La pequeña semilla de la libertad

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Tinga apuraba sus pisadas en dirección contraria a sus raíces, escapando de un destino que no estaba dispuesta a aceptar y corriendo el riesgo de perderse en esa huida sin rumbo definido. No sabía hacia dónde debía ir, pero lo que tenía claro es que sus pies descalzos no podían dejar de avanzar hacia ese horizonte lejano, donde la libertad y la igualdad de la humanidad y, sobre todo de las mujeres, dejaban de ser utopía y parecían poder vestirse de realidad o, al menos, de probable posibilidad.

Llevaba semanas planeándolo pero no disponía de recursos suficientes y tampoco conocía a nadie que la apoyase en su decisión, por lo que sus intenciones estaban tan desamparadas como su propia vida. Una existencia que no tenía apenas valor en el poblado y que quedaba anulada por la voluntad de sus ascendientes desde su nacimiento. Se sentía como una marioneta en manos de un sistema dictatorial y machista. Todos sus ancestros de género femenino habían sucumbido a las órdenes de sumisión sin rechistar pero ella, a pesar de su escasa edad, discrepaba con ese trato a veces vejatorio y otras extremadamente infame. No podía permanecer tragando con situaciones que se le escapaban de una visión lógica y distinta que había desarrollado y decidió que sería la primera en rebelarse contra un mundo decorado de ridículas normas en exceso y de arraigadas costumbres basadas en absurdas creencias.

Recorría los senderos tan rauda como le permitía su acentuada fatiga. Casi no había dormido nada la noche anterior y ésta, tan plagada de estrellas como su espalda de lunares, se dejaba caer plomiza sobre su asustado rostro dotándola de cierto porte lúgubre. Las lágrimas que presidían sus mejillas a penas la dejaban percibir las irregularidades del terreno y temía tropezarse y hacerse daño. En ese caso le darían caza más pronto que tarde. Sabía que en pocas horas saltaría la alarma de su desaparición y entonces un grupo organizado de hombres fuertes saldría en su busca y captura. Además del castigo por desobediencia, le esperaba uno mayor por insumisión y fuga. Nadie podía abandonar el poblado, le repetía su conciencia una y otra vez para hacerla desistir y recapacitar. Pero su determinación y su coraje eclipsaban todos esos temores internos que acribillaban sus sesos en busca de la rendición y la cobardía con que intentaban aliarse. Tenía que intentarlo al menos. Su derrota era la victoria de un poder con el que no comulgaba y no podía consentirlo. Al final del interminable sendero, cuando llevaba horas caminando, atisbó entre la prematura bruma matinal una especie de campamento base. No sabía qué se iba a encontrar allí, ni con quién pero decidió que cualquier cosa estaría mejor que lo que le esperaba si decidía regresar. Se emocionó tanto ante la idea de un futuro mejor que sus piernas comenzaron a correr obviando el cansancio. Tanto corrió que no pudo enfocar un pozo excavado en la tierra y cuando quiso darse cuenta, su pequeña figura infantil de apenas once años estaba precipitándose a ese vacío negro e incierto como ese futuro que esperaba. La caída parecía infinita. A pesar del miedo se sintió libre por unos segundos. Notó cómo podía volar sin ataduras por un instante y sobre todo, saboreó esa sensación de liberación que jamás había experimentado. A pesar del pánico, Tinga se obligó a sonreír hasta que todo se apagó.

En el poblado lloraban su muerte. El jefe de la tribu proclamaba al cielo la desventura y gritaba a sus esbirros que trasladasen el cuerpo de la niña hasta una especie de tarima de madera. Allí procederían a incinerar sus restos y a invocar a los espíritus para que guiasen su alma. Su base estaba recubierta por montones de flores de colores, todas las que se habían encargado las mujeres de recolectar para la boda. Tinga ya nunca sería la tercera esposa de Nabor, el chamán del clan de los Túngaros. Ya no podría dejarse violar por ese amasijo de huesos que le sacaba más de veinte años, ni darle hijos cuando aún ni sus propios órganos reproductores habían empezado a madurar. Tinga yacía, ahora, rodeada por una primavera de pétalos muertos que no deseaba y buscando su invierno, se topó con la muerte y a su vez, sin querer, con su libertad. Lo que Tinga no supo nunca es que plantó una semilla en los corazones de otras niñas que comenzó a germinar a fuego lento. Mientras, a su alrededor, los tambores comenzaron a sonar.

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