Restos del 9º naufragio

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Arrastro esa sonrisa desvelada a lo largo de las horas de un día que, como yo, no se detiene a esperar que la tomes de la mano y le prometas eternidades. Sabe tan bien como tú que para siempre es mucho tiempo y no quiere pedir limosnas. Mientras tanto pienso en todas esas formas en que intentamos resolver el puzzle de nuestros cuerpos y en cómo la madrugada desnudaba todo rastro de fatiga, dejando al descubierto sólo las ganas aceleradas por la inercia de un boca abajo tan provocador como prohibido.

Y te miro hacer autostop a mi aliento y agarrarte a sus curvas con la fuerza de un tornado que todo lo arrasa, con esa manía tan tuya de beberme el alma a sorbos largos y esa tendencia tan mía de creerme rehén de tu tibia irreverencia y adicta a todos tus ríos de tinta cuando desembocan en mi boca, cuando no puedes aguantar más y estallas rompiéndote en mil sobre mi pecho. Y te digo que me hagas verano con la escarcha resbalando por tus labios y tú, obediente, me susurras con ese tono de insomne atrevido palabras sucias que copulan con mis ganas de verte en blanco, rozándome el suelo con esa parte de ti incapaz de sentarse y mirar.

Y calculo inciertos en ese silencio que nos abriga los sudores, cuando tus manos me leen todas las metáforas que mi piel te brinda y despejo la niebla de tus zonas más grises para saciarte con recreos que tocan techo y van más allá de lo ilegal.

Mi cabeza ya no entiende de espacios vacíos porque tú rellenas cada hueco, ni de pozos sin fondo porque me has abierto los abismos, ni de tuercas pasadas de rosca porque tienen un número ilimitado de vueltas y jamás nos cansaremos de girar sobre sus ejes.

En mis labios todavía puedo notar los restos del naufrágio en ese océano que lleva tu nombre, el sabor de esos charcos de vainilla helada sobre tu espalda, la luz de una vela que intuye caricias sofocadas y ese fin del mundo escrito en tus ojos cuando te sumerges en mí y me atrapas la vida. En mis manos ya sólo queda el aroma de esos minutos en ON que destilas a tientas sobre mis caderas, de los gemidos que despilfarras cuando encallas en mi orilla, de tus avenidas que cruzo sin mirar y de todos los semáforos que me salto cuando te inyecto fuego en la garganta.

Y hoy, en esta madrugada vestida, mientras recojo todos los restos que me hicieron un poco más tuya… me pregunto cuándo volveré a naufragar…

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La deuda (by Eric)

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Madrugada de Julio… las doce han caído ya desde mi reloj a un imaginario lago fresco donde alcanzar la hora bruja de la madrugada… ni un alma por las calles de este Madrid que aún me regala 30 grados con el sol acostado hace ya un buen rato… sólo mis pasos que juegan al tropiezo con las ganas que tengo de tu cuerpo ardiente… voy a saldar mi deuda…
En el deseo, las deudas de carne se pagan con gotas de éxtasis conseguido por el roce de mis sueños entre tus muslos… llego a tu portal… un tímido toque…sin palabras… sin susurros… tu respiración y la mía, son viejas conocidas del silencio… 100 escalones me separan del tibio éxtasis que recompensara mi sed…
La puerta entre abierta me conduce por la oscuridad fresca hasta reencontrarme con el olor a miel de tu cuello y de tus cabellos, enredados en tirabuzones que indican su final rozando tus senos…
Ese principio donde mi sed se convierte en agua que cae de mis labios y deja colgando una gota suave de dulce locura en el balcón de tus pechos…
La madrugada corre tras nuestros gemidos… ¡ilusa! cuando ella llegue, nosotros dormiremos ya la mañana y la deuda del deseo estará saldada…
No hay palabras cuando las letras que resbalan de mi sexo se convierten en oración dentro de tu sexo… largas prosas que más de un poeta loco, buscaría en las entrañas del mismísimo infierno para poder plasmarlas y luego… morir de pena.

Cuando me paro a pensarte…

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Eres esa inmunidad absoluta que me prometí alcanzar alguna vez; un cuerpo que ha hecho fracasar a mi intolerancia a la lactosa y adoctrinar sus remilgos hasta la comprensión. Y cuando me paro a pensarte descarrilo en las rectas porque mi sonrisa es demasiado curva y los pálpitos que resuenan un palmo más abajo de mi cintura sólo son malos consejos cuando se desprecian por falta de tiempo y valor.
Es verdad que la locura que atropella cada vida que me apuesto no sabe de limar asperezas, por eso sigo demente, por eso sigo narcotizando mis sueños despiertos en cada paso de cebra que cruzo sin mirar, por eso rompo mis costillas contra el silencio de tus espinas y te hago cierto, exacto y perfecto. Tan preciso como esas olas que remontas cuando huyes del hastío, de las voces de una ciudad que huele a fatiga y sudores tempranos, de la melancolía pintada en las aceras, en las farolas, en los poros de tu memoria cuando se empeña en hacerte bailar entre recuerdos fallecidos. Y despliegas tus alas rotas en forma de cometa y sientes el viento azotándote la nostalgia como si quisiese arrancarte todas las humedades del pasado y te notas vivo y capaz. Y, hoy, este presente que ves preñado de incógnitas por esa acérrima manía que tienes de vivir sin timón, sin anclas y sin banderas que te definan, se te antoja prometedor cuando presientes mi piel a escasos minutos de distancia y te dejas embaucar, otra vez, por el regusto de ese tacto ciego que te sabe a tanto y te deja los poros con ganas de más.
Eres el delito que nunca me canso de cometer, la fracción de tiempo que me dispara a ciegas entre las piernas y siempre acierta, el cauce que se desborda cuando todos mis afluentes le inundan. Y como una resaca de mar empañada en el espejo de algún bar, cuando todo me sale indecente y cuando el antro se vacía de gente y de risas, y yo imploro a alguno de mis musos que pueda alcanzar los talones de algún poeta callejero, reaparece tu sonrisa tras la espuma de mi cerveza y me envuelve todos los miedos y me desnuda el alma tan despacio que puedo notar como sube tu marea cuando te dejas naufragar en mí….

 

La humedad de tus recuerdos

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La humedad de tus recuerdos me arruga el alma,

me acartona todos los sabores a despecho sin parir

y me drena todos los charcos que hablan de ti sin mirarte.

Sé que vuelves a asomarte cada vez que tus latidos se paran,

cuando notas que la brisa se ausenta para dejarte a solas

en ese rincón que nos guardaba los secretos,

dónde desnudábamos las palabras hasta los huesos,

dónde mis preguntas eran tus derrotas y

tus respuestas esa droga que habitaba en mi boca,

justo antes de taparme los ojos con pactos cojos

y compromisos huérfanos de voluntad.

A veces tengo la sucia tentación

de enjaular tu memoria entre mis piernas

y esperar que se derrita hasta su total extinción.

A veces tengo la sórdida idea

de equidistar, en torno a mi ombligo,

cada gota de sudor que me empapa el pudor

cada vez que te siembro en mi almohada

y tu acento se rebela contra todos mis silencios,

contra mis sueños paralizados por falta de licencia

y es, entonces, cuando tu memoria vuelve

para hacerme de las madrugadas insomnios,

para recrearse en mi paladar y pasearse por mi lengua,

para jurar en vano sobre mi abdomen.

Y yo me ahogo la rabia en el contenedor del plástico,

porque abogo por los cuentos reciclados

cuando todos sus finales fallecen entre incógnitas.

Y moriré siendo esa huella húmeda

que empape tus mejillas cada 15 de julio;

esa que un día te hizo pintar futuros sin pincel

y construir castillos sin cemento

por falta de ganas, de agallas y de tiempo…

39

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39 son las veces que me he dado palmaditas en la espalda para no tener miedo al bordillo, a ese filo recién afilado del último peldaño de la treintena, a la excusa que me lleva a querer recular y volver a esos difuminados veinte que pintaron tan bien, que cumplían todas sus promesas y que llegaban a casa siempre con la madrugada por los tobillos y la sonrisa a medio desnudar…
39 son los grados que me esperan en Madrid y no me apetece nada cambiar este horizonte plagado de arena, océano y montañas, por asfalto en ebullición y caras de turista. Volver al bostezo prematuro cuando la pereza se sienta a desayunarme y tratar de conciliar mi vida laboral con la académica una vez más, en un segundo intento por rozar la nota de corte y poder seguir remando.
39 son los escalofríos que acaban de recorrer mi espina dorsal, vértebra a vértebra, porque te has acordado y has sido el primero. Hace escasos segundos mis pupilas se tropezaron con ese punto que no aprende a ser aparte y se ha quedado en suspensivo, con el pasado más presente que he podido digerir y se me ha quedado un sabor agridulce en la boca que sólo borraría tu abrazo. Seré ese error que nunca te has atrevido a cometer…
39 son los dígitos que me recuerdan que el ahora es lo que cuenta, que aprender a sumar es cosa de ganas y paciencia y que voy a seguir viviendo como si el mañana no me cupiese en el pecho… salud!