Des(órdenes) alimenticios

IMG_20150828_235457Un “nosotros” bulímico vomita otra vez
cientos de promesas con bajo contenido proteico
y alta concentración en necedad.
Me miro en el espejo, toco hueso
y noto el alma fracturada en porciones,
esas que te has encargado de ingerir
cucharada a cucharada,
hasta que la arcada
de tan grande que se volvió
se convirtió en peaje.
Y tú ni tenías suelto,
ni ganas de cambiar.
Siempre te has comido mis bordes
pero nunca el precipicio.
¿Para qué molestar al estómago
con calorías innecesarias?
De tan fino que te quise
no llegué ni a tiritar,
de tan delgado… se volvió hasta transparente,
pero lo esencial sigue estando,
esperando,
una vez más,
a que alguien pague con tarjeta.

¿Cuántas estrellas hacen falta?

11891236_10206363530000747_2324428155305377928_nCuando bebo hasta perderte en un rincón de mi memoria,
me convierto en ese alguien que huele a nubes porque vive en tu cielo
y sus pies no están hechos para esquivar cada golpe de entusiasmo
que le inyecta tu red. Esa con la que cazas mariposas al vuelo.
Reincides y vuelvo. Vuelvo a caer. Una vez tras otra.
Como si tu miel fuese mi alivio, como si cada sorbo que me daba tu luz
fuese una señal inequívoca de que estoy donde debo.

Voy a servirme tu olvido sin hielo y a fumarme tus promesas,
mientras te empeñas en pasarme de largo por ese camino sin asfaltar.
Ojalá no te tropieces con más piedras como yo
en esas noches en que volver a casa no entra dentro de tus planes.
Yo, me ajustaré las alas por si deciden volver a despeinarme
y salir, dejándose los dientes en una caja, a comerse bocas de verdad
de esas que saben a saliva, de las que muerden, de las que arañan,
de las que te arrancan el aliento a tiras en segundos.
Tu recuerdo me palpita entre las piernas,
late fuerte esa sensación que arde como el licor más maleducado.
Sujeto la copa con la que quise beberte de un sólo trago,
y ahora contemplo esa luna que, tal vez, esté mirándote a ti
y me pregunto cuantas estrellas tendré que contar
para que este deseo que me quema los labios se cumpla.

Cuando camino hacia ninguna parte para encontrarte el norte

IMG_20150819_160029Hoy mis pisadas resuenan en tus oídos como ese galope despistado que no sabe dónde caerse muerto y que cuando decide caer y morir, no se deja incinerar. Me preparo para naufragar en esa delgada línea de sal que delimita tu mirada y siento los dedos de mis pies mojados con gotas de tu incomprensión, empapados de razones que han echado a volar sin más explicaciones que un triste y estéril “te quiero” y unas alas reparadas que encontré de saldo. Así se han quedado, tan húmedos como tú en esas noches en las que mis manos juegan a penetrarte la vida sin preliminares. Tan burdeos como tu sangre haciendo maratón por cada una de mis venas. Tan decididos que parece que van pisando cielo mientras escupen verdades anticipadas que no necesito comprar.

A veces te propones cruzar los semáforos en rojo sólo porque el verde te recuerda el color de sus ojos. A veces pisas, sin querer, con el derecho porque te piensas que la vida es más bonita si tus uñas se ensucian del lado contrario a tu lugar en la cama. A veces camino hacia ninguna parte porque creo que es el camino exacto para no perderse. Unas veces te encuentro el norte… otras me extravío en tu sur pero, ahora, ya es hora de volver a casa.

Por hacer…

desidia-en-el-trabajoSe me caen los agostos encima de quererte
y no voy a sobrevivir al próximo invierno sin ti.
Tengo que hacer acopio de listas infinitas,
de tareas que meten mano a los recuerdos
para despistarlos y hacer que dejen de latir,
de palabras clave que deriven en descuido
y lágrimas que solo broten de la risa.
Tengo que llenarme de paciencia los bolsillos,
y resucitar a mordiscos las horas,
y comprobar que no estoy hecha para idiotas
y darme cuenta,
de que soy la cosa más bonita
que le va a pasar a otro.

Necesito tiempo para no perderlo pensándote,
y ganas de dejar de tener ganas de ti.
Necesito excusas varadas como ballenas
en la orilla de tu boca,
donde los restos de mi naufragio
te retan a sacar la lengua y lamer.
Tengo por hacer mil tumbas en tu ombligo
y encargarle flores a la primavera
para que el próximo verano sea festivo
y mi sonrisa me recuerde que hay vida
donde pensaba que sólo quedaba
tu ausencia.

Cuando sepas de mí…

IMG_20150815_015002Cuando sepas de mí, tú disimula. No les cuentes que me conociste sin querer, en una de esas casualidades que se tropiezan con los sueños y se convierten en protagonistas; ni que estuvimos juntos, tanto como no lo están muchas parejas; no les expliques lo que yo fui para ti, ni lo que habríamos sido de no ser también por ti. Primero, porque jamás te creerían. Pensarán que exageras, que se te fue la mano con la medicación, que nada ni nadie pudo haber sido tan de verdad ni tan cierta. Te tomarán por loco, se reirán de tu pena y te empujarán a seguir a delante, que es la forma que tienen los demás de hacernos olvidar el presente para que se muera en pasado.

Cuando sepas de mí, tú calla y sonríe; hazlo como si no te cupiesen más trocitos míos en el pecho y jamás preguntes qué tal. Si me fue mal, ya se ocuparán de que te llegue de una forma tan precisa como exacta. Y así, poco a poco, irán naufragando restos de mi historia contra la orilla de tu nueva vida, pedazos de recuerdos varados en la única playa del mundo sobre la que ya nunca más saldrá el sol. Y si me fue bien, tampoco tardarás mucho en enterarte, no te preocupes por eso. Intentarán ensombrecer tu alegría echando mis supuestos éxitos como alcohol para tus heridas y no dudarán en arrojarte mis triunfos a la cara. Pero de nuevo te vendrá todo como a destiempo, inconexo, irreal. Yo no quería ésto, porque esté bien o mal siempre será la opción que yo no he escogido.

Qué sabrán ellos de tu alegría o de tu tristeza. Yo, que las he tenido entre mis manos y que las pude tutear como quien tutea a la vida, quizás. Pero ellos… no, nunca lo entenderían si jamás han notado el aliento de tu palpitar en la nuca, ni el deseo de traspasar tu acento con la punta de la lengua.

A lo que voy,
nadie puede imaginar lo que sentirás cuando sepas de mí. Nadie puede ni debe imaginarlo, hazme caso. Sentirás el dolor de esa ecuación que creí resuelta por ser incapaz de despejarla hasta el final. Sentirás el incordio de esa pregunta que jamás supo cerrar su signo de interrogación. Sentirás un qué hubiera pasado si por el resto de tu vida. Y sobre todo, sentirás que algo entre nosotros continuó creciendo incluso cuando nos separamos. Un algo tan grande como el vacío que dejamos al volver a ser dos. Un algo tan pequeño como el espacio que le acaba cediendo un modesto sí a un no prepotente.

Pero tú, amor, aguanta. Resiste. Hazte el favor. Háznoslo a los dos. Que no se te note. Que nadie descubra esos ojos tuyos subrayados con agua y sal y que yo no me entere nunca de que tu mirada llueve y me llevé tu paraguas.

Eso sí, cuando sepas de mí, intenta no darles portazo a mis recuerdos. Piensa que llevarán días, meses o puede que incluso años vagando y mendigando por ahí, abrazándose a cualquier excusa para poder pronunciarse, a la espera de que alguien los acoja, los escuche y les dé ese calor que imploran para sentirse como en casa. Son aquellos recuerdos que fabricamos juntos con las mismas manos con las que construimos un futuro que jamás fue; son esas anécdotas estúpidas que sólo nos hacen gracia a ti y a mí, escritas en un idioma que ya nadie practica, otra lengua muerta a manos de un paladar exquisito.

Dales cobijo. Préstales algo, cualquier cosa, aunque sólo sea tu atención por unos minutos.

Porque si algún día sabes de mí, eso significará muchas cosas. La primera, que por mucho que lo intenté, no me pude ir tan lejos de ti como yo quería. La segunda, que por mucho que lo deseaste, tú tampoco pudiste alejarte de donde alguna vez fuimos feliz. Sí, feliz. La tercera, que tu mundo y el mío siguen con pronóstico estable dentro de la gravedad. Y la cuarta (por aquello de hacer la lista finita) que cualquier resta es en realidad una suma disfrazada de cero, una vuelta a cualquier sitio menos al lugar del que se partió.

Nada de todo esto debería turbar ni alterar tu existencia el día que sepas de mí. Nada de todo esto debería dejarte mal. Piensa que tú y yo jugamos a poder con todo pero que, al final, sólo yo soporté el peso de nuestros sueños. Piensa que todo se pudo y todo se tuvo, hasta el peor de los finales.

A partir de ahora, tú tranquilo, que yo estaré bien. Me conformo con que algún día sepas de mí, me conformo con que alguien vuelva a morderte de alegría, me basta con saber que algún día mi nombre volverá a rozar tus oídos y a entornar tus labios. Esos que ahora abres para preguntarte por qué has dejado que la bola creciese tanto hasta reventarte en la cara y con los que no te atreves a besar por miedo a que yo me de cuenta de que no es a mí. Siempre estuvimos conectados.

Por eso, cuando sepas de mí, no seas tonto y disimula.

Hazles ver que me olvidas y háztelo ver a ti también.

Y, de verdad, me acabarás olvidando.


¡Te lo prometo!

(y yo… siempre cumplo mis promesas)

Desayunar(te)

meus instantes br bite2Amanecí entre tu piel, ese refugio donde me gusta esconderme de la luna cada noche
y apoyarme en cada cuesta arriba para no perder el equilibrio.
Llevabas puesto el intermitente en la boca porque sabes que es mi despertador favorito
y como cada día cediste el paso a tu erección adulta.
Eres mi tentación inevitable y el diálogo sordo que me atrapa cuando me mira de lado sin querer.
Así no puedo evitar incumplir esa norma de sólo cinco minutos más.
Desde que estoy contigo han fallecido todas las reglas.

Próxima estación: Ventas y todavía guardo tu sabor en mi lengua.
Entre bostezos me relamo el recuerdo y, como un búmeran, regresan a mi mente tus ganas tempranas de saliva.
Me encanta vestirte despacio la desnudez pero, ahora,
necesito abortar esta sonrisa de boba antes de que provoque incendios en mis aceras e inundaciones en mis bragas.
Voy vestida de pereza larga hasta los pies y no me ha dado tiempo de lavarme tu orgasmo entre los dientes.
Quizás mi pelo enmarañado vaya dejando pistas calle abajo de que esta mañana te he devorado la conciencia
y devuelto a la vida de esa forma que hace florecer envidias en jardines solitarios.
Puede que mi tacto se siente, una vez más, en tu regazo
y ese olor a mí que llevas entre los dedos se quede en el volante cuando te comas el atasco,
pero aún así no podrás evitar que la risa te adelante
cuando veas lo bien que te sientan mis caricias por el retrovisor.
Te encanta vestirte con mis roces cada mañana y hoy,
ni siquiera nos ha dado tiempo de mojarnos bajo la lluvia.
Me sabe a poco la sensación de no lavarme tus huellas,
cuando pienso que debimos robarle horas al sueño para decirnos te quiero con más calma.
Esta noche cenaremos sólo el postre.

Pagaría otro billete de metro para volver a desayunar(te) de nuevo
y fruncirte el ceño con fantasías que no logres razonar.
Y tú, que siempre has sido de buscar la lógica bajo los tejados
y de enfocar el quinto pie a todos los gatos con los que te cruzas,
estoy segura de que no opondrías resistencia cuando mis labios rocen de nuevo tu sur
y tu brújula deje de marcarte para siempre el norte.

Un café de más y una venda de menos…

22541b43e6e9207325c7cc1103124d88Estaba tan nerviosa como deslumbrante. Con ese aire improvisado de princesa contemporánea y los tacones más altos que había encontrado en mi armario, me daba los últimos retoques. Quería fundir todo el hielo con un sólo golpe de vista y que mi mirada azul hablase con el mismo acento que mi corazón amenazado de escalofríos en pleno agosto. Mi escote de honor hacía equilibrios sobre mi pecho rebosante y la tela de mi vestido caía en cascada en sintonía con el color de mis ojos. Cada vez que me lo ponía, peinaba las calles de toda la ciudad y eso, hacía que me gustase más la prenda.

Un breve pero intenso pitido anunció el fin de mi jornada laboral y mis sandalias comenzaron a devorar metros de acera con la impaciencia más afilada que nunca. A velocidad de latido intercalé pisadas arrepentidas por no haber salido un poco antes. Llegaría tarde. Lo bueno siempre se ha hecho esperar, me contestó casi sin pestañear esa voz invisible que llevamos instalada dentro desde fábrica. Tenía razón, apostillé de forma mental y física arqueando los labios en posición sonrisa pícara. Eso hizo que el brillo de mis pupilas se acentuase un poco más y la emoción se desbordase de su propio molde. Había decidido ayunar mi mala costumbre de consultar el móvil en cada semáforo en rojo y proyecté mis prisas en acortar distancias con esas ganas locas de besar el cielo con la lengua. Mi cielo, mi lengua.

Próxima estación: Callao. Ya estaba muy cerca, me lo susurraban los toques de tambor ventricular a puro grito. Y mis costillas querían silenciarlos con contracciones infructuosas. Imposible. Recorrí los últimos metros que me separaban de mi destino agarrándome fuerte las agallas y contando hasta diez antes de soltar el aire que contenían mis pulmones. Con la brevedad de un silencio mal cosido a la garganta de una ratita asustada me planté frente al punto fijado para la cita. Era una de esas librerías con mucha más gloria que pena y un encanto tan especial como su cuidada decoración. Situada en una casa palacio en pleno centro de la ciudad, albergaba tres plantas especializadas en libros de filosofía, historia, ciencias sociales y literatura. Mis piernas temblorosas sujetaban un cuerpo que parecía hecho de flan pero no me paré ni un segundo y accedí al interior de “La Central”.

Eran las 15:07, pasaban 7 minutos de la hora acordada pero supuse que esa descortesía sería purgada con una simple sonrisa horizontal. Por otra parte esa penitencia también sería la confirmación de que todo discurría por el camino correcto.

Penetré al interior del local y me dirigí a la barra del pequeño bistró situado en la planta baja. Desde allí observé cada una de las mesas esperando encontrar ese hogar que iba buscando en algún cuerpo familiar. Una pareja de intelectuales descatalogados comiéndose la boca con disimulada modestia dejaban pendiente un té con hielo sobre su mesa. Más a la derecha, una joven con gafas de pasta y sonrisa prudente no paraba de intercambiar whatsapps, probablemente con algún candidato al título de conquistar su entrepierna esa misma noche. En una de las mesas del centro, un grupo de tres chicos debatían sobre alguna cuestión política o eso me hacía pensar el énfasis con el que movían sus manos y el nivel de fruncido que alcanzaba su entrecejo. Mi impaciencia, lejos de aplacarse, se encendía con cada intento frustrado de localizar a mi cita. Al fondo comían una ensalada de brotes verdes uno de esos matrimonios a los que la rutina les señala con el dedo a modo de advertencia; una especie de risotto con setas y unas brochetas de pollo teriyaki eran los platos elegidos por un par de amigas que reían todo el rato con sus rostros inyectados en sangre. Seguramente era a causa de algún chiste malo que acababan de contarse. Pegado a la pared del final, un señor de mediana edad apuraba solo un plato de gazpacho de sandía, lo deduje por su tonalidad y porque me leí la carta de recomendaciones del chef, mientras me fumaba una espera que me estaba consumiendo por dentro. Nadie había preguntado por mí y yo no tenía por quién preguntar. Tan sólo esperaba reconocerle como quien reconoce una firma propia entre mil garabatos. Estaba segura de que no necesitaba más que echar mano de ese instinto que nos hace caminar de frente hacia el objetivo, que esa conexión que sentimos desde el primer segundo nos atraería con la fuerza de un imán.

A medida que el tiempo se colaba por las rendijas de mi resignación empecé a notar cómo el abandono me empujaba por la espalda para pasar a comer. Él si tenía reserva, la tuvo desde el principio y estaba hambriento. Noté como mi lengua captaba el sabor a decepción en mi boca y cómo ésta había dejado de obedecerme cuando la instaba a sonreír sin ganas al camarero.

Esperé disfrazada de ilusión rota un susto a traición por la espalda, unas manos que cubriesen mis ojos y una voz de acento ítalo que me susurrase que por fin podíamos ser uno. Esperé que mi corazón estuviese al borde del colapso al notar las yemas de sus dedos en mi rostro, que sus palabras rebotasen en mi interior tras saborear su significado y que entonces pudiese darme la vuelta y contemplar al amor más perfecto que mi mente había diseñado para mí.

Esperé darme cuenta de que el oro no siempre reluce y de que los cuentos sólo son cuentos cuando todos sus protagonistas creen en ellos. Que el amor no es cosa de redes, sino de tacto y que toda la melancolía que acumulé durante meses saldría precipitada en desorden, justo cuando me diese cuenta de que ante mí sólo estaba la encarnación de la mentira.

Esperé tener que girarme y comprobar que mi sueño no era más que humo de hoguera hecha con fantasías y que los recuerdos que me había encargado de tallar a mano eran el alimento de una historia falta de vida, de verdad, de caricias reales de madrugada, de diálogos perdidos entre carcajadas a media noche, de besos con humedad, de abrazos ilimitados y orgasmos infinitos.

Esperé ansiosa cada lágrima de pena pero mi vista cansada y seca no pudo complacerme. Entonces me dí cuenta de que estaba agotada de esperar lo que nunca llegaría, de que había rebasado todos los límites de tolerancia y de que el papel de marioneta se me había quedado pequeño. Ya era hora de cortar las cuerdas porque no necesitaba de nada ni de nadie para seguir remando.

A pesar de esperar todo lo que no vino, no fue necesario darme la vuelta para notar como la venda se fue despegando sola y por fin… mi mirada estaba preparada para enfocar de nuevo la realidad y dejar la ficción para el cine. ¡Yo nunca tendré una casa en un Lago!

Un café solo, por favor. —le rogué al camarero con educación y media sonrisa. Mi boca empezó a responder y el guiño amable del chico me recordó que los gestos pesan más que algunas palabras.

Los cuentos, al fin y al cabo, no sólo viven de sueños sino que, muchas veces, son nuestra propia vida y no nos damos ni cuenta. Sólo tenemos que saber esperar porque lo mejor, siempre, siempre, está por llegar…


El tiempo tan solo desnuda la certeza de sabernos más expertos en teorías probadas a base de errores propios o ajenos pero no nos hace por ello más invulnerables al dolor.” (Vir)