Desaprendiendo para aprender

el-secreto-saber-esperar

Esta mañana desperté con una sonrisa entre el pecho y la espalda,

sin esa extraña sensación de haberme perdido algún capítulo de mis sueños,

con esa certeza de saberme prisionera de tus inexplicables deseos,

de cada uno de tus pensamientos tan locos y desordenados

que no son más que frutos de un presente con el que no contabas.

A mi lado yacía la impaciencia que en un pasado fue mi sombra,

dormía perdida en su mundo de torpes exigencias apurando su respiración.

Junté mis ganas de hacerla perecer entre esos oníricos suspiros que profería al silencio

con mis ansias por besar un aliento que empaña mi única razón… y ganó tu boca,

y apreté los ojos fuerte para que no se escapara ni una de mis intenciones.

Solté una bocanada de promesas a la oscuridad de mi habitación,

de mi refugio diario, de mi espacio para borrar la huella de mi voz en tu mapa del tesoro,

y esa brisa de esperanzas depositadas bajo mis labios,

se proyectó en la pared como una sombra chinesca,

tan bella y tan perfecta que nadie quiere perder su caricia.

Mi entorno se ha vuelto de una densidad compacta, casi sólido, casi impenetrable,

pero consigo hacerme un hueco para respirar, y lo hago profundo,

tan hondo que he sentido el roce de tu cara en las yemas de mis dedos

y me he estremecido por un segundo porque su sabor no era ajeno a mi tacto,

me resultó tan familiar como ese abrazo apalabrado, como esa carcajada inevitable,

como ese beso que no tiene forma física, ni pies, ni cabeza, ni sentido si tratas de buscárselo,

pero que ha sido mil veces moldeado con palabras que saben a mariposas multicolor.

He aprendido que el gris no es más que una excusa para no ver lo bonito,

un tono que ensombrece cada segundo de una espera que trata de matarme,

el color del miedo a perderte para siempre entre recuerdos vagos y simples evocaciones,

la razón que te invita a tirar una toalla que todavía no te has puesto

porque aún no te has parado a lavar las heridas para que puedan cicatrizar.

Me levanté con ganas de morderle el cuello al destino,

con esa sensación de haber aprendido una moraleja de cada error cometido,

con ganas de reinventarme, de moldear una versión de mí misma más fuerte,

más decidida, más independiente y menos impaciente.

Senté mi ansia por dar tres zancadas en un sólo paso

y la obligué a escuchar mis órdenes sin que me tuerza la cara, sin que se ría de mi nuevo límite,

sin que atosigue mi ánimo y lo apremie a emprender una carrera que ya no le interesa,

porque viviré más despacio para que puedas alcanzarme sin dificultad,

y voy a desaprender lo aprendido, a no esperar, a no tener paciencia,

a no tener el control de cada uno de mis latidos

y a no disfrutar de todos los momentos que protagonizo con ojos ciegos y lengua espesa

porque son fugaces, efímeros, evanescentes,

instantes que no volverán por más que pretendamos atraparlos entre los dedos del empeño.

Esta vez no dejaré que se evaporen como el humo de un cigarro que nadie fuma,

porque no pretendo apurar ese vicio en el que te has convertido,

no hay prisa por llegar a unas pupilas que están deseando recorrer cada uno de mis poros,

ni a unas manos que anhelan arropar una soledad que estoy aprendiendo a querer,

ni se va a acabar ya una vida que no ha hecho más  que volver a empezar,

porque me encargaré de que nunca se terminen los cuentos sin final.

 

 

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4 comentarios sobre “Desaprendiendo para aprender

  1. Yo, más que excelente, lo veo brutal. Como siempre me dejas exhausta, sin aliento, con la sensación de que, a pesar de haber leído con cuidado, algo se me ha ido escapando.
    Te admiro por la forma en que expresas lo inexpresable y nos envuelves de sensaciones tristes y a la vez eróticas.
    Besos.

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