla; de mi piel que se estremece porque las mariposas han vuelto para quedarse sin fecha fin; de mi única sonrisa, la que siempre ha estado ahí y nunca me falla; más allá de esa poesía que compongo para que tus caricias no se marchiten antes de notarlas; del destino prefijado, de los nervios infundados; del horizonte que me observa con esa compasión con la que las madres envuelven a sus neonatos; más allá del principio del fin de estas palabras que me saben a promesas por cumplir e incógnitas por despejar; de mis errores, de mis aciertos, de mis miedos; de lo incomprensible de ciertos acontecimientos para todos empezando por nosotros mismos; de las locuras más taradas, de lo raro, de lo cómodo; más allá del descontrol que nos arrastra a precipitarnos y a tomar decisiones cada media hora y de ese esperado temblor de piernas que todo lo sentencia en fracciones de un segundo; más allá de tus intenciones y más allá de las mías, de las dudas, de las mentiras; más allá de todo esto está la vida… la tuya y la mía.

No me ves, pero me sientes… No me tienes, pero me piensas… No me tocas, pero me notas… No me posees, pero me deseas… y yo… ya te tengo sin tenerte.

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