Esta mañana…

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Esta mañana me siento menos nada, menos vacío repleto de miedos con la cara limpia, menos promesa de sueños huérfanos de una realidad que se queda corta. Esta mañana me he vestido de domingo siendo jueves y me he comido tus recuerdos con las manos, para ensuciar ese tacto que te hacía suplicar el cese del tiempo, y un trocito de mi mundo en ruinas para que mi día empiece menos empañado que este espejo sin reflejo. Esta mañana me he despertado con las ganas descalzas de rendirme a tus abismos, con el corazón pasivo cruzando sin mirar y el estómago encogido porque te quiero a tiempo completo aunque sólo te deguste en porciones.
Esta mañana me he disfrazado de anticipo, de deuda pendiente y de saldo a tu favor a pesar de que nunca me ha gustado quedarte a deber. Y me siento como esa musa inventada que te persigue en las canciones, en las ciudades que visitas, en los rincones que habitas para que los poemas dejen de reiterar utopías y se vuelvan verdades infinitas con las que jugar a perderlo todo. Y que de estas verdades se escapen mis dudas de otras bocas dispuestas a besar con los ojos cerrados y a certificar mi muerte por placer como si fuese éste el remedio. Explícale a mi amanecer que esa condena perpetua al olvido, que me hace perecer, se ha perdido entre los  porqués de haberte ido. Y deja que me duerma de nuevo pensando en que podrías ser tú ese verso despeinado en mi almohada, que me aliente en cada paso, en cada sueño adulto, en todos los imposibles que soporta esta distancia que nos une.
Y camino entre las líneas del tiempo con las mismas coordenadas que me conducen al recuerdo de tus ojos. Y te miro tejiendo complicidades menos rotas que ayer y menos dueñas de ti y más pendientes de todo lo que no te he perdonado sin derecho. Y siento en mi piel la réplica exacta de ese grado 7 que tambaleó mis cimientos la primera vez que nos ahogó el calor y sucumbimos al deseo y derrocho mis inviernos en evocar tus texturas, tus colores y todos los sabores con que desvestiste mí lengua, en verte pasar las hojas de mi calendario con tus dedos húmedos y en comprender la causa de cada disparo improcedente en este despido tan incongruente. Y me miras con esa paciencia prestada a punto de vencerte, con la pena enfundada entre ceja y ceja porque te falta aire y te sobran alas. Y yo me desprendo de ti con la misma pereza con la que se calientan mis bostezos los lunes y convoco reunión de lágrimas para que ésta y todas las veces que me despierte contigo entre los dientes, sepa que este dolor no admite más socios.

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