Café para uno o de cómo ganar perdiendo(te) poco a poco

mujer-te

 

Hoy ha amanecido de la forma más sucia que conozco,

con la tentación bajo arresto y tu ausencia confinada en mi pecho,

aterida, malhallada, sin argumentos que dinamiten mis recuerdos

en este mar de estrellas sin cuajar y versos forzados.

Y gravito en torno a esa rebeldía que seca mis lágrimas

cuando no me consientes, cuando no me llamas,

cuando luces excusas de rebajas y te relajas,

aunque luego vengas a coserme las cicatrices con la boca

y a perder tu sonrisa en el abismo de esa copa

que sujetas con la misma proeza con la que, a veces,

desnudas mi alma usando sólo las yemas.

Y aquí abajo, dónde me llueves cuando hace sol,

desperezo eternidades sin venir a cuento,

poniendo en jaque a tus pupilas y

sancionando a tu lengua a peregrinarme

por humedales perdidos,

desde mi cuello hasta mis tobillos

pasando por mi ombligo que se cree tu universo,

sin saber que, para ti, no es más que un punto

en ese limbo de diosas blancas sin vestir.

Son mañanas de pensarte a oscuras,

de quererte despacio y sin prisas,

de enseñarle a mis manos a remarme los charcos

todos esos lunes fríos en que te eche de menos,

de volver a ser yo sin ti y todas esas mierdas,

de olvidarte a tientas de la forma más torpe y

más absurda que se me ocurre y

de escurrirte entre mis muslos para ahogarte en mi café…

y así, condenarte a nadar en mis entrañas para siempre.

 

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