Lección 7 (el hielo sirve para más cosas que para enfriar las copas)

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Dejar la puerta entornada para que penetre el calor en cada rincón en sombra,

volver a beber adrenalina recién exprimida y seguir notando la tráquea seca,

escuchar cómo los silencios van sembrando el deseo mientras los segundos se corren por ti

y esperar que el tacto vuelva a redimirte las ganas, el pulso acelerado

y esos pensamientos impúdicos que se pasean a tientas por tus noches en off.

Con clandestinidad y sigilo presiento tu aliento en la curvatura de mi espalda,

mientras tu lengua ameriza en ese camino de humedad hacia el infinito

dejando surcos de lasciva impaciencia por dar una vuelta más de tuerca.

Y yo, que llevo dentro tres chupitos de tu ausencia y varias copas de distancia,

te espero con las defensas por los tobillos rozándome los instintos a ras de suelo,

en esa postura que siempre consigue secuestrarte una sonrisa de medio lado.

Y me percibes a través de tus poros y me lees memorizando cada una de mis líneas

y tu respiración deja de pisar el freno porque acabas de recordar…

que sigo odiando los pijamas para dormir y los dolores que apestan a excusa,

y que soy la que se desborda cuando tu mano se pierde entre mis muslos

y la que espera que tu lengua la despierte en su dialecto propio.

Juego a ronronearte en la oreja, te cubro de nuevo los centímetros

y te hago desear dibujar charcos sobre mi espalda,

mientras tus yemas van descubriendo lentamente mi punto de ebullición

y mis caderas se elevan para lamerte los bordes del alma una vez más.

Sofoco cada latido en tus fluidos

y no me canso de ponerme líquida cuando compartimos espacios,

y, a ti, te gusta verme cerrar los ojos cuando te devoro la mente,

esa con la que edificas nuestros putos momentos de cordura ebria,

pero te gusta más cuando los abro y sonrío con la boca llena

porque me encanta verte infectado el rostro de placer.

Sabes que me pierde cómo apellidas mi insomnio con esa mezcla perfecta de saliva y sorpresa,

de pasión mayúscula sin graduar,

de lujuria congelada improvisando lugares en los que aullar.

Me rompes todos los moldes y me sigues la corriente hasta verme desembocar en ti,

mientras yo te desvisto el destino en una noche que promete un frío abrasador.

Ardo de calor y me enciendo sobre tu piel mojada.

Mi cuerpo es ese solar que te inspira cientos de construcciones durante el deshielo,

ese peaje de barreras firmes con tacón de aguja,

ese templo al que peregrinar sin mirar el reloj, ni el tráfico, ni el calendario

y esa mirada del color del océano que envuelve tu éxtasis

y te deriva en resacas de sueño, que siempre merecen la pena.

Me has enseñado a viajar sin pasaporte y sin bote salvavidas,

porque las hostias de vivir sin censuras

saben mejor sin condón…

y porque desde que los glaciares se abren paso entre mis pechos

e inundan mi espalda y mis muslos,

he aprendido que el hielo…

sirve para más cosas que para enfríar las copas.

Siguiente lección…

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