Esta madrugada prestada… (by Eric)

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Cuando nadie me ve, suelo perder mis dedos removiendo torpemente los hielos del Gin Fizz, es la única manera de sentir que estoy vivo… es mi curiosa manera de ver la vida a través del caótico estado del agua fría, muy fría, tan fría como esas noches que la soledad se gira, cuando se cruza contigo y te guiña un ojo…
El sabor de la Hendrick´s seca degollándote el gaznate, se lleva para sí el aliento del último beso que diste ayer, del cual no queda nada…
Sólo la certeza de esta madrugada amarga y cortante, nos imprime prisa a las torpes almas que aún quedamos zombis, prisa por llegar de nuevo a nacer para saborear el tiempo que tardamos en morir… Dicen los viejos “…Desearás siempre lo que no tienes y cuando lo tengas, lo perderás…” y, como un niño, lloras y olvidas en un rincón el juguete preciado que tuviste ayer entre las manos… creyendo que removiendo el hielo de tu vida algo cambiará, y el hielo sólo cambia cuando nace el fuego cerca y tibiamente se hace vapor y desaparece como tu ginebra desaparece sorbo a sorbo, entre los labios, en oscuros y sombríos bares de esta madrugada, que no es la tuya… sino sólo prestada porque tú ya no vives.
Siempre cruzas la mirada terca en tus adentros y recuerdas la miel de los labios perdidos, sientes hasta la húmeda caricia de la lluvia en la cara, aquella que resbalaba por su cabello torpe y revuelto mientras contabas una a una las farolas de vuelta a casa.
Ahora, ya no hay casa, no hay lluvia… no hay vida, sólo queda el último destello de un neón azul reflejado en tu copa balón, y el tintineante duelo entre los hielos por saber cuál se llevará tu último sorbo helado de esta madrugada prestada…

Brindis

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Brindo por…

esa cicatriz llamada septiembre,

por cada uno de los pétalos que deshojaste de mi alma,

por la muerte en vida y por la vida muerta

(a veces conviene morir despacio y volver a nacer)

por los musos que beben en copa de balón sin saber de fútbol,

por el desacierto de desesperarte en cualquier esquina bajo la lluvia,

por tu sonrisa cuando me ciega la razón y cuando no…

por tu tacto que me permite seguir perdiendo todos los juicios,

por las nubes con forma de dardo,

por otro Gin Fizz como éste,

por todas esas veces que me arrancaste la piel y no estaba el SAMUR,

por las madrugadas de sábanas sucias y balas perdidas,

por todas las estaciones de tu cuerpo donde deseo bajarme cada día,

por ese polvo bañado en corrientes de codicia,

por las mamparas de baño y todas sus huellas,

por los peros empañados y los cigarrillos sin fumar,

por cada una de las veces que me dijiste “ya está”

cuando todavía no habías ni empezado…

Y brindo por tus mareas reprimidas sobre mi espalda,

por el lado más ácido de tu sombra,

por cada letra que compone tu himno favorito, mi éxtasis,

por que sigamos nadando en lava,

y porque yo…

siga sin quemarme en cada una de tus erupciones.

Tú y yo

tu-y-yo

Yo hacía acrobacias con los días y las palabras y con la pereza de sentirme ombligo de un mundo repleto de carencias, mientras mis piernas retaban al equilibrio y a la imprudencia con decididas zancadas de quien tiene más prisa que miedo y más razones para bailar bajo la lluvia de las que pueda contar con los dedos. Buscaba esa inspiración sin dobleces, ese pudor educado para vencerse a sí mismo ante un stop de risa floja, esa carcajada sin muscular que me cobrase en gotas de sudor caliente; buscaba, también, ese culo prieto de tacto sedoso y esa tempestad capaz de arrancarme de cuajo el bikini en ese mar de tonos apagados y ausentes, donde la ignorancia se viste de puta en oferta y la elegancia está al borde de la extinción.

Tú surcabas la pecera en busca de aristas sin pulir que te sobresaltasen el ánimo, de sirenas con curvas en mayúscula y la timidez tachada con saña, de escalofríos ardientes con el acento en las ganas y las excusas enfundadas, de la excepción subrayada con la memoria blindada, sin taras, sin defectos, sin saldos de cuentas pendientes con la vida y con los lunares todavía sin difuminar. Nadabas entre las mareas muertas, esquivando las miradas de todos esos tiburones sedientos de almas que apuestan su lado oscuro por un puñado de aspavientos. Puede que tu red rota fuese el cebo más valioso, porque ambos sabemos que todo lo que merece la pena dura un suspiro y, siempre, se necesitan salidas de emergencia para huir cuando las alarmas de incendio gritan “fuego”.

Yo fui ese soplo de desconcierto con buena letra que sedujo tus verbos y los condujo al borde de mi cintura para dejarlos caer entre mis piernas , fui el verso que te rozó los poros de la cordura y, aunque todavía dura la embriaguez, hemos vuelto a la orilla. Y desde esta playa te miro florecer bajo la ropa y crecer sólo con evocarme o con recordar tus charcos en mi espalda cuando te descorcho la vida y te desplomas sobre mí.

Tú eras ese bocado de exquisitas proporciones y humedad, que eyaculaba palabras de deseo sobre mi escote y deshojaba margaritas por rutina. Acariciaste mis miedos hasta convertirlos en ceniza y, entonces, la brisa tonta de principios de febrero me hizo un traje de locura sin costura y esculpí esa tentación aguda que germinó un palmo más abajo de tu ombligo y te hizo caer en la rotundidad del “cuanto antes”, sin paladear pros y contras porque sabes que el sabor de la adrenalina recién exprimida es el trago más reconfortante que la ilógica te brinda y tú escogiste desnudarme la sombra y lo hiciste del modo más salvaje con el que pueden mirarse a los ojos dos aciertos que buscan cielos estrellados en los que provocar hogueras y, desde entonces, compartimos ese escalón que nos convierte en iguales y cada vez que nuestras orillas se mojan hasta las rodillas, nuestra piel nos suplica que ,tú y yo, seamos de nuevo uno.

Algunas noches…

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Vuelvo a sentirme como si estuviese allí,

en ese original dónde y ese cuándo atropellado,

formando parte de un anonimato pactado,

exprimiéndome el jugo con tu tacto,

quitándole las bragas a una fantasía,

la de esos pocos que nos movemos

por el impulso de no querer perdernos nada,

de sentirnos más vivos que el resto.

Bebiendo adrenalina recién ordeñada

en vaso de tubo y sin hielo,

perdiendo las riendas de cada latido,

en cada peldaño,

en cada susurro,

en cada caricia,

en cada sentido…

Algunas noches sigue vibrando mi cuerpo,

cediendo paso a la más cuerda de mis sensaciones

y me dejo envolver por cada detalle,

por cada momento que impregna mi memoria,

como cuando tu saliva lubricaba mi descontrol,

y me preparo con la convicción de dejarme llevar,

de nuevo,

por todos esos recuerdos recién pintados

que huelen a sábanas sucias y besos furtivos,

a sombras que pierden su contraste bajo la ducha,

a esa atracción animal que nos crece de dentro hacia fuera,

como si el mundo empezase de cero cada vez que te presiento.

Algunas noches me dejo naufragar en el deseo

como si, de algún modo, supiese que con ello

acabaré recordándote para siempre…