Lo que nunca te dije…

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Nunca te dije que me disfrazo de fortaleza,
para que tus tropas de piel y hueso
me invadan a tientas con su humedad,
ni que intento hacer la vista gorda cuando dejo de ser sol
para convertirme en tu luna enquistada.
¡Ojalá nadie pueda extirparme de tu mente!

Quiero poder mirarte a los ojos
y descubrir verdades con el infinito subido
y promesas de amor con la falda por las rodillas y las uñas rojas,
siempre quise meterle mano a tu auténtico “yo”
y nunca me lo ha puesto fácil.

No te dije, tampoco, que mi lengua vivía insomne
entre ese antídoto que curaba tus ganas y que, ahora,
a pesar de no estar sola,
pelo mentiras con cuchillo de sierra y no me va mal.
Tampoco admití que falto a la verdad cuando pasa lista
y que he dejado que mis miedos críen polvo sobre el mostrador de tu pecho.
¡Ponme media tapa de caricias y una sonrisa sin hielo, por favor!
¡Y deja de mirarme con esa cara! ¡No soy de piedra!

Nunca te dije que la esperanza me perdió de vista,
y que luché por no ser una de tantas siendo sólo “yo”,
y para ti parecía ser más que suficiente hasta que llegó el final.

Nunca te dije que lloro porque se me ha olvidado cómo se sonríe
y que muero porque he recordado vivir sin ti y no me gusta el efecto.
Que aunque me diste luz verde para nadar a contra corriente por tus venas,
nunca llego a la meta cuando voy sin tacones.
Que me gustaría poder saltarme el stop de tu risa,
para cederle el paso a mis besos y poder hacerte bailar sobrio sobre los tejados.
Yo no puedo negarte canciones descalzas
porque mis pies hace mucho que empezaron a reprimir despedidas
y con la tuya, se han parado en seco por más mojado que estaba el camino.

Nunca te dije que tu voz me sabe a rock sureño
y que tu espalda es esa autopista por la que perderme
con menos vergüenza que frenos. ¡Adoro tus curvas!
Que eres la persona con más palabras en la boca que aliento
y que el envoltorio dejó de importarme
justo cuando tu relleno empezó a saciarme.

Nunca te comenté que a pesar de que intento aparcar lejos de tus aceras,
siempre me rozo un poco sin querer. Lo siento, estoy aprendiendo a evitarte.
Que me gusta tropezar con piedras que llevan tu nombre
para mirar al suelo de vez en cuando y recordarme que no es malo morder el polvo
y que no hace daño sonreír al frio cuando tienes calor
ni a la fiebre cuando son tus dedos los que me tocan.

Nunca te dije que perderme en esta selva urbana se ha convertido en hobbie
y que, cada mañana, me da la gana de perseguir utopías a tientas
porque es la manera más dulce y menos cruel de echarte menos de menos.
Nunca te lo dije pero desde que no estás,
la vida ha dejado de ser rara y es un poco más amable
pero, sin duda y sin ti,
es
mucho
menos
bonita.

En el bar Ojalá

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Bebiéndome un chupito de promesas en el bar Ojalá, me doy cuenta de que todo lo que mis manos no alcanzan es lo que decide mi cabeza añorar. Me las han servido frías, con la consistencia casi sólida de quién llora por la boca y con el alma aferrada al puente que une las comisuras de tus labios pero, aún así, no pude saborear ese lejano tacto que tanto echo de menos. Cómo me gustaba escuchar tu risa… Ese sonido que se dejaba caer entre mis pechos para estrellarse en mi ombligo. Esa textura húmeda y suave que se hacía querer entre pares de piernas y esperanzas a medio edificar. No hay mayor cantidad de escombro que los restos de mi naufragio a la orilla de tu abandono. Quizá ya me hayas olvidado tanto como las ganas que tengo de intentarlo yo, aunque tu muerte me sepa a fracaso y haya descubierto salivas con sabor más amargo que tu ausencia. Mi necesidad ha sido tu remedio y cuanto más nadé, más me alejé de tu muelle. A veces me parece ver tu luz encendida y me pregunto si en algún momento me piensas, pero he empezado a odiar el verde porque la esperanza se ha vestido de roto y las luces no iluminan penumbras bajo la sombra. A veces creo que has sido tú el sueño que me ha despertado; otras, en cambio, prefiero pensar que fuiste la pesadilla que me llevó a dormir en un cuento donde los finales se visten deprisa y se quedan a medio abrigar. Será el otoño que me ha hecho pensar en ese calendario que dejamos a medias, será el eco de tu risa ahogándose en esta copa que me sabe a ceniza, será que soy, hoy, menos tuya y más mía, será que he aprendido a querer olvidarte o será… que, aunque no quiera, siempre te recordaré.

Cuéntame hasta diez y apágate la vida

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Quiero ser ese bostezo que bese tu boca justo antes de que tu realidad se haga sueño
y que se me declaren tus miedos, antes de dormir,
con esos poemas de amor reciclado que salen del estómago a medio masticar
y alguna canción esperada de esas que te hacen erizar las intenciones.

Quiero besar tus excusas para no mirarme a los ojos
y ponerte parches por donde pierdes dudas y se te escurre el alma a trozos,
y que el llanto firme treguas sin temblarle el pulso
y que tu aliento ponga voz a mis recuerdos de risas y piel sudada
y apoye primero el pie derecho en mi lengua para que tu deseo se vista de gato blanco.

Quiero ser ese ese trozo de importancia que se le ha caído a tu sombra,
justo antes de esconderse del día en que empecé a desconocerte.
Ya sabes, no hay principio de nada sin un jodido final que te parta los dientes.
Y por más que lo intentes, no podrás volver a ser tú sin mi yo,
porque me has quedado a deber demasiadas sonrisas.
Y yo sigo aquí, donde la vida comete errores por omisión
y me extingue las ganas de quererte a base de hostias.
Donde estampo mis huellas huérfanas de poros
contra una pared que lleva tu nombre cosido a balazos.
Cuéntame hasta diez y apágate la vida,
resúmete en sueños rotos dónde cada pedazo te hable de mí
y apriétate fuerte las agallas para poder respirar en mi ausencia esta noche,
y así, mañana tengas el valor de recordarme tan desnuda como me dejaste.

Retrato de una poeta desnuda

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Me he perdido una vez en una playa y algunas veces más en la vida,
me han roto la nariz jugando sin querer,
y queriendo he dejado de jugar con mis cicatrices.
He hecho autostop estrenando la noche,
he mentido por amor
y dicho la verdad por amistad,
he llorado de mil formas diferentes,
me he reído de mi misma en más ocasiones de las que quisiera,
he probado salivas de las que no recuerdo sus nombres,
he tonteado con las drogas blandas pero no llegamos al altar
y he recitado versos a la virgen en una iglesia a reventar.
He querido más de lo que mi corazón estaba dispuesto,
he confiado en la existencia de los príncipes azules hasta que dejé de creer,
he vivido un año sabático cuando debía estudiar
y estudiado la forma de que no me pillasen.
A veces sueño cosas agradables,
otras, son las pesadillas las que me sueñan a mí,
tuve miedo de dormir sola
hasta que aprendí a conocerme de dentro hacia fuera,
he amado sin límite a alguien que no logré tocar nunca,
he tenido citas a ciegas pero casi siempre se me caía la venda al principio,
he bebido hasta perder el control
y he fumado hasta recuperarlo.
He bailado en tarimas y escenarios buscando aplausos difíciles,
y me he escapado de las normas con nocturnidad e impunidad.
He robado algún corazón que no necesitaba sólo por diversión,
y suelo dejar, casi siempre, que te creas que me pillas con tus bromas.
He intentado contar chistes que no recuerdo pero nunca los termino,
he sido fumadora durante los diez años más tontos de mi juventud,
he vivido en cinco ciudades distintas,
he estudiado una carrera sin vocación,
y aprobado una oposición por libre y otra por interna.
He aprendido a quererme con mis defectos sin contar con mis virtudes,
he tolerado poco y me han aguantado mucho,
he vivido deprisa y he pisado el freno para no agobiar,
he visto a la pobreza dormir en un portal
y aparentar una felicidad a la que no alcanza mi dinero.
He hecho el camino breve de Santiago sin entrenar y me costó llegar,
he escrito una novela improvisada en un mes y… reto conseguido.
He tenido suerte,
he conseguido casi todo lo que he querido,
y perdido lo que no me interesaba,
he cantado en karaokes con alcohol y sin él,
he saltado la hoguera sin quemarme,
he ganado el primer premio en un concurso de dibujos navideños,
y otro de relatos,
y me ha tocado la mansión de Barbie sin un ken esperando paciente.
Me han puesto anestesia raquídea y sedación
pero nunca me he roto los huesos,
y aunque he tirado la toalla por unos segundos tan sólo,
y me he caído mil veces,
he aprendido a levantarme otras mil.