Un café de más y una venda de menos…

22541b43e6e9207325c7cc1103124d88Estaba tan nerviosa como deslumbrante. Con ese aire improvisado de princesa contemporánea y los tacones más altos que había encontrado en mi armario, me daba los últimos retoques. Quería fundir todo el hielo con un sólo golpe de vista y que mi mirada azul hablase con el mismo acento que mi corazón amenazado de escalofríos en pleno agosto. Mi escote de honor hacía equilibrios sobre mi pecho rebosante y la tela de mi vestido caía en cascada en sintonía con el color de mis ojos. Cada vez que me lo ponía, peinaba las calles de toda la ciudad y eso, hacía que me gustase más la prenda.

Un breve pero intenso pitido anunció el fin de mi jornada laboral y mis sandalias comenzaron a devorar metros de acera con la impaciencia más afilada que nunca. A velocidad de latido intercalé pisadas arrepentidas por no haber salido un poco antes. Llegaría tarde. Lo bueno siempre se ha hecho esperar, me contestó casi sin pestañear esa voz invisible que llevamos instalada dentro desde fábrica. Tenía razón, apostillé de forma mental y física arqueando los labios en posición sonrisa pícara. Eso hizo que el brillo de mis pupilas se acentuase un poco más y la emoción se desbordase de su propio molde. Había decidido ayunar mi mala costumbre de consultar el móvil en cada semáforo en rojo y proyecté mis prisas en acortar distancias con esas ganas locas de besar el cielo con la lengua. Mi cielo, mi lengua.

Próxima estación: Callao. Ya estaba muy cerca, me lo susurraban los toques de tambor ventricular a puro grito. Y mis costillas querían silenciarlos con contracciones infructuosas. Imposible. Recorrí los últimos metros que me separaban de mi destino agarrándome fuerte las agallas y contando hasta diez antes de soltar el aire que contenían mis pulmones. Con la brevedad de un silencio mal cosido a la garganta de una ratita asustada me planté frente al punto fijado para la cita. Era una de esas librerías con mucha más gloria que pena y un encanto tan especial como su cuidada decoración. Situada en una casa palacio en pleno centro de la ciudad, albergaba tres plantas especializadas en libros de filosofía, historia, ciencias sociales y literatura. Mis piernas temblorosas sujetaban un cuerpo que parecía hecho de flan pero no me paré ni un segundo y accedí al interior de “La Central”.

Eran las 15:07, pasaban 7 minutos de la hora acordada pero supuse que esa descortesía sería purgada con una simple sonrisa horizontal. Por otra parte esa penitencia también sería la confirmación de que todo discurría por el camino correcto.

Penetré al interior del local y me dirigí a la barra del pequeño bistró situado en la planta baja. Desde allí observé cada una de las mesas esperando encontrar ese hogar que iba buscando en algún cuerpo familiar. Una pareja de intelectuales descatalogados comiéndose la boca con disimulada modestia dejaban pendiente un té con hielo sobre su mesa. Más a la derecha, una joven con gafas de pasta y sonrisa prudente no paraba de intercambiar whatsapps, probablemente con algún candidato al título de conquistar su entrepierna esa misma noche. En una de las mesas del centro, un grupo de tres chicos debatían sobre alguna cuestión política o eso me hacía pensar el énfasis con el que movían sus manos y el nivel de fruncido que alcanzaba su entrecejo. Mi impaciencia, lejos de aplacarse, se encendía con cada intento frustrado de localizar a mi cita. Al fondo comían una ensalada de brotes verdes uno de esos matrimonios a los que la rutina les señala con el dedo a modo de advertencia; una especie de risotto con setas y unas brochetas de pollo teriyaki eran los platos elegidos por un par de amigas que reían todo el rato con sus rostros inyectados en sangre. Seguramente era a causa de algún chiste malo que acababan de contarse. Pegado a la pared del final, un señor de mediana edad apuraba solo un plato de gazpacho de sandía, lo deduje por su tonalidad y porque me leí la carta de recomendaciones del chef, mientras me fumaba una espera que me estaba consumiendo por dentro. Nadie había preguntado por mí y yo no tenía por quién preguntar. Tan sólo esperaba reconocerle como quien reconoce una firma propia entre mil garabatos. Estaba segura de que no necesitaba más que echar mano de ese instinto que nos hace caminar de frente hacia el objetivo, que esa conexión que sentimos desde el primer segundo nos atraería con la fuerza de un imán.

A medida que el tiempo se colaba por las rendijas de mi resignación empecé a notar cómo el abandono me empujaba por la espalda para pasar a comer. Él si tenía reserva, la tuvo desde el principio y estaba hambriento. Noté como mi lengua captaba el sabor a decepción en mi boca y cómo ésta había dejado de obedecerme cuando la instaba a sonreír sin ganas al camarero.

Esperé disfrazada de ilusión rota un susto a traición por la espalda, unas manos que cubriesen mis ojos y una voz de acento ítalo que me susurrase que por fin podíamos ser uno. Esperé que mi corazón estuviese al borde del colapso al notar las yemas de sus dedos en mi rostro, que sus palabras rebotasen en mi interior tras saborear su significado y que entonces pudiese darme la vuelta y contemplar al amor más perfecto que mi mente había diseñado para mí.

Esperé darme cuenta de que el oro no siempre reluce y de que los cuentos sólo son cuentos cuando todos sus protagonistas creen en ellos. Que el amor no es cosa de redes, sino de tacto y que toda la melancolía que acumulé durante meses saldría precipitada en desorden, justo cuando me diese cuenta de que ante mí sólo estaba la encarnación de la mentira.

Esperé tener que girarme y comprobar que mi sueño no era más que humo de hoguera hecha con fantasías y que los recuerdos que me había encargado de tallar a mano eran el alimento de una historia falta de vida, de verdad, de caricias reales de madrugada, de diálogos perdidos entre carcajadas a media noche, de besos con humedad, de abrazos ilimitados y orgasmos infinitos.

Esperé ansiosa cada lágrima de pena pero mi vista cansada y seca no pudo complacerme. Entonces me dí cuenta de que estaba agotada de esperar lo que nunca llegaría, de que había rebasado todos los límites de tolerancia y de que el papel de marioneta se me había quedado pequeño. Ya era hora de cortar las cuerdas porque no necesitaba de nada ni de nadie para seguir remando.

A pesar de esperar todo lo que no vino, no fue necesario darme la vuelta para notar como la venda se fue despegando sola y por fin… mi mirada estaba preparada para enfocar de nuevo la realidad y dejar la ficción para el cine. ¡Yo nunca tendré una casa en un Lago!

Un café solo, por favor. —le rogué al camarero con educación y media sonrisa. Mi boca empezó a responder y el guiño amable del chico me recordó que los gestos pesan más que algunas palabras.

Los cuentos, al fin y al cabo, no sólo viven de sueños sino que, muchas veces, son nuestra propia vida y no nos damos ni cuenta. Sólo tenemos que saber esperar porque lo mejor, siempre, siempre, está por llegar…


El tiempo tan solo desnuda la certeza de sabernos más expertos en teorías probadas a base de errores propios o ajenos pero no nos hace por ello más invulnerables al dolor.” (Vir)

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