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El arrepentimiento crece todos los lunes,

cuando la piel de lobo muda por la de cordero degollado

y se empaña mi verdadero yo

bajo capas de una moralidad ebria al paso de los años

que no encuentra razones, ni ausencias, ni olvidos, ni engaños.

Tengo cientos de mujeres entre los hombros

y mil historias por archivar en el corazón,

pero ninguna es capaz de eclipsar tus recuerdos,

esos que empapan una memoria, la mía, cansada de vagar

por unas calles que le resultan tan familiares como desconocidas.

Y tú, que te afanas en buscar respuestas en mi cuerpo,

en su lectura entre líneas curvas y besos mojados,

en su tacto ciego y su olfato mudo;

tú que te pierdes en mi aliento para no pensar,

que remueves mis entrañas con sólo sonreír,

que conviertes mi pretérito en algo más que imperfecto

para que el futuro se presente prometedor

sin saber que ni yo lo quiero ni tú lo añoras.

Tú, que pronuncias mi nombre a destiempo,

que te lavas la cara cada mañana con mi saliva

y aún así, no consigues despertar tu deseo,

porque para despertar hay que saber soñar primero.

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