En algún rincón del alma (by Eric)

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A veces se nos desgarra “algo” por dentro y salen textos rotos de singular belleza, que no son más que las piezas de un puzzle a medio acabar, retales de una biografía repleta de valles y cimas, de cumbres y abismos, esquejes que pueden llegar a germinar o fotografías con olor a prestado en vaso de tubo y mucho hielo…

“Hoy me levante con el pie izquierdo, ese que al mirar te devuelve una cojera y te empuja a caer en el abismo del podrido recuerdo de ese fracaso que todos, en algún rincón de nuestras almas, llevamos escrito a fuego…
Esa sensación que a veces sin saber porqué, emponzoña el alma y la tiñe del más oscuro de los negros, dejando en tu boca un sabor ácido, por más dulces que sean los labios que hayas besado…
Hablo del fracaso de un proyecto que se concibe como el motor de tu mundo y que tras años de esfuerzo, pierde su fuerza y te deja tirado sin amparo en la cuneta de esta vida.
Dicen que nada se debe comparar, otras vidas, otros momentos, otros labios y otros sexos, nada… eso dicen…
El olor a tristeza es la estela de espuma que dejas tras de ti cuando la tabla surca el agua salada, nunca debes mirar hacia atrás, porque esa huella te hará caer y con el tiempo se hace más costoso levantar los huesos.
Hoy me temo que no habrá demasiada ginebra en mi copa, como para olvidar lo frio que está el hielo y lo vacía que deja el alma ese recuerdo, en esta noche de Junio, que dicen…es mágica…
Salud y buen viento.”

 

 

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El culo más bonito de toda la ciudad (de C. Salem)

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Hoy me apetece regalarle a una parte de mi cuerpo un poema de alguien a quién admiro mucho, el maestro Carlos Salem. Porque cada uno de nuestros rincones se merece un homenaje y porque, a veces, necesitamos darnos cuenta de que la belleza no está necesariamente en los ojos de quién te mira sino en los de uno mismo. Hoy me apetece quererme como nadie……

Ella creía que  yo era un hippie de novela
el mejor artesano   un maestro del zen
y yo sólo vendía collares en la plaza
si no tenía trabajo qué más podía hacer.
Tenía dieciséis años de niña bien
complejo proletario pret-a- porter
un padre ejecutivo de petrolera
que empezó desde abajo como peón
cada brazo del tipo eran tres míos
me hizo seguir dos días y se olvidó.

Yo tenía más o menos veintitrés
y todo el tiempo del mundo para perder
un divorcio reciente pero sin red
tres negocios infalibles y  fallidos
viajaría hasta guayana con un amigo
en un gran coche fúnebre que era de él

Me trajo una manzana y cigarrillos
me trajo a las amigas para comprar
y se quedó hasta tarde puliendo anillos
mis amigos rondaban para espiar
tenía todo ese pelo mucha energía
y el culo más bonito de toda la ciudad.

Ella quería que   yo fuera un asceta
una mezcla de ghandi y el shidartha de hesse
y yo sólo quería meterme entre sus piernas
dejar hablar la sangre y empezar otra vez.
Afortunadamente ella quería también.

Ella creía que yo era un guerrillero
por los libros de trotsky y los discursos grabados de fidel
yo sólo tenía una dispersa ideología
herencia de mi abuelo y aquél poster del che

Ella tenía pensado hasta el menor detalle
y yo la complacía era su personaje
demasiado cansado  para pensar
se quitaba la ropa y volvía a empezar
tenía fuego dentro
y el culo más bonito de  toda la ciudad.

Ella quería que fuera un hombre sano
deje de emborracharme me hice vegetariano
defendí mi tabaco y en eso no insistió
decía que mi pobreza era una decisión
ella experimentaba en mí sus teorías
y yo volqué en su cuerpo todas mis fantasías.

Quería que fuera un universitario
por pura cobardía yo era un genio negado
y retomé los libros y me busqué un trabajo
por miedo a no tenerla desnuda boca abajo
y cambié de provincia y entré en la facultad
por el culo más bonito de toda la ciudad.

Ella quería que fuéramos una pareja abierta
una prueba viviente del amor más moderno
y yo sólo quería meterme entre sus piernas
dejar hablar la sangre que hablara un poco menos.
Y desgraciadamente ella tenía celos.

Ella acabó casándose con un amigo
al que aún le debo mi libertad
yo no era el personaje que ella creía
y para estar seguro firmé como testigo.
Y al salir del juzgado salió de mi vida
el culo más bonito
de toda  la ciudad.

Boceto de una tarde de jueves

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Esa curiosa sensación de morder asfalto hirviendo con los dientes rotos y el sudor amenazando con traspasar la tela de tu vestido, no son sino algunas de las irónicas ventajas de viajar a primera hora de la tarde en la línea 5 de ese invento subterráneo de irritante frecuencia en días de paros intermitentes.

Una pareja se muerde las ganas de follarse con los ojos y con la propia vida, si les dejan cinco minutos a solas, apoyándose contra la puerta del vagón. Ella exhibe su rolliza y arrugada axila izquierda a modo de reclamo, que va en conjunción con su desacertado vestido ajustado, y que más que realzar su figura la convierte en sinónimo de atroz. Él realiza panorámicas de su escote y su erección va aumentando por segundos, los que tarda su intelecto nivel tortuga ninja en recrear imágenes obscenas con ese tocinito de cielo de caderas anchas que le invita a adentrarse en su canalillo. Ella, con su escaso metro cincuenta y su melena negra azabache, se contonea a ritmo de vía desgastada y aprovecha los vaivenes de los engranajes desaliñados de un metro aquejado por los años y la explotación, para frotar sus muslos contra el centro de gravedad de ese macho alfa de piel tostada que parece querer ponerla mirando al andén, en lo que tarda ella en bajar una vez las persianas a sus pupilas caribeñas.

A mi lado va sentado uno de esos insectos adolescentes que despiertan tus instintos más homicidas y siembran, con sus actos, tus ganas por practicar cortes con ese cuchillo de sierra que te arrepientes de no llevar esa tarde entre tus productos de maquillaje. Su móvil emite la misma canción de Alex Ubago para todo el vagón. Una y otra vez, hasta que memoricemos la letra y la invoquemos como un mantra. Lejos de pegarse el sonido a su oreja, decide compartir tan empalagosas melodías conmigo girando su dispositivo hacia mi nuca y yo, tengo dos opciones: matarle o ponerme los cascos a todo volumen para contrarrestar. Soy cobarde y no me apetece ensuciar mis manos con un rh en plena pubertad, así que opto por la opción menos cruel. Lo que me permite seguir presenciando el panorama concentrándome en las escenas mudas.

Enfrente tengo una señora de rasgos latinos, apostaría que podría ser de México DF porque de sus nudillos sobresalen las asas de una bolsa de “mexican factory” burrito´s home y porque tiene cara de haberse envenenado la faringe con un jalapeño, o eso, o su marido la está dejando por whatsapp. No me extraña… ese vestido de figuras geométricas con el que ha decidido comerse hoy Madrid, podría condenarse con pena de prisión por escándalo público con agravante. Sonrío para mis vísceras y lamento ser tan observadora aunque, en realidad, siempre me ha gustado otear al mundo desde la barrera del disimulo. Vuelvo a sonreír porque caigo en la cuenta de que lo que yo considero “disimulo”, para los que me conocen bien se llama “descaro crónico”. A su izquierda se sienta un señor entrado en carnes y en años, que todavía se cree que llevando las gafas de sol puestas nadie se percatará de su incisiva mirada de pervertido venido a más. Lástima que derroche su maltrecha e incipiente ancianidad en cosechar saliva, cada vez que unos pechos rebosantes pugnen por liberarse de las garras de algún sujetador cedido por el exceso de carga. Pero no le culpo, allá cada cual con sus hobbies. Que se quede con el recuerdo tanto como le permita su ajada memoria e intente masturbar su apetencia en la sombra de su salita de estar si el vigor anoréxico de su cuarta edad se lo consiente.

A mi otro lado va una joven de melena rizada que no para de atusarse sin descuidar la pantalla de mi móvil con el rabillo de su ojo derecho. Estoy empezando a rozar con mi empeine las mieles de la ira. ¡Puta manía de meterse en las vidas del prójimo!

Muy cerca tengo a un hipster de barba recortada y gafas de pasta, que le dan ese toque intelectual y sibarita del que presumen muchos, cuando en realidad lo más cerca que han estado de acariciar la cultura es cuando por error su navegador les abre una página al azar de la wikipedia. En este caso, este especimen me expide cierto olor a mente cultivada. Va enfrascado en la lectura de alguna novela digital que le suscita cierto interés, ya que parpadea lo imprescindible para evitar la sequedad ocular, y que dado su semblante rígido y aséptico bien podría ser de Houellebecq o incluso de Bolaño.

No me apetece seguir psicoanalizándo vidas anónimas y me centro en la música que retumba en mis oídos. Voy demasiado agotada del gimnasio, harta de ver líneas rectas en un mundo que para mí tiene mucho de tangentes por las que salirse y acalorada por este prematuro verano que nos ha robado la escasa brisa por sorpresa. Sólo llevo vestido un “quiero hacerte sudar, sudar y respirar”. No sé por qué me viene a la mente Ferreiro si a mí me ponen los morenos y, últimamente, tengo la posibilidad de gozar del usufructo esporádico de un cuerpo esculpido por el kitesurf, al que ahora le debe estar aflorando una sonrisa entre pícara e irreverente porque me conoce más de lo que presumen muchos y porque ha sabido retar a mi mente como pocos  y estoy segura de que no le sorprende que su esencia se escurra entre mis líneas de vez en cuando o… quizás todas las veces mientras el viento siga soplando a favor.

Al llegar a mi parada, me incorporo, me coloco el vestido, recojo mi bolsa de deporte del suelo y me encamino hacia las puertas que un señor de pelo canoso y camisa de cuadros se digna en abrir para mí. A veces, te tropiezas con gente muy amable que te sube la sonrisa un par de escalones. La serpiente de metal me escupe al andén y la tarde recién parida, de este jueves abrasador, me susurra al oído que las caras y los gestos de la gente se olvidan mientras mis tacones resuenan por toda la estación.

Naufragio en la 206

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He vuelto a lamerte el alma desnuda

porque sigue acechándome cada día

en esta vida que, por ser tan mía,

ha dejado de ser la tuya…


Y esta vez me sabe a mojito pasado de azúcar,

a gotas de lluvia ácida que me inunda los recuerdos

y parece que, hoy,

se quieren quedar a dormir en la 206

una vez más…

Pero mi mente ha dejado de ser ese desierto

donde se acumulaban todas tus mierdas

y todos esos alientos que desafinaban

en cada beso que me robaban sin querer

y que han dejado de servirme de sustento

porque ya no quiero seguir creciendo…

¿Para qué?

Si se me ha caído la vida cuando ya no estabas,

si he dejado de sumar con los dedos

y todos esos peros que usabas de freno,

han echado raíces fuera del tiesto.

Si todavía presiento tu lengua entre mis dobleces

mientras imagino como te corres con todas,

menos conmigo,

y no me quedan ya finales,

ni maneras de perder lejos de tu ombligo.

Si los libros ya no me salvan de ti

y las derrotas no florecen con luz verde,

si, por un rato, el mundo me ha vencido

o herido… o yo que sé…

Si ya no me apetece abrigarte los motivos

para brindar por un nosotros en diminutivo,

si has dejado en jaque mis sueños

y volado los tuyos con la pólvora

que no quisiste estallar entre mis piernas.

Si la realidad que nos prometía caricias

y derecho a las sobras en el banquete de los triunfadores,

se ha quedado afilándole los gemidos a otra,

y quién sabe, si tú,

serás capaz algún día…

de escaparte de mí.

Y yo…

ahora rebusco entre el hielo,

todas las formas posibles

que me quepan bajo las uñas

para poder salvarme…

de este naufragio.

3 años dibujando bocetos y sigo aprendiendo a pintar…

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Tal día como hoy (de hace ya tres años) me sentaba frente a la pantalla de mi portátil dispuesta a adquirir una rutina e infundirme el hábito de la escritura diaria. Pues bien, hasta la fecha puedo afirmar dos cosas: Que definitivamente no soy animal de costumbres por más que me empeñe y que mi forma de escribir no se hace, sino que me nace. Lo de parir un texto con periodicidad preestablecida me resulta imposible y lo de sentarme a darle a las teclas por obligación, me parece una condena demasiado amarga para alguien que se mueve en la esfera de la improvisación y la impulsividad.

Comencé invocando a Coelho: “Es justamente la posibilidad de realizar un sueño lo que hace que la vida sea interesante” … Sigo masticando la grandeza de esta afirmación como un bocado exquisito para paladares exigentes. Y es que… sin sueños, metas, planes, proyectos, ilusiones, aspiraciones, locuras, fantasías y, en definitiva, ganas de comerse el mundo, la vida no tendría sustancia. Hay que vivir tratando de dejar huella, subrayando cada paso hacia delante, tatuando tu esencia en los demás, pisando fuerte y haciendo que tus tacones resuenen en cada silencio; que se recuerde que tus manos han tocado y erizado pieles, que tu boca ha besado universos que parecían inaccesibles e inalcanzables, que tus palabras han hecho perder papeles y sembrado ese desorden mental deliciosamente caótico.

Empecé dibujando relatos para ese taller que me hizo querer un poquito más la literatura en todas sus vertientes y, en la actualidad, me encuentro pintando desnudos, sensaciones, sabores, experiencias que quién sabe si son realidad o ficción, emociones y recuerdos que se atreven a pellizcarte en el lugar adecuado para que sonrías con esa nostalgia en la punta de la lengua y con esa soledad empañada que te hace mirar adelante con la lección aprendida y las ganas al volante. Todavía me queda mucho por aprender, por decir, por vivir… y, aunque escribo para mí porque necesito expresarme y no dejar que mis emociones se enquisten en la boca de mi estómago, sé que muchas veces he logrado (aunque fuese un poquitín) haceros sentir parte de mis percepciones, de esta forma tan loca de trepar por la historia que no es otra que mi propia biografía. Estos retales que van tejiendo mi camino son piezas de una evolución que considero intensa, ácida y repleta de vivencias con el vértigo pegado a los talones. Los límites no son más que excusas para no crecer. Vamos a seguir remando… por ese rato de placer prestado, por las sonrisas que voy cazando mientras persigo los sueños que me crecen del lado izquierdo de mi escote, por esas locuras que saben a adrenalina sin mezclar, por las copas rotas en bares de mala muerte, por todos aquellos/as que nos erizan la piel, por las secuelas de un orgamo prolongado, por las pausas para el café y los viajes en metro, por vosotros, por mi… y porque la llama de este rincón no deje nunca de calentarnos sin censuras!!

 

 

 

Lección 7 (el hielo sirve para más cosas que para enfriar las copas)

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Dejar la puerta entornada para que penetre el calor en cada rincón en sombra,

volver a beber adrenalina recién exprimida y seguir notando la tráquea seca,

escuchar cómo los silencios van sembrando el deseo mientras los segundos se corren por ti

y esperar que el tacto vuelva a redimirte las ganas, el pulso acelerado

y esos pensamientos impúdicos que se pasean a tientas por tus noches en off.

Con clandestinidad y sigilo presiento tu aliento en la curvatura de mi espalda,

mientras tu lengua ameriza en ese camino de humedad hacia el infinito

dejando surcos de lasciva impaciencia por dar una vuelta más de tuerca.

Y yo, que llevo dentro tres chupitos de tu ausencia y varias copas de distancia,

te espero con las defensas por los tobillos rozándome los instintos a ras de suelo,

en esa postura que siempre consigue secuestrarte una sonrisa de medio lado.

Y me percibes a través de tus poros y me lees memorizando cada una de mis líneas

y tu respiración deja de pisar el freno porque acabas de recordar…

que sigo odiando los pijamas para dormir y los dolores que apestan a excusa,

y que soy la que se desborda cuando tu mano se pierde entre mis muslos

y la que espera que tu lengua la despierte en su dialecto propio.

Juego a ronronearte en la oreja, te cubro de nuevo los centímetros

y te hago desear dibujar charcos sobre mi espalda,

mientras tus yemas van descubriendo lentamente mi punto de ebullición

y mis caderas se elevan para lamerte los bordes del alma una vez más.

Sofoco cada latido en tus fluidos

y no me canso de ponerme líquida cuando compartimos espacios,

y, a ti, te gusta verme cerrar los ojos cuando te devoro la mente,

esa con la que edificas nuestros putos momentos de cordura ebria,

pero te gusta más cuando los abro y sonrío con la boca llena

porque me encanta verte infectado el rostro de placer.

Sabes que me pierde cómo apellidas mi insomnio con esa mezcla perfecta de saliva y sorpresa,

de pasión mayúscula sin graduar,

de lujuria congelada improvisando lugares en los que aullar.

Me rompes todos los moldes y me sigues la corriente hasta verme desembocar en ti,

mientras yo te desvisto el destino en una noche que promete un frío abrasador.

Ardo de calor y me enciendo sobre tu piel mojada.

Mi cuerpo es ese solar que te inspira cientos de construcciones durante el deshielo,

ese peaje de barreras firmes con tacón de aguja,

ese templo al que peregrinar sin mirar el reloj, ni el tráfico, ni el calendario

y esa mirada del color del océano que envuelve tu éxtasis

y te deriva en resacas de sueño, que siempre merecen la pena.

Me has enseñado a viajar sin pasaporte y sin bote salvavidas,

porque las hostias de vivir sin censuras

saben mejor sin condón…

y porque desde que los glaciares se abren paso entre mis pechos

e inundan mi espalda y mis muslos,

he aprendido que el hielo…

sirve para más cosas que para enfríar las copas.

Siguiente lección…

[Sensaciones, apetencias y otras razones para beber…]

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He vuelto a sentir tu aliento en mi nuca,

pero sólo era un desvarío lamiéndome la piel, imparable,

tan precipitado cómo las agujas del reloj cuando te internas en mi

y te mojas los tobillos con ese rocío que impregna mi instinto.

Mi cuerpo reclama caricias como un mendigo limosna,

pero sabe bien que las fracciones de un segundo ya no son eternas

y, aunque abra ahora las piernas,

ya no vendrás a medio comer, a medio dormir, a medio respirar…

Esas formas tan locas de llamar a mi puerta,

quebrando toda lógica para hacerme el amanecer,

han dejado de rozar mi atmósfera por caducidad,

ya no eclipsaré tu orgullo hoy con mis pechos,

desafiando al azar con besos robados por la espalda.

Ojalá mi humedad bastase para invocarte los gemidos

y mi meta fuese, esta noche, poder trepar hasta tu ombligo;

ese centro del mundo que una vez me sedujo

y me hizo perder las bragas y la razón de un suspiro,

mientras tú, recuerdas?…

te perdías en los suburbios de mis ingles,

lubricando todas esas promesas que salían de mi sexo

y que tú te encargabas de cortar de raíz.

Me declaro adicta a tus huesos, a tus besos y a tu olor,

y a esa manera tan tuya de atravesar mis cascadas con tu lengua,

de desmenuzarme la piel sin horarios y sin ritmos,

y de desearme en prosa para follarme a versos.

Siempre me dejaba comer la mente antes que la piel,

pero cada día me iba acercando más al desastre de tu pecho,

a ese laberinto de escombros con la salida tapiada,

donde dejarse morir es la mejor de la opciones.

Desde que te conozco uso una talla más de alas,

llevo la promiscuidad enroscada al cuello

y mis piernas son el único puente que se abre

cuando tu buque busca unos labios dónde atracar.

Aráñame el verano de los poros,

que tengo demasiada sed de sudores y mucho calor,

y desvísteme todos esos argumentos estériles

que recubren mi conciencia cuando trato de luchar

contra ese deseo que me nace a borbotones

por todos esos rincones que sólo hablan de ti.