Mi lambrusco cavicchioli dell’emilia

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Su piel olía, en parte, a esa insensatez que desprenden las locuras más puras y, en parte, a deseo concentrado en un sólo objetivo: despertarme todos los instintos.

La tarde guardaba el secreto recelosa, como si su muerte dependiese de un paso a nivel sin señalizar y el tacto jugaba a reconocer sombras, entre suspiros exiliados en gargantas insatisfechas y escombros de historias muertas flotando en adrenalina. La respiración se envalentonaba al compás de arritmias de vértigo y ambos nos prometíamos caricias ilimitadas con caducidad programada, mientras nuestras lenguas remitían el cálido mensaje de una pasión recién nacida. Ávidos de sensaciones sin censura, nos mirábamos fijamente con las yemas de los dedos y aprendíamos cada rincón con la intensidad justa y la elegancia de saberse desnudar el alma antes que el cuerpo. Sentíamos traspasar la humedad de nuestras bocas en ese intercambio de opiniones impúdicas y devorábamos con ansia cada argumento que nos recorría los labios. Bebía de ti, de tus notorias agallas, de cada poro que se erizaba al roce de mis uñas. Mis manos buscaban tu placer con la urgencia suicida de quién se encuentra al borde de su propio abismo y tú sonreías, en la sombra, con las ganas afiladas y el destino soplando a favor.

Hicimos saltar por los aires todas esas alarmas que nuestro pasado introdujo en vena y dejamos paso al hambre homicida y a ese efecto anestésico que deja la propina más elevada. No quedaron centímetros sin bañar en saliva, ni razones vestidas, no hubo frenos que suplicasen treguas, ni gemidos en vano, sólo esa sensación tonta de embriaguez absoluta que te llevó a morir en mis caderas. Esa tarde cualquiera, en la que nos exprimimos los jugos de la victoria con la lengua, tejimos uno de los recuerdos más vivos de nuestra historia y cada brote de sonrisa que nos conduzca al mismo lugar, nos devolverá ese sabor incomparable a cavicchioli con el que tu boca salvó a la mía…