Isla Perdida

playaEste bikini realza mi pecho, pensó Paola preocupada de colocarse bien el nudo de su pareo alrededor de la cintura. El espejo le devolvía el fruto de un sacrificio de meses y ella parecía recrearse en esa recompensa que tanta dieta y ejercicio cardiovascular le habían costado. Recogió su bolso de playa y un libro de Neruda que tenía sobre la cama del hotel y se encaminó hasta la puerta. Era su primer día de vacaciones y tenía pensado pasarlo tomando el sol hasta cansarse. Nunca había viajado sola pero ningún amigo podía acompañarla y no estaba dispuesta a quedarse en la capital pisando asfalto al rojo vivo. Además su objetivo era descansar y desconectar del estrés de su trabajo de asesora inmobiliaria y para eso, necesitaba la tranquilidad de un lugar paradisíaco como isla perdida. Una perla caribeña, poco explotada por el turismo, cuyo único hotel ofrecía los mejores servicios en relax a un coste elevado pero proporcionado con su calidad y exclusividad.

Bajó el pequeño tramo de escaleras de la puerta y ya pudo sentir bajo sus pies el suave tacto de la arena blanca. Al fondo se expandía el turquesa de un mar en calma que la invitaba a sumergirse en su interior. Paola respiró una bocanada de aire fuerte y sintió los primeros rayos de sol en su protegida piel. Siempre pecó de exceso y en cuestión de prevención iba un punto por encima de la media así que procuró ponerse suficiente factor de protección. Se dirigió a un pequeño bar con terraza que formaba parte de las instalaciones del hotel y un camarero diligente y muy respetuoso le sirvió un daikiri de fresa. Era su bebida favorita y aunque era una locura pedirla a esas horas tan tempranas, necesitaba relajarse. Se sentó en una de las mesas y observó el paisaje embelesada. Podría quedarme a vivir aquí para siempre, pensó perdiendo su mirada verde en un punto lejano del horizonte.

La playa estaba desierta, quizás era demasiado temprano para la clientela del hotel y sólo podían verse algunos trabajadores del complejo poniendo orden para que todo estuviese perfecto. La terraza ofrecía unas vistas de catálogo de toda la costa pero Paola, que se había cansado de la sombra, optó por ir a reposar con su copa a una de las hamacas acolchadas bajo las palmeras. Desde allí divisó a alguien que le hacía señas. Arrugó su nariz para enfocar mejor y consiguió avistar unos brazos morenos y fibrosos que la saludaban efusivos. Se extrañó de la excesiva confianza de ese desconocido pero le devolvió el saludo acompañado de una sonrisa incrédula. Se recolocó su gorro de paja, le dio un sorbo a su daikiri y se recostó para tomar el sol. No llevaba ni cinco minutos bronceándose cuando notó una presencia a su lado que hizo que abriese los ojos. El joven que la había saludado estaba a sus pies. Le sonreía con unos dientes de un blanco cegador y ella, impactada por esos labios carnosos y ajenos, volvió a saludarle. Pronto supo que formaba parte de la plantilla del hotel. Era una especie de preparador físico integral y su cuerpo mojado le indicaba que acababa de pegarse un chapuzón.

Benson, que así se llamaba el muchacho, le explicó sus cometidos por si le interesaba mantenerse en forma durante su estancia en la isla. Ella rehusó su invitación alegando que sus vacaciones eran de puro relax y que no iba a mover ni un solo dedo. Él asintió con una pícara mirada y Paola notó un ligero cosquilleo en el estómago. El chico tenía un cuerpo por el que valdría la pena peregrinar a pesar de su aparente juventud. Benson le dijo que, en ese caso, la dejaría descansar y tomar el sol pero que tuviese mucho cuidado de no quemarse la piel. Ella se incorporó y le agradeció el consejo. Se pondría más cantidad de crema, ya habían pasado casi dos horas desde que se la había aplicado antes de salir. Rebuscó en su bolso el bote mientras Benson seguía acompañándola. Una vez lo atrapó entre sus cosas, el chico con esa mirada hipnótica y mucha amabilidad le solicitó permiso para aplicárselo por la espalda. Ella aceptó. Iba a levantarse de la tumbona pero él le hizo un gesto de stop. Entonces, con un ligero movimiento de manos, la colocó en posición horizontal y le pidió que se diese la vuelta. Ella obediente así lo hizo y él sin reparo, se sentó sobre sus muslos. Paola notó su bañador mojado a través de su pareo pero no le importó. Benson desabrochó su bikini para que no le molestase en su labor y dejó caer un buen chorro de crema sobre sus manos, las frotó bien y luego las colocó sobre la espalda caliente de la chica. Ella soltó un suspiro breve al notar el contacto y una pequeña sonrisa afloró en su rostro. Benson comenzó a masajear cada centímetro de piel con una destreza sobresaliente. Fue de abajo hacia arriba, de un lado al otro, recorriendo todas esas constelaciones que dibujaban los lunares de Paola. A él le encantaba notar esa suavidad bajo sus manos y ella se derretía con cada caricia que, cada vez, parecía ganar terreno. Masajeó sus brazos, su cuello y su nuca. Repasó cada una de sus vértebras con la presión justa hasta llegar a sus caderas, donde hundió sus manos provocándole más cosquilleos. Volvió a ponerse más crema y subió por la columna haciendo círculos a ambos lados, cada vez más amplios. Le subió los brazos y los colocó a la altura de la cabeza, entonces alcanzó su costado y sus hábiles dedos circularon por su contorno como si para ellos fuese un lugar familiar. Ella apretó los labios fuerte cuando los notó sobre la parte externa de su pecho pero no recriminó su atrevimiento. Esta vez, notó escalofríos alrededor de su ombligo. Entonces Benson se reclinó despacio sobre ella y le susurró al oído que se diese la vuelta. Paola, como atrapada en un sueño hipnótico, obedeció. Disfruta del momento, pensó una vez más. Se dio la vuelta con cuidado de no perder el bikini y Benson se volvió a sentar sobre sus muslos. Esta vez dejó caer un chorro de crema, directamente desde el bote, en el ombligo de la chica. Ella pegó un respingo al notar el frio del fluido sobre su piel pero enseguida lo aplacó la habilidad innata del muchacho. Acarició el abdomen de ella despacio, en movimientos concéntricos, con devoción y con mimo. Subió con sus manos por el torso de ella y cuando llegó al pecho retiró el bikini con suavidad y lo dejó caer en la arena. Paola se mordió el labio inferior porque aunque su conciencia la intentaba convencer de que frenase al desconocido, su instinto la invitaba a dejarse hacer. Ganó la tentación y permitió que la crema llegase a cada recodo de su anatomía. Con cada caricia, sentía una punzada de deseo en el vientre. Benson la miraba fijamente, con las pupilas inyectadas en el placer que expresaba el rostro de la joven. Sus manos recorrían ahora sin censura el busto de Paola expresando una excitación que no tenía límite. Ella luchaba por mantenerse serena pero notaba sus pezones erguidos al contacto de esa piel caribeña y esa forma de acariciar sus pechos, tan delicada y sutil, no la había experimentado antes, así que no pudo evitar que su respiración se acelerase. Él notó como ella iba pidiéndole un masaje más profundo, las señales de su cuerpo eran inequívocas. Entonces, se incorporó y se colocó de rodillas a su lado sobre la arena, con la cara muy pegada al cuello de la chica. Respirando el aroma de la crema. Apartó ligeramente el pareo para introducir bajo la tela su mano y arañó sus muslos. Paola se retorció de placer y siguió adivinando cada movimiento con los ojos cerrados y la boca medio abierta porque empezaba a faltarle el aire. Benson acarició la parte interna de sus piernas, esta vez sin protección solar, mientras notaba como ella las abría despacio. Sus dedos alcanzaron sus ingles y muy despacio penetraron a través de la escasa tela del bikini. Se guiaba por la respiración de Paola y por su excitación. Recorrió con precisión cada rincón de la chica. Estaba muy húmeda y le fue sencillo navegar por su interior. Ella comenzó a mover su pelvis con ansiedad pero despacio, como un bostezo a primera hora de domingo. El estimuló su zona de máximo placer con la presión justa, sabía lo que hacía. Cada vez más rápido, cada vez más profundo. Ella arqueó un poco la espalda y él supo que no podía parar. Quería sentirla estallar bajo su mano. Aumentó la velocidad y las caricias se volvieron más salvajes, más placenteras. Estaba llegando al climax. Paola, que se había olvidado de donde estaba, de si la miraban o no e incluso de su propio nombre, se dejó llevar por esa marea de placer y dejó de ahogar sus gemidos en ella, ya nada importaba. Benson, con habilidad, masturbó su sexo hasta hacerla perder el control y entonces, cuando llegó el orgasmo, se acercó a su boca y rozó su comisura con un leve y delicado beso. Paola intentó recuperar el aliento mientras buscó esa mano que la hizo tocar el cielo por unos segundos.

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