La maldición

mal-de-ojoMi nivel de superstición en sangre siempre estuvo bajo mínimos. Nunca lograba entender como había gente capaz de dejarse llevar por supercherías tontas y malos farios, pero estos últimos meses aprendí una lección valiosa: Jamás debe ponerse en tela de juicio el poder de la mente.

Hasta el año pasado era una infalible médico que se había graduado por la Universidad de Houston. Me iba muy bien. Había conseguido meter el pie en una importantísima clínica privada de fertilidad en pleno centro de Manhattan y debido al alto grado de envejecimiento en la plantilla médica, en un par de años conseguiría un buen ascenso. Allí conocí a Glenn, uno de los mejores ginecólogos de Nueva York. Fue mi mentor durante mi periodo de prácticas y con él gané, a parte de experiencia en la detección precoz de malformaciones fetales, mucha paciencia.

Si, nací con ese insignificante defecto bajo el brazo.Y en lugar de concentrar mis energías en reducirlo, lo alimentaba cada mañana al ponerme al volante de mi Bmw. La gran manzana se pone tan impertinente en hora punta, como un adolescente al que le privas de su videojuego favorito.

Mi trabajo, aunque gratificante, era de esos que lograban mantener mi stock de estrés rebosante. Cosa que agradecía y odiaba a partes iguales. Me desquiciaba tener que esperar los resultados de todo. Eso de aguardar por el fruto de una fecundación asistida que yo había programado, me generaba cierta ansiedad. Si, todos me recomendaban practicar Yoga. Yo les ignoraba.

Tenía todo para ser feliz: un bonito loft en el centro, un vestidor hecho a medida para compradoras compulsivas, un pase VIP para todos los desfiles de moda de la ciudad, un personal trainner, una tarjeta con crédito ilimitado por cortesía de papá y un novio corredor de bolsa y de ultramaratones.

“…Hace un tiempo, en uno de mis viajes a España , cuando salía de una boutique de comprarme unos tacones de vértigo, me crucé con una gitana que me ofrecía una ramita de romero. Decía que me traería suerte. Yo la despaché enseguida con una mirada de superioridad y un “apártese de mi camino, tengo prisa” mientras le propinaba un ligero codazo para librarme de esa montaña de grasa zíngara. Ella se quedó tras de mí rezando y lo único que alcancé a comprender fue un: “me cago en tus muertos!” ¡Qué falta de educación!, pensé.

A partir de ese incidente, las cosas en mi vida comenzaron a torcerse poco a poco y sin pausa. A los días de regresar del viaje, descubrí que mi novio Freddy tenía una amante desde hacía un par de meses. Menudo palo. Le hice recoger sus cosas e irse de mi vida sin hacer ruido. Cada tarde volvía de la clínica, me servía una copa de Barbera d´Asti y me recreaba en la maldición del cajón sin su ropa. Pensaba que tardaría mucho en recomponerme.

Al cabo de unas semanas, mi padre fue detenido por dos supuestos delitos de tráfico de drogas y tenencia ilícita de armas y mi madre, del disgusto, se fugó con su monitor de pádel a una isla del caribe. Debí sospechar de esa extraña y repentina fiebre por el deporte.

En mi trabajo también sufrí las consecuencias del mal de ojo de esa desgraciada de piel morena. Todas mis pacientes empezaron a tener serias dificultades para que sus inseminaciones prosperasen y las que llegaban a término, siempre resultaban ser complicadísimos partos múltiples. Todo se me estaba escapando de las manos y no sabía como podía frenarlo.

Glenn me dijo que necesitaba unas vacaciones y me invitó a su casa de Austin. Se vino conmigo y allí me enseñó dos cosas importantes. Una, que todo lo que tenemos hoy, mañana igual ya no está. Por eso hay que valorarlo y disfrutarlo y dos, bueno, la segunda cosa me la guardo. Eres menor.”

El joven la miró perplejo sin saber que decir ante esa sonrisa pícara de la médico. Cerró rápido su cuaderno donde había anotado algunas ideas y se dirigió a la puerta de la consulta tras un tímido y atropellado agradecimiento. Fuera le esperaba su madre.

—¿Qué tal con mi amiga Sarah, cariño? —le interroga curiosa mientras le coloca el flequillo.

—Bien, supongo que esta historia me servirá para el trabajo de ética —dice guardando su libreta.

Y ambos abandonan la sala de espera al tiempo que oyen a Sarah gritar en su consulta: ¡Me cago en la vieja! ¡¡¡Otra con trillizos en lo que va de semana!!!

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